Salud unificada
Se intentó con buen criterio, pero cero credibilidad, durante la dictadura militar. El argumento, válido aún en nuestros días, es que no tenía sentido que el Ministerio de Salud (MINSA) y el Seguro Social compitieran entre sí y redundaran en la prestación de servicios a la misma población. Lo lógico entonces era unificar y coordinar sus tareas. Se estableció una especie de cuenta corriente que uno y otro debían saldar entre sí periódicamente.
De ese modo, cuando el Santo Tomás atendía el parto de una asegurada, a fin de mes, pasaba la cuenta al Seguro y viceversa cuando el último atendía a algún no asegurado.
El sistema fue un rotundo fracaso porque, tal como anticiparon sus críticos, el MINSA no cancelaba a tiempo sus saldos deudores, los cuales iban acumulándose. Paralelamente, se fue recargando el personal y la infraestructura del Seguro, con lo cual las filas se fueron haciendo más largas y las citas más dilatadas. Para hacer frente a la creciente demanda, el Seguro fue forzado a invertir en más hospitales, medicamentos y personal, para atender a los propios y ajenos. Pero fue inútil. Y ahí lo tenemos naufragando de incapacidad para atender a la demanda de los asegurados y sus dependientes. Para colmos, la reforma de su ley orgánica sumó más asegurados y beneficiarios. El sistema colapsó.
¿Qué hacer cuando ni el Ministerio de Salud ni el Seguro son capaces de prestar el servicio a la población? Para empezar, hay que unificar el servicio para evitar duplicidad y ahorrar costos a ambos. Uno de los dos debe hacerlo y el otro pagar puntualmente lo que corresponde. Y si no es uno de ellos, debe hacerlo un tercero, y aquéllos pagar al último. Continuar con el status quo es un disparate.