¡Se achica la ventana!
En el artículo que escribí el martes anterior a las pasadas elecciones, bajo el título “Yo votaré por Panamá”, expliqué que mi decisión de votar por el entonces candidato Martinelli obedecía a las razones que vuelvo a resumir: 1) No creo en el abstencionismo y, por descartar esa opción, siempre ejerceré, responsablemente, el derecho al sufragio; 2) Al no existir otras candidaturas, por haberlas impedido, inconstitucionalmente, el Tribunal Electoral, era obligatorio escoger entre las opciones existentes, o sea, el PRD, Endara o Martinelli; 3) Mi preferencia personal era Endara, pero por no existir en Panamá la doble vuelta, esa no era una opción práctica y hubiera ayudado al PRD; y 4) Mi propósito principal era impedir que el PRD, cuya nefasta gestión pronostiqué desde la engañosa y demagógica candidatura de Torrijos, pudiera continuar en el poder.
También intenté dejar claro, en el citado artículo, que votar por Martinelli era, más que una convicción en la seguridad de un buen gobierno, un voto por la esperanza de un verdadero cambio que, como primer efecto, se tradujera en la ejecución de medidas concretas para construir una auténtica democracia en Panamá, asignatura que sigue pendiente. ¿Estamos avanzando en ese camino? La respuesta, por demás evidente, después de siete meses del “gobierno del cambio”, es que no. Y los presagios sólo sirven para aumentar el temor general de que se avanza en sentido inverso al prometido durante la campaña electoral.
El triunfo en las elecciones, cuando es legítimo, y el de Martinelli lo fue, es una sólida base para gobernar; pero asumir el mandato electoral como una autorización para ejercer el poder de manera ilimitada es un error. El caudal electoral, por mayoritario que sea, no puede asumirse como un mandato incondicional, especialmente si a su acumulación concurrieron factores que, en buena medida, fueron coyunturales.
Más de la mitad de la votación que obtuvo Martinelli la produjo el rechazo mayoritario de la población panameña al PRD. Y también es cierto que el apoyo brindado a Martinelli por los partidos Panameñista, Molirena y Unión Patriótica estuvo motivado, principalmente, por intereses coyunturales de participar en el reparto futuro del poder, antes que por una coincidencia de propósitos superiores. E, igual cosa puede decirse de muchos de los que se ampararon bajo sus banderas para asegurarse diputaciones, alcaldías y representaciones de corregimiento.
Tal vez el presidente Martinelli pueda pensar lo contrario y considerar que sigue manteniendo el porcentaje de respaldo que obtuvo en las urnas, y llevado de esa ilusión, estimar que éste se mantiene inalterable. No es verdad. Las alianzas electorales, por ser coyunturales, también pueden escaparse como el agua entre los dedos. Y la historia política panameña está saturada de ejemplos, que debieran servir de lección, especialmente para no intentar, como se viene anunciando, la aventura de la reelección inmediata.
Los siete primeros meses del gobierno del cambio, antes que reforzar la institucionalidad y la gobernabilidad del país, la han debilitado. Sería prudente que el presidente definiera un “plan de gobierno” con metas claras, sin improvisaciones ni sobresaltos, en el que aclare, en primer lugar, cuáles son las reformas constitucionales y electorales que piensa proponerle al país. Ellas pueden ser el punto de inflexión y la clave para el rumbo futuro de la nación que, por ahora, está plagado de incertidumbres.