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Se acabó el tiempo


Eran los últimos días del mes de abril, arreciaba la campaña política del 2004 y entre el griterío de la multitud se alzaba la voz de un panameño más que, con grito combatiente, le decía a sus camaradas y seguidores: la victoria es nuestra compañeros; vamos a construir una patria nueva compañeros, donde no tendrá cabida la corrupción compañero, se atacará el desempleo y, sobre todo, tendremos más seguridad compañeros.

Era el compañero Martín, a la sazón candidato a la presidencia por el PRD quien, en una retórica chavista, llamaba a sus seguidores con el nombre de compañeros y compañeras, como tienden en Cuba al dirigirse entre los miembros del buró político de ese país. Era una forma de llamar la atención a los sectores nacionalistas recalcitrantes que existían y necesitaban esa voz que los llamara a combatir, como supongo lo hicieron en la invasión.

Entre tantas promesas presentadas, nos hemos quedado como la mujer que espera a su príncipe azul: deshojando margaritas, para ver si en algún momento el compañero convertido en Presidente, se acordaba de sus seguidores primero, porque lo eligieron, y después de la gran mayoría que representa el resto del país. Pero que va, los empleos no llegaron, aumentó la informalidad del mismo, se siguió la práctica de abultar las planillas del Estado e, incluso, dar salarios por encima del permitido por las leyes.

Nos restriegan los índices de crecimiento, pero cómo podemos orgullesernos de éstos, si sólo queda en manos de unos cuantos, mientras la mayoría de la población clama por un trabajo, una vivienda o una educación digna, donde el hambre y los altos costos de la vida nos siguen golpeando sin misericordia mientras, eso sí, somos primera plana por el auge económico.

Al compañero se le fue la mano en pollo, ha hecho todo lo humanamente posible para no hacer nada; cuida su imagen para próximas contiendas, cree haber dejado un país seguro, sin delincuencia, con una política de seguridad coherente, consultada con todos los sectores del país y las personas indicadas. Se equivoca, aquí el panameño es rehén de los delincuentes, tiene miedo, siente angustias y tenemos una policía desmotivada, con comandantes que ven sólo hasta donde su nariz se lo permite. No hay decisiones coordinadas que permitan a nuestras unidades salir a la calle realmente a hacer su trabajo, porque cuando lo hacen, los trasladan o los mandan al extranjero.

La corrupción, compañero, le sonó en la cara, tan fuerte como cuando le sonaban las cacerolas a Manuel Antonio Noriega en sus últimos días; quedó al descubierto su frágil o casi nulo círculo de leales que no hayan sido señalados por actos que dejan mucho que desear. Si antes utilizaron y se apropiaron de los recursos de Cofina, la CSS, el BNP, BDA, ahora ni se sonrojan a la hora de cogerse la plata de la educación panameña. A eso llegamos compañeros, al punto de quitarles a nuestros hijos el derecho a recibir una educación digna, con aulas decentes y programas de nutrición reales, porque el dinero resultaba mejor usarlo en beneficio particular de un copartidario.

Ahora volveremos a escuchar nuevamente cómo vuelven a utilizar la frase “compañeros” los que se mueren por ir en la papeleta del partido que engañó a un pueblo, a los jóvenes que creyeron en sus promesas, porque son así y saben que el pueblo panameño olvida rápidamente. Nos dirán que ahora sí van a solucionar lo que en cinco años no quisieron solucionar o no tuvieron la capacidad y, hasta habrá algunas que se rasgarán las vestiduras para decir que son más pro yanqui con el ánimo de esconder sus verdaderas raíces e intenciones ideológicas.
Así veo las cosas y así las cuento.

101 años de Panamá América

 
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