Sanciones irrisorias
La proliferación de delitos, conforme hemos venido sosteniendo incesantemente, más que nada se debe a la lenidad de los castigos a los delincuentes. Estamos de acuerdo en que las penas no deben ser excesivamente rigurosas, pero impresiona la suavidad de las mismas, por lo que pensamos que más bien contribuyen a motivar el quebrantamiento de la ley. La corrosiva codicia en el ser humano arrastra a una gran cantidad de personas a hurtar, robar, falsificar, al peculado y aún hasta matar.
Las fugas de cárceles mediante soborno no se darían con tanta frecuencia, como ocurre en la actualidad, si tuviéramos una legislación mediante la cual al culpable o culpables de ellas se les hiciera pagar el resto de las penas que le faltara por pagar a los evadidos.
Cualquier funcionario o administrador de los fondos de una empresa dada puede aprovecharse de su posición para alzarse con millones de dólares, y luego entregarse a las autoridades dispuestos a purgar la pena actual correspondiente. En escasos años saldrá de la cárcel a disfrutar de su fortuna en otro país. No podrá impedírsele la salida porque ya purgó su pena y mucho menos encarcelarlo, puesto que a nadie se le puede juzgar y castigar dos veces por el mismo delito. Y así continuaremos jugando a la gallina ciega.