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¡Sartén le dice a Paila!...


Dios puso ante mis ojos y oídos muchas cosas, tantísima información. Personas y personajes de los de ayer y los de hoy se entremezclan como naipes en el archivo de mi Window 2002. Pocas veces he visto, francamente, subir tanto el nivel de las aguas: denuncias y acusaciones que sacuden las bases del trono principal, cargos y descargos, señalamientos y contra-ataques. Es el caldo exacto de cultivo (lo conocen bien los troskistas e idealistas) para hacer revoluciones, para sembrar caos o producir cambios positivos. Los vientos de hoy guardan similitudes con los de 1967, de insultos contra insultos e irrespeto total a la autoridad en el fragor de una campaña contagiada por la violencia, todo lo cual ayudó grandemente al golpe militar. Se parecen también estos aires a los de 1987, donde un "establishment" carcomido por dentro, hediondo a cocaína y a maletas de billetes escoltadas desde Tocumen hasta los bancos cómplices, por los mismos que debían rechazarlas; aquello provocaba abiertamente a que el valor temerario y el riesgo de la vida, puestos en juego, explotaran una bomba en el rostro de los que mandaban gritando, machete en mano, pero muertos de miedo, arguyendo además que eran inocentes de las graves acusaciones (¡inocentes mariposas!), y que al final pelearon solamente mientras les prestaron corajes ajenos, para rendirse luego como palomitas asustadas. Hoy vemos y escuchamos cosas parecidas. Chito Montenegro se ha puesto en el centro, simplemente como un "catcher" al cual le mandan "strikes" y bolas de todas partes (seguro que el 90% de las denuncias que repite le llega desde los entornos íntimos de los denunciados).
Las autoridades se crispan, obviamente, y le responden ahora al nivel más alto; parecen decirle al autoproclamado Zar Anticorrupción sin cartera: "Sartén le dice a Paila". Como quien dice, "tú no eres quién para llamarnos corruptos". Lo que olvidan es que Chito no es el mensaje, es apenas coyuntural, un accidente, uno de los mensajeros, que hay varios. No es lo importante ni la esencia. Es apenas un alfil del turbulento ajedrez de la ocurrencia socio-política de hoy.
De no haber Chitos, habrían Juanes o Migueles. El único problema de Chito es que ha faltado al compromiso de su apelativo. Chito significa callado, y José Gumersindo habla hasta por los codos. Y jode parejo. Se salvó que su papel lo cumple en estos tiempos, en el "87 lo habrían convertido en estampilla de correos. Pero no hace falta un Chito. Los informes nos llegan sin que los estemos buscando. Para nada. Un ejemplo: dos agentes (¿sexo?) de la PTJ, que estudian materias universitarias, con los cuales no tengo la mínima confianza, se afanaban días atrás por saludarme. Insistieron hasta que tomamos una mesa juntos. ¿Su interés?... Que conociera las "bellezas internas" de su entidad (¡sabiendo que escribo!).
Ya había oído y visto tantas cosas por los medios que no esperé nada nuevo. Me equivoqué; me contaron cosas inéditas, gruesas, gordas, terribles, especialmente si hablamos de la institución que debe ser el pilar de las investigaciones criminológicas para protección de la sociedad, del brazo técnico del Ministerio Público.
Me destaparon-según sus informes- los rostros verdaderos, los reales, de personajes "serios y respetables" que tienen que ver con esa policía judicial: acomodos internos, instrucciones de "rebuscarse sin hacer olas", como quien dice "inteligentemente"; tarifas especiales por "archivar expedientes", bajo el pago de miles de dólares según el favor y el cliente.
Por mi experiencia, mis años en la marina, sé que esas noticias sopladas al oído de quien ni siquiera las busca, pueden conllevar frustraciones, rencores, venganzas. Pero, pese a ello, cuando las confrontamos con otras cosas que se destapan a diario, y especialmente con la fuerza de la intuición, sabemos que aunque no todas fuesen ciertas, hay suficiente base para saber que estamos ante autoridades y entidades a las cuales no podemos confiarles que nos guarden ni un saco de alacranes.
Hoy nos despertamos y acostamos sabiendo y oyendo de contratos millonarios, fajos de billetes que llueven de todas partes, sabores raros en las licitaciones en el Organo Ejecutivo, sobres cargados de dólares descarados en el Legislativo, magistraturas non sanctas en el Judicial; hasta serias denuncias en el seno de la Santa Madre Iglesia. Todo parece estar más allá de la raya de la admiración y lo respetable. ¿Y la sociedad civil, el empresario, el hogar?... ¿Es acaso cosa distinta?... Para nada. Todos somos parte de la corrupción. No podemos creerle a nadie que diga que él o ella no están contaminados en algo o de algo. Aunque se trate de pagar cinco dólares al agente de tránsito para que nos deje seguir, o el pago bajo la mesa por la licitación millonaria, o la quiebra fraudulenta de la empresa o el banco, con el engrampe de cientos o miles que confiaron en que los Don Fulanos por sus apellidos altisonantes no eran maleantes (los maleantes, nos han enseñado, que únicamente son morenitos y pobres).
Parece que ha llegado la hora de actuar en vez de denunciar. ¿Cómo actuar?... Allí está la vaina. Sartén le dice a Paila: cuidado con el fuego. Nunca se sabe cómo termina, especialmente si la pobreza, la desesperación, la ansiedad, el desprecio de los pobres, se convierten en tizones encendidos. Sólo falta un hombre, o mujer, como aquel personaje de "Corazón Valiente", un ser que sea capaz de poner en juego hasta sus bolas de ping pong. Y haga estallar los poderes por los aires.

101 años de Panamá América

 
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