Salud para el desarrollo: estrategia
El lector tendrá que reflexionar con nosotros acerca de los grandes cambios que se están dando en el mundo. Ellos configuran un cambio de época productiva tan importante que no la alcanzamos a dimensionar, pero tenemos el privilegio de percibirlo, al contrario de los que vivieron a horcajadas del cambio del nomadismo a la civilización agrícola; o de la civilización agrícola a la industrial que no acertaban a darse plena cuenta de que el mundo se movía bajo sus pies. Hoy la civilización industrial da paso a una de base informatizada, en donde el dominio de sistemas complejos es el común denominador del cambio. Ante lo inevitable, todos los países deben renovar su estilo productivo. Esto tiene dos componentes: 1. El reemplazo del parque material productivo; es decir, maquinarias y herramientas, ahora con mando informatizado; y 2. la renovación del componente humano; es decir, la calificación del mismo para que pueda ejecutar y ponerse a la cabeza de los cambios. A esto lo llamamos optimización del recurso humano y se consigue mediante educación y salud. Los trabajadores de la educación y la salud son los actores de la optimización laboral, y para esta responsabilidad debe elaborarse una política de recursos humanos con objetivos claros de desarrollo.
Pero, ¿cuál es el centro del problema del desarrollo? ¿Es acaso el crecimiento, es decir, el nivel de acumulación? Si fuera así países como Arabia Saudita pudieran calificarse como desarrollados. Sostenemos que el centro del problema es la existencia a lo interno de un país de regiones de desarrollo diferentes. Veamos: no existe ni Suiza pobre ni Suiza rica, ni Suecia pobre ni Suecia rica. No confundir esta comprobación con la existencia de estratos sociales de desarrollo diferente, las cuales obviamente existen como producto obligado de la división de la sociedad en clases. En general las revoluciones burguesas, cumplidas en el siglo XIX, lograron el objetivo de establecer niveles culturales y económicos iguales dentro de sus fronteras. Mientras, en los países que se deben a sí mismos estas transformaciones, lo característico son las zonas de desarrollo desigual entre sí. Comprobemos entonces el desarrollo diferente de la comarca Ngöbe con el corregimiento de Bella Vista y entenderemos esto.
La gestión en pro del desarrollo consiste en un complejo de esfuerzos diferentes, destinados a impulsar con más fuerza a quien está rezagado, y mantener el ritmo de las regiones o zonas que no lo están, para que de su ritmo de acumulación se produzcan resultados que han de reinvertirse en las zonas postergadas. Si la gestión del desarrollo debe ser diferenciada, y los actores de la optimización laboral están dentro del sector salud y educación, debe concebirse una política de recursos humanos de incentivos diferenciados, pero que siempre deben privilegiar el sentido de servicio público en estos sectores.
Obviamente el mercado no puede ser el ámbito de una gestión de desarrollo con prioridades diferenciadas, porque el mismo sólo se concentra donde se produce la máxima intensidad de réditos de retorno. El Estado siempre ha sido necesario, sólo que en el Estado neoliberal éste cumple una intensa misión de desmantelar competencias y concentrar beneficios. No es cierto que el neoliberalismo diluya al Estado, sólo que lo usa para cumplir ciertos objetivos. Un Estado Democrático Nacional deberá asumir la gestión del desarrollo armónico de las partes rezagadas. Para ello el establecimiento de carreras de la función pública es imprescindible, por cuanto éstas permiten el cumplimiento de los objetivos de atención diferenciada a las regiones postergadas. En este aspecto las funciones de educación y salud son el eje estratégico de toda transformación social, ya sea que le llamemos revolución o pronunciamiento social -como en el Japón de Meiji o la China de las 4 modernizaciones. Es necesario advertir que no puede emprenderse ningún proyecto de transformación social satanizando a los actores de la optimización productiva del trabajo. Toda transformación social tiene un costo. Y estos costos de la transformación social son de sacrificios y sufrimientos; o bien son dinerados -cuando la sociedad tiene la fortuna de poder optar por este camino. Con lo anterior ponderaremos las actuaciones pasadas y futuras ante las reivindicaciones de los trabajadores médicos de la salud. La expresión de una intención de renovación social que prescinda del apoyo de los trabajadores de salud sería un contrasentido, para no decir contrarrevolucionario, aunque quien lo afirme lo haga vestido de "overol".
El recurso de la confrontación con estos sectores fue una práctica equivocada durante el período de hegemonía militar, sobre todo en la década del "80, todo lo cual terminó enajenándole el apoyo de ese sector de la población al indiscutible proceso de cambios nacionales que se operaban durante los años del "70.
El análisis de la política de recursos humanos dentro del problema general de los servicios de salud, no puede encararse en medio de una confrontación, porque no habrá razonamientos en medio de la controversia. Pero sucede que, terminadas las confrontaciones, las partes dejan de lado el estudio de soluciones de fondo y nos dedicamos al deporte nacional de emparchar los problemas.
No obstante, la legislación panameña contiene provisiones para encarar a fondo la prestación de servicios de salud con un sentido de transformaciones sociales. Contamos con la herramienta del Código Sanitario, el cual prescribe una Carrera Hospitalaria o Asistencial -es lo mismo-, por medio del cual se obtendría un núcleo de trabajadores de salud de dedicación exclusiva y de alta remuneración (el trabajo científico hay que pagarlo); luego se puede establecer un sistema de servicios complementarios -sin dedicación exclusiva- bajo el régimen de contratación de servicios de tiempo parcial de conformidad con necesidades. Pero todo ello debe ser debatido fuera de los enfrentamientos, con una óptica de Estado y con objetivos de desarrollo. Las direcciones de Recursos Humanos del Estado han de reencauzar su praxis para conocer de estas realidades.
Porque complicidad fue pactar una transición que dejó al general Pinochet como comandante en jefe del Ejército durante ocho años.
Porque complicidad fue mantener vigente el decreto-ley de amnistía para dar impunidad a Pinochet y a todos sus agentes criminales.
Porque complicidad fue aceptarlo como senador vitalicio.
Porque complicidad fue defenderlo, en nombre de la soberanía, en el tribunal de Londres.
Porque complicidad fue argumentar ante el mundo que Chile estaba capacitado para juzgarlo, mientras se negociaban fórmulas secretas.
Porque complicidad fue legislar el "Estatuto de ex Presidentes" para negociar su retiro de la arena política a cambio de buscar una salida procesal que asegurara su impunidad.
Porque complicidad fue evitarle la humillación de ser fichado, pasando a ser el único chileno procesado al que -durante 29 meses- no se le abrió prontuario judicial.
Suma y sigue...
Quizás la complicidad de los poderosos explique esa "indiferencia" de los jóvenes ante Pinochet. Y quizás también explique el fenómeno ciudadano: un 70 por ciento de los jóvenes menores de 24 años no quiere inscribirse en los registros electorales para elegir a sus representantes en La Moneda y el Parlamento.
Quizás... Yo, con mi porfiada memoria que se niega a consumir tabletas de amnesia, buscaré cómo restañar mis heridas. Protestaré como pueda por esta acción conjunta de los poderes del Estado. Una acción que nos privó de la oportunidad histórica de enfrentar la verdad y hacer justicia. Y nos privó de convertir esa justicia en herramienta eficaz para evitar la repetición de un genocidio.
Y como hace catorce años, cuando terminé de escribir Los Zarpazos del Puma, investigación periodística que sirvió de base de datos al juez Juan Guzmán para investigar y acusar a Pinochet, me aferro a las palabras de Solyenitzin que transcribí en la primera página. "Hubiese podido descansar, relajarme, respirar, pero el deber para con los muertos no me da tregua: ellos murieron, tú vives. Cumple con tu deber a fin de que el mundo sepa todo aquello". El mundo lo supo. Ahora a trabajar para que mis hijos, y los hijos de mis hijos, no lo olviden. El deber para con los vivos de hoy y mañana no nos da tregua...
*La autora es Premio Nacional de Periodismo 1997 en Chile y obtuvo el más importante galardón que se da a un periodista extranjero en Estados Unidos. El premio María Moros Cabot 1993 (Columbia University).
Pero, ¿cuál es el centro del problema del desarrollo? ¿Es acaso el crecimiento, es decir, el nivel de acumulación? Si fuera así países como Arabia Saudita pudieran calificarse como desarrollados. Sostenemos que el centro del problema es la existencia a lo interno de un país de regiones de desarrollo diferentes. Veamos: no existe ni Suiza pobre ni Suiza rica, ni Suecia pobre ni Suecia rica. No confundir esta comprobación con la existencia de estratos sociales de desarrollo diferente, las cuales obviamente existen como producto obligado de la división de la sociedad en clases. En general las revoluciones burguesas, cumplidas en el siglo XIX, lograron el objetivo de establecer niveles culturales y económicos iguales dentro de sus fronteras. Mientras, en los países que se deben a sí mismos estas transformaciones, lo característico son las zonas de desarrollo desigual entre sí. Comprobemos entonces el desarrollo diferente de la comarca Ngöbe con el corregimiento de Bella Vista y entenderemos esto.
La gestión en pro del desarrollo consiste en un complejo de esfuerzos diferentes, destinados a impulsar con más fuerza a quien está rezagado, y mantener el ritmo de las regiones o zonas que no lo están, para que de su ritmo de acumulación se produzcan resultados que han de reinvertirse en las zonas postergadas. Si la gestión del desarrollo debe ser diferenciada, y los actores de la optimización laboral están dentro del sector salud y educación, debe concebirse una política de recursos humanos de incentivos diferenciados, pero que siempre deben privilegiar el sentido de servicio público en estos sectores.
Obviamente el mercado no puede ser el ámbito de una gestión de desarrollo con prioridades diferenciadas, porque el mismo sólo se concentra donde se produce la máxima intensidad de réditos de retorno. El Estado siempre ha sido necesario, sólo que en el Estado neoliberal éste cumple una intensa misión de desmantelar competencias y concentrar beneficios. No es cierto que el neoliberalismo diluya al Estado, sólo que lo usa para cumplir ciertos objetivos. Un Estado Democrático Nacional deberá asumir la gestión del desarrollo armónico de las partes rezagadas. Para ello el establecimiento de carreras de la función pública es imprescindible, por cuanto éstas permiten el cumplimiento de los objetivos de atención diferenciada a las regiones postergadas. En este aspecto las funciones de educación y salud son el eje estratégico de toda transformación social, ya sea que le llamemos revolución o pronunciamiento social -como en el Japón de Meiji o la China de las 4 modernizaciones. Es necesario advertir que no puede emprenderse ningún proyecto de transformación social satanizando a los actores de la optimización productiva del trabajo. Toda transformación social tiene un costo. Y estos costos de la transformación social son de sacrificios y sufrimientos; o bien son dinerados -cuando la sociedad tiene la fortuna de poder optar por este camino. Con lo anterior ponderaremos las actuaciones pasadas y futuras ante las reivindicaciones de los trabajadores médicos de la salud. La expresión de una intención de renovación social que prescinda del apoyo de los trabajadores de salud sería un contrasentido, para no decir contrarrevolucionario, aunque quien lo afirme lo haga vestido de "overol".
El recurso de la confrontación con estos sectores fue una práctica equivocada durante el período de hegemonía militar, sobre todo en la década del "80, todo lo cual terminó enajenándole el apoyo de ese sector de la población al indiscutible proceso de cambios nacionales que se operaban durante los años del "70.
El análisis de la política de recursos humanos dentro del problema general de los servicios de salud, no puede encararse en medio de una confrontación, porque no habrá razonamientos en medio de la controversia. Pero sucede que, terminadas las confrontaciones, las partes dejan de lado el estudio de soluciones de fondo y nos dedicamos al deporte nacional de emparchar los problemas.
No obstante, la legislación panameña contiene provisiones para encarar a fondo la prestación de servicios de salud con un sentido de transformaciones sociales. Contamos con la herramienta del Código Sanitario, el cual prescribe una Carrera Hospitalaria o Asistencial -es lo mismo-, por medio del cual se obtendría un núcleo de trabajadores de salud de dedicación exclusiva y de alta remuneración (el trabajo científico hay que pagarlo); luego se puede establecer un sistema de servicios complementarios -sin dedicación exclusiva- bajo el régimen de contratación de servicios de tiempo parcial de conformidad con necesidades. Pero todo ello debe ser debatido fuera de los enfrentamientos, con una óptica de Estado y con objetivos de desarrollo. Las direcciones de Recursos Humanos del Estado han de reencauzar su praxis para conocer de estas realidades.
Porque complicidad fue pactar una transición que dejó al general Pinochet como comandante en jefe del Ejército durante ocho años.
Porque complicidad fue mantener vigente el decreto-ley de amnistía para dar impunidad a Pinochet y a todos sus agentes criminales.
Porque complicidad fue aceptarlo como senador vitalicio.
Porque complicidad fue defenderlo, en nombre de la soberanía, en el tribunal de Londres.
Porque complicidad fue argumentar ante el mundo que Chile estaba capacitado para juzgarlo, mientras se negociaban fórmulas secretas.
Porque complicidad fue legislar el "Estatuto de ex Presidentes" para negociar su retiro de la arena política a cambio de buscar una salida procesal que asegurara su impunidad.
Porque complicidad fue evitarle la humillación de ser fichado, pasando a ser el único chileno procesado al que -durante 29 meses- no se le abrió prontuario judicial.
Suma y sigue...
Quizás la complicidad de los poderosos explique esa "indiferencia" de los jóvenes ante Pinochet. Y quizás también explique el fenómeno ciudadano: un 70 por ciento de los jóvenes menores de 24 años no quiere inscribirse en los registros electorales para elegir a sus representantes en La Moneda y el Parlamento.
Quizás... Yo, con mi porfiada memoria que se niega a consumir tabletas de amnesia, buscaré cómo restañar mis heridas. Protestaré como pueda por esta acción conjunta de los poderes del Estado. Una acción que nos privó de la oportunidad histórica de enfrentar la verdad y hacer justicia. Y nos privó de convertir esa justicia en herramienta eficaz para evitar la repetición de un genocidio.
Y como hace catorce años, cuando terminé de escribir Los Zarpazos del Puma, investigación periodística que sirvió de base de datos al juez Juan Guzmán para investigar y acusar a Pinochet, me aferro a las palabras de Solyenitzin que transcribí en la primera página. "Hubiese podido descansar, relajarme, respirar, pero el deber para con los muertos no me da tregua: ellos murieron, tú vives. Cumple con tu deber a fin de que el mundo sepa todo aquello". El mundo lo supo. Ahora a trabajar para que mis hijos, y los hijos de mis hijos, no lo olviden. El deber para con los vivos de hoy y mañana no nos da tregua...
*La autora es Premio Nacional de Periodismo 1997 en Chile y obtuvo el más importante galardón que se da a un periodista extranjero en Estados Unidos. El premio María Moros Cabot 1993 (Columbia University).