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Sandra Noriega o teoría de los fariseos


QUIÉN es Sandra Noriega? Una de las hijas del señor Manuel Antonio Noriega quien gobernó a Panamá con mano dura, sembrando el desasosiego doméstico, la incertidumbre ciudadana y el irrespeto por la institucionalidad republicana y democrática del Estado panameño. Con ello vinieron, aparejadas e incrementándose, la pobreza, el desempleo, y el resquebrajamiento de nuestra identidad de Estado. Prácticamente se perdió el sentido de lo democrático. Obsérvese que lo predicado se atribuye e imputa al Sr. Noriega y no a su hija ni a ningún otro miembro de su familia o prole. No puedo condenar a la madre de Noriega, al padre, a sus hermanos, tíos, primos, y demás parentela. No puedo aplicar el viejo adagio popular de que "todos están cortados con la misma tijera".
Los juicios a priori -prejuicios- y a fortiori, sin dejar por fuera los a posteriori, pecan por la injusticia que denota la incorrecta apreciación o ponderación del objeto. Dicho en otras palabras, no podemos condenar a una persona por la acción u omisión de otra. Hay algunas normas jurídica en nuestra legislación civil -en especial el Art. 1645 del Código Civil- que demandan responsabilidad a contrario sensu, es decir, el padre siempre debe responder por los hijos -menores de edad o incapacitados- bajo su guarda y crianza, su tutela, con la diligencia de un buen de familia -nótese que no se dice lo contrario-; los directores de los planteles por los alumnos mientras éstos estén bajo su custodia o responsabilidad, etc. En ningún artículo del Código Civil, Penal, Comercial, etc., encontraremos una disposición que diga que los hijos tienen que responde por los pecados, delitos, malas acciones, de sus progenitores. En todo caso existen normas que obligan a los hijos a ocuparse de sus padres cuando éstos no puedan valerse por sí mismos, y les impone la obligación de manutención y alimentos.
A lo mejor, el presidente Martín Torrijos no conoce y no tiene por qué conocer la legislación civil panameña. Esto es tarea primordial de la clase forense. Pero guiado por una elemental norma de Derecho Natural esgrimió un argumento singular cuando respondió a un periodista que le imprecaba respuesta del por qué nombró a Sandra Noriega en un puesto importante en la Embajada de República Dominicana lo siguiente: "Los hijos no tienen por qué pagar los pecados de los padres" y añadió "Han pasado más de veinte años". En Derecho Penal funciona, de modo muy impactante y con efectos positivos, el principio de que no hay pena sin culpa probada. Esto es lo que se denomina un Derecho Penal de Culpabilidad o de Autor. El llamado derecho penal de acto quedó en la historia negra de las ideas jurídicas de la persecución penal. En el proceso penal no puede imponerse una pena porque una persona sea fea o porque tenga mala presencia o porque sea hijo de un delincuente, etc. No, eso no puede ser objeto de punición. Se castiga al autor a quien se le ha probado, en un juicio público, en el que le hayan sido respetadas todas las garantías constitucionales y legales, que efectivamente perpetró un delito.
Entre tanto no exista una sentencia de condena firme y ejecutoriada, irecurrible e inmutable, el principio político y natural de inocencia le sigue favoreciendo. Este concepto es pilar consustancial al Estado de Derecho. Patrocina la inocencia de los feos y de los bonitos, de los flacos y de los gordos, de los pobres y de los ricos; en fin, de todos por igual y sin excepción. Sin embargo, a nivel moral, seguimos perpetrando errores de lesa humanidad: queremos imponer a los hijos de los delincuentes o de los pecadores -sobre todo cuando se trata de hijos de padres que han sido tachados política, jurídica y moralmente- las mismas o tal vez mayores penas que las impuestas a los primeros.
Esta, nuestra nación, sigue amaniatada a un pasado amargo. Sus ansias de levantar vuelo le impiden vislumbrar el futuro promisorio que todos los hijos nobles de la Patria anhelamos. Ahí estamos y permanecemos, atados o encadenados a un pasado que parece ser nuestra propia condena y maldición. Seguimos contemplando el objeto del pasado e inadvertimos el objeto del futuro. Es importante que nos proyectemos, positivamente, hacia el futuro. No somos amigos de la impunidad, pero tampoco de la revancha o venganza sin fin, sin término. No patrocinamos el hurto de las arcas del Estado, pero tampoco exigiremos rendición de cuentas a quienes no están en la obligación moral ni jurídica de hacerlo. Creo que la rendición de cuentas es inmediata: hay que reclamarla y exigirla del pasado gobierno por el descalabro económico que ha causado a nuestra débil y entuerta economía. Las consecuencias han sido funestas.
Sin embargo, ahí están y siguen aupando el pasado triste los mismos jinetes del Apocalipsis panameño. Esos que dicen "fuman debajo del agua". Que se dicen hablar en nombre de la sociedad civil y no representan a nadie. Que no son capaces de mantener una idea sólida y permanente de lucha en la vida. Que se disfrazan de serios e impolutos y luego aparecen secundando lo malo como auténticos fariseos y escribas.
En 1988 caí preso por orden de Noriega. EL ex Mayor Ruiz Valdez me privó de mi libertad. La madre de mis hijas, para ese entonces, tenía cinco meses de embarazo de Karen -hoy con 17 años- y fue golpeada brutalmente por una mujer que ostentaba el rango de sargento de las fenecidas Fuerzas de Defensas. Malearon mi espalda con el tolete militar y recibí muchas humillaciones en la cárcel. Cuando fui puesto en libertad el odio me transpiraba por los poros. Todos los hombres me parecían malos. En todos dibujé la traición y el abandono. Pasaron los días y me pude percatar que estaba dejándome sumergir en una terrible vorágine de odios y amarguras y que el espíritu menguaba en mí. Al cabo de muchas semanas de rencores fui tornándome un hombre amargado, empobrecido, incrédulo, y hasta déspota. Pude comprender que me estaba haciendo daño y también a quienes me rodeaban. Decidí, entonces, perdonar, verdaderamente a mis ofensores.
Pasada la ignominiosa invasión gringa, quienes me humillaron y lastimaron me enviaron mensajeros para saber de mis propios labios si los iba a denunciar. Con hidalguía singular pude responderles: "Que estén en paz, que no guardo rencores, allá ellos con Dios".
De odios y rencores no podemos vivir. Retomemos el debate en temas como el desempleo, la injusticia en el Estado, la caída y el debacle del Estado de Derecho, la desnutrición infantil, el Seguro, la corrupción, etc. Yo no caigo en el error de escuchar ni seguir a los falsos profetas, perdón, quise decir "a los que fuman bajo el agua".
stekrakri@hotmail.com

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