Se acabó lo que se daba
Recuerdo una viejísima canción que rezaba: "Se acabó lo que se daba, se acabó, cada cual para su casa, se acabó". Pues, una vez que celebrado la gran fiesta de Pascua de Resurrección, sólo restan unos pocos días para las elecciones generales de 2004. Pero ninguno debe irse para su casa. Cada ciudadano consciente debe estar refinando su análisis de las alternativas políticas que se nos presentan.
Trataré de ser breve y al punto. Y esto no es nada fácil. Comienzo pensando en el pasado, que algunos vivazos quieren que se olvide o se eche a un lado. Citaré breves ejemplos de ese pasado:
1) La superdemagogia de la narcodictadura que llevó al desbarajuste nuestro sistema de transporte. Recuerdo los buses CUTSA que Omar mandó a estrellar debajo del paso vehicular que corre por la Transístmica sobre la Ricardo J. Alfaro y pienso en el desastre del transporte. 2) Las lesiones enormes que la narcodictadura causó al sistema de Seguridad Social y que afectó de muerte las jubilaciones y de las cuales dependen principalmente los ciudadanos más humildes. 3) Omar permitió que un tarado llegara a la comandancia de las FF.DD. y que ahora esté muerto de risa en Florida. Lo más significativo fue que Hugo Spadafora acusó públicamente a "cara-de-piña" de estar involucrado en el narcotráfico. El mandamás de turno hizo nada al respecto. Lo cual, en retrospectiva, llevó a la horrible decapitación de Hugo.
Mientras tanto, el brazo político de la "revolución" o "proceso" hacía todo lo que querían los "líderes". El contubernio de Noriega con los norteños llevó a la invasión cruenta de diciembre de 1989. Desde entonces hemos tenido gobiernos en "democracia" o más bien en partidocracia. El nivel de corrupción de antes de 1968 lo catapultó la narcodictadura a niveles tan altos que, hoy día, la corrupción es prácticamente considerada normal por todos, sin excepción.
Echemos a un lado los casos de corrupción cometidos después de la malhadada invasión. Ubiquémonos en el presente. Saltemos un buen número esos casos. Uno de los peores ha sido el dominio férreo y autoritario de los ejecutivos de la nación. Hoy día, el control de los tres poderes del Estado se ha hecho evidente -aquí, caro lector, usted puede citar los casos de corrupción que le vengan a la mente. Pero me referiré a principios del presente mes de abril. El ejecutivo se negó a divulgar los detalles de su partida secreta. No importó si fue evidente que las mayorías ciudadanas se desgañitaban exigiendo la información. Casi de un principio nuestra presidenta anunció que no proporcionaría los datos solicitados.
A los pocos días, nuestra primera mandataria anunció que continuaría su proselitismo político, siete días a la semana, a favor del candidato que ella ungió, hasta la fecha de las elecciones. Una vez más dictó su úcase con total desprecio por los señalamientos, en contra de su actuar carente de ética y moral, hechos por los más variados sectores ciudadanos.
La historia se repite en espiral. El abuso absoluto del poder por parte de los "líderes" del proceso llevó a la corrupción absoluta que, igualmente, grados más, grados menos, estamos presenciando hoy día pero, por supuesto, con diferente pitongo. El caso de la presente "líder", refiriéndonos únicamente a las dos instancias recién señaladas, es prueba irrefutable del abuso absoluto del poder. Y lo que es peor, dicta sus órdenes con toda la soberbia y la arrogancia de que es posible ya que muy bien sabe que el querer del pueblo es otro. Es decir, hace lo que hace con desprecio total hacia el sentir del soberano que es el pueblo.
Dentro de este apretado análisis me atrevo a señalar, sin temor a equivocarme, que los dos partidos predominantes, que están haciendo lo que les da la gana con el pasado, el presente y el futuro del país, merecen el repudio total de la ciudadanía, principalmente de los independientes y de todos los perredistas que conocen las fechorías de sus "líderes" y de todos los arnulfistas que saben que el mireyismo suplantó al arnulfismo. Todos estos ciudadanos tienen nombres y caras. Quieren a Panamá y continúan siendo civilistas. Concluyo afirmando que el candidato que promete acabar con la corrupción, con los salarios y privilegios estratosféricos, y que convocará a una constituyente es el que debe recibir el respaldo de la ciudadanía consciente. Su nombre es Guillermo Endara Galimany. Yo votaré por él pensando en mi Panamá, que es inmortal.
Trataré de ser breve y al punto. Y esto no es nada fácil. Comienzo pensando en el pasado, que algunos vivazos quieren que se olvide o se eche a un lado. Citaré breves ejemplos de ese pasado:
1) La superdemagogia de la narcodictadura que llevó al desbarajuste nuestro sistema de transporte. Recuerdo los buses CUTSA que Omar mandó a estrellar debajo del paso vehicular que corre por la Transístmica sobre la Ricardo J. Alfaro y pienso en el desastre del transporte. 2) Las lesiones enormes que la narcodictadura causó al sistema de Seguridad Social y que afectó de muerte las jubilaciones y de las cuales dependen principalmente los ciudadanos más humildes. 3) Omar permitió que un tarado llegara a la comandancia de las FF.DD. y que ahora esté muerto de risa en Florida. Lo más significativo fue que Hugo Spadafora acusó públicamente a "cara-de-piña" de estar involucrado en el narcotráfico. El mandamás de turno hizo nada al respecto. Lo cual, en retrospectiva, llevó a la horrible decapitación de Hugo.
Mientras tanto, el brazo político de la "revolución" o "proceso" hacía todo lo que querían los "líderes". El contubernio de Noriega con los norteños llevó a la invasión cruenta de diciembre de 1989. Desde entonces hemos tenido gobiernos en "democracia" o más bien en partidocracia. El nivel de corrupción de antes de 1968 lo catapultó la narcodictadura a niveles tan altos que, hoy día, la corrupción es prácticamente considerada normal por todos, sin excepción.
Echemos a un lado los casos de corrupción cometidos después de la malhadada invasión. Ubiquémonos en el presente. Saltemos un buen número esos casos. Uno de los peores ha sido el dominio férreo y autoritario de los ejecutivos de la nación. Hoy día, el control de los tres poderes del Estado se ha hecho evidente -aquí, caro lector, usted puede citar los casos de corrupción que le vengan a la mente. Pero me referiré a principios del presente mes de abril. El ejecutivo se negó a divulgar los detalles de su partida secreta. No importó si fue evidente que las mayorías ciudadanas se desgañitaban exigiendo la información. Casi de un principio nuestra presidenta anunció que no proporcionaría los datos solicitados.
A los pocos días, nuestra primera mandataria anunció que continuaría su proselitismo político, siete días a la semana, a favor del candidato que ella ungió, hasta la fecha de las elecciones. Una vez más dictó su úcase con total desprecio por los señalamientos, en contra de su actuar carente de ética y moral, hechos por los más variados sectores ciudadanos.
La historia se repite en espiral. El abuso absoluto del poder por parte de los "líderes" del proceso llevó a la corrupción absoluta que, igualmente, grados más, grados menos, estamos presenciando hoy día pero, por supuesto, con diferente pitongo. El caso de la presente "líder", refiriéndonos únicamente a las dos instancias recién señaladas, es prueba irrefutable del abuso absoluto del poder. Y lo que es peor, dicta sus órdenes con toda la soberbia y la arrogancia de que es posible ya que muy bien sabe que el querer del pueblo es otro. Es decir, hace lo que hace con desprecio total hacia el sentir del soberano que es el pueblo.
Dentro de este apretado análisis me atrevo a señalar, sin temor a equivocarme, que los dos partidos predominantes, que están haciendo lo que les da la gana con el pasado, el presente y el futuro del país, merecen el repudio total de la ciudadanía, principalmente de los independientes y de todos los perredistas que conocen las fechorías de sus "líderes" y de todos los arnulfistas que saben que el mireyismo suplantó al arnulfismo. Todos estos ciudadanos tienen nombres y caras. Quieren a Panamá y continúan siendo civilistas. Concluyo afirmando que el candidato que promete acabar con la corrupción, con los salarios y privilegios estratosféricos, y que convocará a una constituyente es el que debe recibir el respaldo de la ciudadanía consciente. Su nombre es Guillermo Endara Galimany. Yo votaré por él pensando en mi Panamá, que es inmortal.