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San Agostino Zhao y compañeros mártires


"Noblesse obligue" (la nobleza obliga). En la extraordinaria experiencia de la canonización de los 120 mártires chinos, me impuse la obligación de, al menos, compartir en la difusión en nuestro medio algo sobre la historia de la fe cristiana en el gran continente oriental. Encabeza la lista de los elevados a los altares San Agostino.
Zhao, sacerdote diocesano chino que, siendo antes uno de los soldados que escoltaron a Monseñor Dufresse desde Chengdu hasta Beijing, había quedado impresionado por la paciencia de éste y había pedido ser contado entre los neófitos. Una vez bautizado, se le mandó al seminario y después se ordenó, fue arrestado, sufrió crueles suplicios y después murió en 1815.
Hablando sobre el cristianismo en el lejano Oriente en ciertos círculos locales, se me espetó esta pregunta: "¿ Y es que en China había católicos?". Esto exige, por lo menos, un esbozo de la rica historia de la evolución de la fe en China. Desde los más remotos orígenes del pueblo chino ( hacia la mitad del tercer milenio antes de Cristo) el sentimiento religioso hacia el Ser Supremo y la piedad filial y devota hacia los antepasados difuntos, son las características más relevantes de su cultura milenaria.
Esta nota de neta religiosidad se encuentra, más o menos, en los chinos de todos los siglos, hasta el nuestro, cuando, bajo el influjo del ateísmo occidental, algunos intelectuales, especialmente los educados en el exterior, han querido desprenderse, como algunos de sus maestros occidentales, de cualquier otra idea religiosa.
El Evangelio se anunció en China en el siglo V y a primeros del VII; se erigió la primera iglesia. Durante la dinastía T´ang (618-907), la comunidad de los cristianos estuvo floreciente durante dos siglos. En el XIII, la comprensión del pueblo chino y de sus culturas, que supo tener un misionero como Juan de Montecorvino, lograron que se pudiera dar impulso a la primera misión católica en "el Reino del medio" con sede episcopal en Beijing.
Así, pues, a partir de las últimas décadas del siglo XVI, varios misioneros católicos fueron invitados a China. Se habían elegido con gran esmero personas como Matteo Ricci, famosos jesuita y otros, teniendo en cuenta, además de su espíritu de fe y de amor, sus capacidades culturales y sus cualidades en diversos campos de la ciencia, en especial de la astronomía y de la matemática. De hecho, gracias a éstos y al aprecio que demostraron los misioneros por el notable espíritu de investigación presente en los estudiosos chinos, pudieron establecerse relaciones de colaboración científica muy provechosa. Estas sirvieron, a su vez, para abrir muchas puertas, incluso, las de la corte imperial y para así entablar relaciones muy útiles con varias personas de grandes capacidades.
La calidad de la vida religiosa de estos misioneros fue lo que indujo a no pocas personas de alto nivel a sentir la necesidad de conocer mejor el espíritu evangélico que los animaba y luego, de instruirse en los postulados de la religión cristiana, lo cual se hizo de manera conveniente a sus características culturales y a su modo de pensar.
A finales del siglo XVI y primeros del XVII, fueron numerosos los que, una vez adquirida la debida preparación, pidieron el bautismo y llegaron a ser cristianos fervientes, manteniendo siempre, con justo orgullo, la identidad de chinos y su cultura.
El cristianismo se vio en aquel período como una realidad que no se oponía a los más altos valores de las tradiciones del pueblo chino, ni se suponía a ellos, sino que los enriquecía con una nueva luz y dimensión.
Gracias a las óptimas relaciones existentes entre algunos misioneros y el mismo emperador K´ang Hsi, gracias a sus servicios prestados por establecer la paz entre el "Zar" de Rusia y el "hijo del cielo", o sea, el emperador, éste promulgó en 1692 el primer decreto de libertad religiosa, en virtud del cual todos sus súbditos podían seguir la religión cristiana y todos los misioneros podían predicar en sus vastos dominios.
Como consecuencia, la acción misionera y la difusión del mensaje evangélico se desarrollaron notablemente y fueron muchos los chinos que, atraídos por la luz del Cristo, pidieron recibir el bautismo. Pero, desgraciadamente, la cuestión espinosa de los "ritos chinos" irritó al emperador K´ang Hsi y preparó la persecución (fuertemente, influenciada por la del vecino Japón) que, en unos sitios más que en otros, abierta o solapada, violenta o velada se extendió prácticamente con sucesivas oleadas desde la primera década del siglo XVII hasta la mitad del siglo XIX, matando a misioneros y a fieles laicos y destruyendo no pocas iglesias. (continuaremos)

101 años de Panamá América

 
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