Se busca un jefe de prensa
SI LOS medios se resignan a reproducir la (buena o mala) información que generan las oficinas del Estado, el periodismo estará condenado a desaparecer.
En un seminario del Instituto de Prensa de la SIP, en Miami, hace algunos pocos años, un grupo de periodistas provenientes de las más reconocidas salas de redacción del continente discutía sobre las dificultades que enfrentaban los periodistas que cubrían el área política. Hubo testimonios heroicos de quienes lucharon en la adversidad contra la dictadura y relatos cuasi fantásticos de reporteros y editores que se enfrentaron con éxito al poder autoritario del Estado.
Quizás por un temor al exceso de entusiasmo, el debate fue lentamente desplazándose hacia una especie de consenso pasivo que ponía el énfasis en que el tránsito de la dictadura a la democracia había obligado al periodismo a actuar de modo "más profesional" y que todos los trucos y estratagemas que se empleaban corrientemente para burlar la censura, obtener información y exponer a los tiranos no eran del todo bienvenidos en la era democrática, porque la libertad de que ahora gozábamos nos imponía una "mayor responsabilidad". Esta posición invitaba a revalorizar la objetividad periodística y la imparcialidad editorial, como los atributos que cimentan la credibilidad que persigue todo medio de comunicación que desea convertirse en, o mantenerse como, centro de referencia en la sociedad.
Antes de que la sensatez pudiera cantar victoria en los brazos del aburrimiento, ya casi generalizado, pues si estamos de acuerdo no hay nada que debatir, intervino un extraordinario periodista brasileño, que había sido editor de Jornal do Brasil y había lidiado tanto con militares como presidentes civiles desde su sillón de editor. Rosental Calmon Alves habló en un buen español, con serenidad, sin pretensiones teóricas de ningún tipo, pero su sentencia lapidaria todavía retumba en mi cabeza: "Todos los gobiernos mienten", dijo sin mostrar ansiedad alguna por matizar su afirmación. El maestro brasileño, que desde entonces ejerce la cátedra en la Universidad de Austin, Texas, nos impelía a que nunca olvidáramos que el ejercicio del poder coloca a los gobernantes en la necesidad de controlar informaciones y percepciones, muchas veces manipulando a los periodistas ingenuos que creen que reproducir las palabras textuales que los políticos depositan en sus grabadoras es rendir tributo a la objetividad y seriedad en el periodismo.
El periodista debe ocuparse tanto de lo que se dice, como de lo que no se dice, pues por ahí pueden estar las mentiras que preocupan a Rosental. El hecho de que reporteros y directivos de medios no se sientan amenazados como ocurría durante las dictaduras no significa que su trabajo sea más fácil. Menos riesgoso sí, pero no más fácil. En cierto modo, es más difícil ahora hacer buen periodismo porque el gobierno produce más información y, generalmente, encuentra cierta acogida social en la idea, totalmente equivocada, dicho sea de paso, de que los medios deben ser una especie de vitrina de cada buena acción que altos y medianos funcionarios realizan mostrándonos la conocida blancura de sus dientes. Si los medios se resignan a reproducir la (buena o mala) información que generan las oficinas del Estado, el periodismo estará condenado a desaparecer.
No sé hasta qué punto la práctica inveterada de contratar en las oficinas de relaciones públicas ministeriales a reporteros y editores de medios habrá dejado un cuchillo romo donde una vez hubo una fina navaja. Lo que no es difícil advertir es que cierta manera burda de construir, con mucha prisa, una imagen positiva a través de las llamadas buenas noticias, ha tropezado invariablemente con el oficio de quienes han hecho de la crítica ad hominem (contra las personas) su razón de ser en el mundo.
Muy poca cosa queda del periodismo cuando la disputa principal tiene en una esquina a los que hablan bien de los gobernantes y en la otra a los que hablan mal de ellos.
Para salir de este empantamiento, una figura, poco frecuente en nuestro medio, podría ser extremadamente útil: la oficina de prensa, un equipo de profesionales que no se ocupa de que el jefe aparezca en la página de sociales, sino de documentar la labor oficial de la institución. Cada institución debe tener una. Boletines informativos, despachos noticiosos, fotos, vídeos, ilustraciones, entrevistas, reportajes, en fin, toda la gama de instrumentos periodísticos debe estar al alcance de los funcionarios de prensa. Su cometido es preparar la información en forma oportuna y entregarla con calidad y rapidez a los medios, que son sus consumidores más frecuentes, pero no los únicos. ¡Cuidado! que su labor no es buscar caminos oblicuos -o francamente torcidos- para hallar espacio en primera plana, o que la reproduzca el noticiero estelar. Aquí no puede haber "aliados", pero sí cómplices.
Los gobernantes deben acostumbrarse a que no hay nada sano, o lícito, que pueden hacer para impedir o evitar que los medios sean injustos con ellos. El día que un gobierno tiene éxito evitando que salgan malas noticias en su contra es porque seguramente ha incurrido en una práctica desleal a la democracia y rayana en la corrupción. Dar la cara, responder a las preguntas, ofrecer una aclaración, es todo lo que queda del poder que solían tener las autoridades. Cualquier intento de maltratar a los periodistas, o arrinconar a los medios constituye en atentado contra la libertad de expresión. El que se siente incómodo con esta libertad, que se imagine qué significaría su supresión. El público apreciará siempre distintas versiones y aprenderá a formarse su propia idea, la cual variará según las circunstancias.
Si aprendemos a discutir sobre hechos y cosas pertenecientes a la gestión pública, tendremos poco tiempo para entretenernos en las frivolidades relativas a sus personas. Como siempre, la práctica de dar más información propicia un mejor clima.
Un oficial de prensa puede ser una solución cuando se trata de informar sobre lo que se hace, pero si lo que ocurre es que no nos gusta la imagen que nos devuelven los medios, entonces es inútil practicarle una cirugía al espejo.
En un seminario del Instituto de Prensa de la SIP, en Miami, hace algunos pocos años, un grupo de periodistas provenientes de las más reconocidas salas de redacción del continente discutía sobre las dificultades que enfrentaban los periodistas que cubrían el área política. Hubo testimonios heroicos de quienes lucharon en la adversidad contra la dictadura y relatos cuasi fantásticos de reporteros y editores que se enfrentaron con éxito al poder autoritario del Estado.
Quizás por un temor al exceso de entusiasmo, el debate fue lentamente desplazándose hacia una especie de consenso pasivo que ponía el énfasis en que el tránsito de la dictadura a la democracia había obligado al periodismo a actuar de modo "más profesional" y que todos los trucos y estratagemas que se empleaban corrientemente para burlar la censura, obtener información y exponer a los tiranos no eran del todo bienvenidos en la era democrática, porque la libertad de que ahora gozábamos nos imponía una "mayor responsabilidad". Esta posición invitaba a revalorizar la objetividad periodística y la imparcialidad editorial, como los atributos que cimentan la credibilidad que persigue todo medio de comunicación que desea convertirse en, o mantenerse como, centro de referencia en la sociedad.
Antes de que la sensatez pudiera cantar victoria en los brazos del aburrimiento, ya casi generalizado, pues si estamos de acuerdo no hay nada que debatir, intervino un extraordinario periodista brasileño, que había sido editor de Jornal do Brasil y había lidiado tanto con militares como presidentes civiles desde su sillón de editor. Rosental Calmon Alves habló en un buen español, con serenidad, sin pretensiones teóricas de ningún tipo, pero su sentencia lapidaria todavía retumba en mi cabeza: "Todos los gobiernos mienten", dijo sin mostrar ansiedad alguna por matizar su afirmación. El maestro brasileño, que desde entonces ejerce la cátedra en la Universidad de Austin, Texas, nos impelía a que nunca olvidáramos que el ejercicio del poder coloca a los gobernantes en la necesidad de controlar informaciones y percepciones, muchas veces manipulando a los periodistas ingenuos que creen que reproducir las palabras textuales que los políticos depositan en sus grabadoras es rendir tributo a la objetividad y seriedad en el periodismo.
El periodista debe ocuparse tanto de lo que se dice, como de lo que no se dice, pues por ahí pueden estar las mentiras que preocupan a Rosental. El hecho de que reporteros y directivos de medios no se sientan amenazados como ocurría durante las dictaduras no significa que su trabajo sea más fácil. Menos riesgoso sí, pero no más fácil. En cierto modo, es más difícil ahora hacer buen periodismo porque el gobierno produce más información y, generalmente, encuentra cierta acogida social en la idea, totalmente equivocada, dicho sea de paso, de que los medios deben ser una especie de vitrina de cada buena acción que altos y medianos funcionarios realizan mostrándonos la conocida blancura de sus dientes. Si los medios se resignan a reproducir la (buena o mala) información que generan las oficinas del Estado, el periodismo estará condenado a desaparecer.
No sé hasta qué punto la práctica inveterada de contratar en las oficinas de relaciones públicas ministeriales a reporteros y editores de medios habrá dejado un cuchillo romo donde una vez hubo una fina navaja. Lo que no es difícil advertir es que cierta manera burda de construir, con mucha prisa, una imagen positiva a través de las llamadas buenas noticias, ha tropezado invariablemente con el oficio de quienes han hecho de la crítica ad hominem (contra las personas) su razón de ser en el mundo.
Muy poca cosa queda del periodismo cuando la disputa principal tiene en una esquina a los que hablan bien de los gobernantes y en la otra a los que hablan mal de ellos.
Para salir de este empantamiento, una figura, poco frecuente en nuestro medio, podría ser extremadamente útil: la oficina de prensa, un equipo de profesionales que no se ocupa de que el jefe aparezca en la página de sociales, sino de documentar la labor oficial de la institución. Cada institución debe tener una. Boletines informativos, despachos noticiosos, fotos, vídeos, ilustraciones, entrevistas, reportajes, en fin, toda la gama de instrumentos periodísticos debe estar al alcance de los funcionarios de prensa. Su cometido es preparar la información en forma oportuna y entregarla con calidad y rapidez a los medios, que son sus consumidores más frecuentes, pero no los únicos. ¡Cuidado! que su labor no es buscar caminos oblicuos -o francamente torcidos- para hallar espacio en primera plana, o que la reproduzca el noticiero estelar. Aquí no puede haber "aliados", pero sí cómplices.
Los gobernantes deben acostumbrarse a que no hay nada sano, o lícito, que pueden hacer para impedir o evitar que los medios sean injustos con ellos. El día que un gobierno tiene éxito evitando que salgan malas noticias en su contra es porque seguramente ha incurrido en una práctica desleal a la democracia y rayana en la corrupción. Dar la cara, responder a las preguntas, ofrecer una aclaración, es todo lo que queda del poder que solían tener las autoridades. Cualquier intento de maltratar a los periodistas, o arrinconar a los medios constituye en atentado contra la libertad de expresión. El que se siente incómodo con esta libertad, que se imagine qué significaría su supresión. El público apreciará siempre distintas versiones y aprenderá a formarse su propia idea, la cual variará según las circunstancias.
Si aprendemos a discutir sobre hechos y cosas pertenecientes a la gestión pública, tendremos poco tiempo para entretenernos en las frivolidades relativas a sus personas. Como siempre, la práctica de dar más información propicia un mejor clima.
Un oficial de prensa puede ser una solución cuando se trata de informar sobre lo que se hace, pero si lo que ocurre es que no nos gusta la imagen que nos devuelven los medios, entonces es inútil practicarle una cirugía al espejo.