Saramago no tiene vergüenza
El artículo publicado por José Saramago ha dado la vuelta al mundo. Dice que rompe con el castrismo a causa de las últimas ejecuciones en la isla-presidio del tirano comunista. Hace falta cinismo... “Hasta aquí hemos llegado”, escribió el portaestandarte intelectual de la bandera roja, el veterano pensador de la izquierda más izquierda, el Nobel de moda entre los progresistas más progresistas, el abuelito de los jóvenes “antiglobalización” destrozadores de toda ciudad donde se celebre una cumbre de lo que sea. José Saramago descubrió ayer que Cuba es una dictadura cruel que asesina a sus disidentes. Ayer. Felicidades. A la izquierda occidental, “civilizada”, partidaria de los Derechos Humanos (que cree invención suya pero es un concepto liberal), a esa izquierda de pose y megáfono, de idealismo cándido y camiseta del Che (otro asesino), a esa izquierda de pancarta en color y póster de Porto Alegre, se le han roto un poco los esquemas con las recientes ejecuciones de Cuba... su idolatrada e idealizada Cuba revolucionaria. Saramago, que para eso es escritor, le ha puesto tinta a ese desencuentro.
Maldita petulancia la de esa izquierda que ahora se rasga las vestiduras, maldita doble moral que jamás se levantó en serio contra la tiranía estalinista que asoló a Europa oriental. Maldito doble juego que ampara a los criminales de las FARC y defendió “intelectualmente” a los discípulos peruanos de Pol Pot en busca de un sendero nada luminoso. Maldita hipocresía que ayudó a convertir Nicaragua en una prisión y en un cementerio durante el espantoso régimen sandinista, maldita izquierda que mira con lupa las listas de muertos ajenas pero siempre encuentra disculpa para las propias. Más de cien millones de muertos del comunismo reclaman aún la prohibición moral e intelectual de esa nefasta ideología, como se prohibió éticamente el nazismo. Claman el desierto: la izquierda guapa, progre, asumible, modernilla, de pancarta y subsidio, de pacifismo no-violento y manifestación en orden, seguirá disculpando y escondiendo a sus hermanos más brutotes, a sus revolucionarios cubanos, a sus estalinistas, a sus criminales. La faz amable de cierta izquierda es sólo una careta que esconde a Jaruzelski, a Ceausescu, a Castro.
Y Castro ha vuelto a matar. Ya llevaba más de diecisiete mil cadáveres, pero estos de ahora sí importan. ¿Demasiado para el estómago de Saramago? ¿O demasiado para su marketing editorial, ahora que tiene un libro en todos los escaparates? Ahora el anciano progre se ha enfadado con Fidel y “hasta aquí ha llegado”. Qué cara tan dura, qué poca vergüenza, qué asco. Cuánta náusea produce la deriva intelectual de los sinvergüenzas que han esperado hasta ahora para escandalizarse, tras cuarenta y cuatro años de horrible estalinismo tropical. En las cárceles cubanas acaban de ingresar, para cumplir condenas de quince o veinte años, liberales, socialistas y democristianos de Cuba. Gente honesta y limpia que quiso cambiar pacíficamente el destino de su país. De estos no dice nada Saramago, porque todavía no les han matado.
Tal vez ya vaya siendo hora de que Occidente le diga a Cuba precisamente lo que ayer escribió Saramago: “hasta aquí hemos llegado”. No se puede tolerar el castrismo ni un día más, ni una hora más, sin hacernos cómplices de sus crímenes. Pero a continuación habrá que exigir a esa izquierda occidental una reflexión, una autocrítica y un cambio de rumbo que son hoy imprescindibles si quiere formar parte del marco político de nuestras democracias. Los líderes de la izquierda “normal” europea y latinoamericana sólo estarán legitimados para participar en la política de sus países si rompen definitivamente con las pocas pero influyentes dictaduras de extrema izquierda que aún quedan en el mundo, y especialmente con el castrismo. Si no lo hacen, seremos los ciudadanos quienes le digamos a esa izquierda que “hasta aquí hemos llegado”, y que su presencia en la vida pública no es bienvenida. Igual que no queremos nazis en nuestros parlamentos, tampoco queremos discípulos de Stalin, por bien que se maquillen, por “progres” que se hagan.
*Analista político español y director de la revista Perfiles del siglo XXI.
(c) www.aipenet.com
Maldita petulancia la de esa izquierda que ahora se rasga las vestiduras, maldita doble moral que jamás se levantó en serio contra la tiranía estalinista que asoló a Europa oriental. Maldito doble juego que ampara a los criminales de las FARC y defendió “intelectualmente” a los discípulos peruanos de Pol Pot en busca de un sendero nada luminoso. Maldita hipocresía que ayudó a convertir Nicaragua en una prisión y en un cementerio durante el espantoso régimen sandinista, maldita izquierda que mira con lupa las listas de muertos ajenas pero siempre encuentra disculpa para las propias. Más de cien millones de muertos del comunismo reclaman aún la prohibición moral e intelectual de esa nefasta ideología, como se prohibió éticamente el nazismo. Claman el desierto: la izquierda guapa, progre, asumible, modernilla, de pancarta y subsidio, de pacifismo no-violento y manifestación en orden, seguirá disculpando y escondiendo a sus hermanos más brutotes, a sus revolucionarios cubanos, a sus estalinistas, a sus criminales. La faz amable de cierta izquierda es sólo una careta que esconde a Jaruzelski, a Ceausescu, a Castro.
Y Castro ha vuelto a matar. Ya llevaba más de diecisiete mil cadáveres, pero estos de ahora sí importan. ¿Demasiado para el estómago de Saramago? ¿O demasiado para su marketing editorial, ahora que tiene un libro en todos los escaparates? Ahora el anciano progre se ha enfadado con Fidel y “hasta aquí ha llegado”. Qué cara tan dura, qué poca vergüenza, qué asco. Cuánta náusea produce la deriva intelectual de los sinvergüenzas que han esperado hasta ahora para escandalizarse, tras cuarenta y cuatro años de horrible estalinismo tropical. En las cárceles cubanas acaban de ingresar, para cumplir condenas de quince o veinte años, liberales, socialistas y democristianos de Cuba. Gente honesta y limpia que quiso cambiar pacíficamente el destino de su país. De estos no dice nada Saramago, porque todavía no les han matado.
Tal vez ya vaya siendo hora de que Occidente le diga a Cuba precisamente lo que ayer escribió Saramago: “hasta aquí hemos llegado”. No se puede tolerar el castrismo ni un día más, ni una hora más, sin hacernos cómplices de sus crímenes. Pero a continuación habrá que exigir a esa izquierda occidental una reflexión, una autocrítica y un cambio de rumbo que son hoy imprescindibles si quiere formar parte del marco político de nuestras democracias. Los líderes de la izquierda “normal” europea y latinoamericana sólo estarán legitimados para participar en la política de sus países si rompen definitivamente con las pocas pero influyentes dictaduras de extrema izquierda que aún quedan en el mundo, y especialmente con el castrismo. Si no lo hacen, seremos los ciudadanos quienes le digamos a esa izquierda que “hasta aquí hemos llegado”, y que su presencia en la vida pública no es bienvenida. Igual que no queremos nazis en nuestros parlamentos, tampoco queremos discípulos de Stalin, por bien que se maquillen, por “progres” que se hagan.
*Analista político español y director de la revista Perfiles del siglo XXI.
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