Sambódromo, chupódromo y propuestas
A los panameñas y panameños de la ciudad capital nos gusta el carnaval y todos los años, a pesar de que la celebración es cada vez más deprimente, volvemos a la ruta del desfile (Vía España), con la esperanza de que ocurra el milagro que le devuelva a la principal fiesta popular algo del esplendor que tuvo en el pasado.
Durante los primeros tres días del carnaval ocurre muy poco, pero siempre se espera que por lo menos el martes podamos resarcirnos. Sin embargo, no ocurre así. El último martes de carnaval fue especialmente decepcionante. El esperado desfile se quedó en el amago. Unos cuantos carros alegóricos, si es que podían ser considerados como tales, construidos como para salir del paso, y prácticamente ninguna comparsa, salvo los persistentes y heroicos miembros de la "Escuela de Samba".
El conato de desfile duró muy poco y nada hay que recordar, salvo registrar como se los escuché en tono chusco a dos personas cuando volvía a casa, que el carnaval capitalino no se le quedaba atrás al de Río de Janeiro, porque si allí habían inventado el "sambódromo" acá habíamos creado el "chupódromo".
El carnaval ha quedado reducido a la instalación de tantas cantinas como puedan caber en las 10 cuadras que todos los años se cierran para que se conviertan en avenida del carnaval. Este año, desde el viernes de la víspera y a más temprana hora que en los anteriores, las empresas dueñas de las casetas se apoderaron de la Vía España, provocando unos tranques descomunales, para instalar sus lugares de venta. La policía cooperó diligentemente con los instaladores y el resultado fue que desde el viernes quedó instalado el "chupódromo nacional".
En la misma medida en que los carnavales han perdido toda su esencia y esplendor, como única contrapartida visible a ese deterioro, cada año crece la importancia que se le da al "chupódromo", sin que a nadie parezca preocuparles los espectáculos que dan las personas embriagadas o que muchas de las áreas aledañas, ante la inexistencia de servicios sanitarios, sean convertidas en improvisados lugares de desahogo para las vegigas e intestinos recargados.
Los carnavales no se van a eliminar. Son unas fiestas queridas por el pueblo y necesarias. Además, si se planifican adecuadamente pueden ser un magnífico atractivo turístico y fuente de importantes ingresos para el comecio de todos los niveles, sobre todo el que ejercen las personas de bajos recursos. Por eso, es bueno que con tiempo comencemos a pensar en fórmulas para rescatarlos y a ponerlas en práctica, desde ahora.
El carnaval debe ser una fiesta esencialmente popular y celebrarse en las calles. Y para que en las calles destinadas a la celebración exista verdadero ambiente de carnaval hay que llenarlas de música, buenos carros alegóricos, reinas y comparsas, pero éstos no van a aparecer por generación espontánea, sino que tienen que ser estimulados con incentivos adecuados.
El gobierno debe destinar un presupuesto básico para la celebración del carnaval, que no tiene que ser muy grande, pero sí permanente, y que debe ser invertido, principalmente, en crear los incentivos que estimulen la participación popular. Y la forma más efectiva, que se me ocurre, sería la distribución de premios, en dierno, para las mejores comparsas, los mejores disfraces, los mejores carros alegóricos, las mejores murgas, etc.
Si desde ahora se anunciara que para los carnavales del próximo año se otorgará, por ejemplo, un premio en efectivo, de Cien Mil Balboas (B/.100,000), a la mejor comparsa y otros cuatro premios de Ochenta Mil, Setenta Mil, Sesenta Mil y Cincuenta Mil Balboas, que serán decididos por un jurado independiente y con base a sus presentaciones durante los cuatro días de carnaval, con toda seguridad que muchos grupos de los distintos barrios de la capital se animarían a organizarse para participar y tendríamos un buen número de comparsas animando las calles.
Si, adicionalmente, se premiaran los mejores carros alegóricos, los mejores disfraces, las mejores murgas, con premios en dinero por montos que incentiven, también veríamos sustanciales despliegues de imaginación, el aumento de nivel de participación y, en consecuencia, un mejor carnaval.
Con un presupuesto de menos de dos millones de balboas, que son muy poco si comparan con los resultados que se obtendrían, podríamos comenzar a rescatar el carnaval de la capital.
De este artículo le enviaré copia al IPAT y al Municipio de Panamá. Espero que alguien lo tome en cuenta.
Durante los primeros tres días del carnaval ocurre muy poco, pero siempre se espera que por lo menos el martes podamos resarcirnos. Sin embargo, no ocurre así. El último martes de carnaval fue especialmente decepcionante. El esperado desfile se quedó en el amago. Unos cuantos carros alegóricos, si es que podían ser considerados como tales, construidos como para salir del paso, y prácticamente ninguna comparsa, salvo los persistentes y heroicos miembros de la "Escuela de Samba".
El conato de desfile duró muy poco y nada hay que recordar, salvo registrar como se los escuché en tono chusco a dos personas cuando volvía a casa, que el carnaval capitalino no se le quedaba atrás al de Río de Janeiro, porque si allí habían inventado el "sambódromo" acá habíamos creado el "chupódromo".
El carnaval ha quedado reducido a la instalación de tantas cantinas como puedan caber en las 10 cuadras que todos los años se cierran para que se conviertan en avenida del carnaval. Este año, desde el viernes de la víspera y a más temprana hora que en los anteriores, las empresas dueñas de las casetas se apoderaron de la Vía España, provocando unos tranques descomunales, para instalar sus lugares de venta. La policía cooperó diligentemente con los instaladores y el resultado fue que desde el viernes quedó instalado el "chupódromo nacional".
En la misma medida en que los carnavales han perdido toda su esencia y esplendor, como única contrapartida visible a ese deterioro, cada año crece la importancia que se le da al "chupódromo", sin que a nadie parezca preocuparles los espectáculos que dan las personas embriagadas o que muchas de las áreas aledañas, ante la inexistencia de servicios sanitarios, sean convertidas en improvisados lugares de desahogo para las vegigas e intestinos recargados.
Los carnavales no se van a eliminar. Son unas fiestas queridas por el pueblo y necesarias. Además, si se planifican adecuadamente pueden ser un magnífico atractivo turístico y fuente de importantes ingresos para el comecio de todos los niveles, sobre todo el que ejercen las personas de bajos recursos. Por eso, es bueno que con tiempo comencemos a pensar en fórmulas para rescatarlos y a ponerlas en práctica, desde ahora.
El carnaval debe ser una fiesta esencialmente popular y celebrarse en las calles. Y para que en las calles destinadas a la celebración exista verdadero ambiente de carnaval hay que llenarlas de música, buenos carros alegóricos, reinas y comparsas, pero éstos no van a aparecer por generación espontánea, sino que tienen que ser estimulados con incentivos adecuados.
El gobierno debe destinar un presupuesto básico para la celebración del carnaval, que no tiene que ser muy grande, pero sí permanente, y que debe ser invertido, principalmente, en crear los incentivos que estimulen la participación popular. Y la forma más efectiva, que se me ocurre, sería la distribución de premios, en dierno, para las mejores comparsas, los mejores disfraces, los mejores carros alegóricos, las mejores murgas, etc.
Si desde ahora se anunciara que para los carnavales del próximo año se otorgará, por ejemplo, un premio en efectivo, de Cien Mil Balboas (B/.100,000), a la mejor comparsa y otros cuatro premios de Ochenta Mil, Setenta Mil, Sesenta Mil y Cincuenta Mil Balboas, que serán decididos por un jurado independiente y con base a sus presentaciones durante los cuatro días de carnaval, con toda seguridad que muchos grupos de los distintos barrios de la capital se animarían a organizarse para participar y tendríamos un buen número de comparsas animando las calles.
Si, adicionalmente, se premiaran los mejores carros alegóricos, los mejores disfraces, las mejores murgas, con premios en dinero por montos que incentiven, también veríamos sustanciales despliegues de imaginación, el aumento de nivel de participación y, en consecuencia, un mejor carnaval.
Con un presupuesto de menos de dos millones de balboas, que son muy poco si comparan con los resultados que se obtendrían, podríamos comenzar a rescatar el carnaval de la capital.
De este artículo le enviaré copia al IPAT y al Municipio de Panamá. Espero que alguien lo tome en cuenta.