Sarmiento y la revolución educativa
Quien conoce Argentina y conoce el resto de América, encuentra algo de anormal en la grandeza del país del sur: algo incongruente con el medio y con la edad. Es exactamente lo que ocurrió con Sarmiento, espíritu extraño y desorbitado, lleno de paradojas y de contrasentidos. Sarmiento fue un raro maestro de escuela que a la primera oportunidad murmuraba palabras soeces contra la imbecilidad de sus contemporáneos. Sentía por los adultos una exaltada indignación que, evidentemente, contrastaba con su intenso amor a los niños.
Hemos escrito estas palabras sobre Sarmiento en la ocasión de advertir que la grandeza argentina se debe, mayormente, a la influencia de aquel maestro de escuela. Fue él quien enseñó a los argentinos que la escuela es el más noble instrumento de lucha contra la miseria y el subdesarrollo, y el más legítimo orgullo de un país.
Cuando Sarmiento llegó a la presidencia de Argentina, enrumbó a ese país hacia el avanzado grado de progreso que ahora la define. Un presidente comprensivo tiene para nuestros países jóvenes un valor equivalente al de un profeta en las culturas antiguas.
Sarmiento, en su momento, hizo lo que tenía que hacer: sembrar escuelas en un país repleto de analfabetos. Argentina tuvo, pues, en este notable político, un gobernante comprensivo que conocía a fondo y resolvía sus problemas más acuciantes: Panamá necesita un estadista semejante que comprenda que la educación es lo más fundamental para el progreso del país.
El problema educativo no es un asunto meramente cultural. Es un problema social antes que nada. La educación debe enfocarse en sus fases concretas y no en modos abstractos. No deben proponerse nuevos métodos si no se mejora la preparación del maestro y no se edifican escuelas sobre bases nuevas. El aspecto material del problema educativo no es más importante que el aspecto espiritual, pero es previo.
Así como Sarmiento hizo de Argentina en el pasado una sementera de escuelas, Panamá hoy necesita con urgencia un plan de construcción de edificios escolares, especialmente en la capital y sus alrededores, para suplir la creciente demanda escolar de la población de los sectores populares. Urge, pues, planificar y ejecutar cuanto antes una “siembra de escuelas” debidamente equipadas y que cuenten con personal docente idóneo. Y, de la misma manera, es necesario construir en la capital un edificio moderno, un hogar decente, para las oficinas centrales del Ministerio de Educación, hoy, lamentablemente, funcionando en condiciones deprimentes en un viejo edificio que sirvió de “hospital psiquiátrico” para los oficiales y soldados del ejército de los Estados Unidos de América, acantonados en la antigua Zona del Canal, en el siglo pasado. ¡He aquí un reto de crucial importancia para el próximo Gobierno!