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Se busca un ministro


Escoger a un Ministro de Educación se ha convertido en una verdadera pesadilla para los gobernantes de nuestros días, no solamente en Panamá sino también
en el resto de los países latinoamericanos donde se calcula que el promedio de duración de este funcionario ha sido de sólo nueve meses. La historia más
reciente de la región muestra que probablemente la actual administración en nuestros país, junto a la pasada en El Salvador, se encuentra entre las pocas
excepciones que pueden citarse como ejemplo de duraderas, porque sus ministros lograron mantenerse en el puesto hasta completar el período.

Lo característico del cargo ha sido sucumbir rápidamente ante la presión de marchas callejeras y huelgas prolongadas organizadas por los dirigentes
sindicales de la educación, que aprovechan la fuerza de su numerosa e influyente membresía para reclamar mejores condiciones de salario, trabajo y jubilación.
Estas manifestaciones en algunos casos no solamente han puesto en peligro la permanencia del ministro sino la del mismo gobierno.

No importa si el que dirige el ministerio ha surgido de las filas del gremio magisterial, como ocurrió durante el período del presidente Endara, porque desde
la óptica de todo gremio combativo, una vez nombrado el dirigente gremial pasa a defender los intereses del gobierno de turno. Sería algo así como si en la empresa
privada se nombra como gerente al secretario general del sindicato, pensando que con ello se terminarían los problemas laborales.

Lo cierto es que cualquier designado o designada para ocupar la dirección del Ministerio de Educación tendrá que asumir las responsabilidades del cargo
buscando un consenso nacional que facilite la adopción de medidas necesarias y justas, pero siempre de acuerdo al interés común y no de algún grupo en
especial. La consulta y el diálogo serían sus principales herramientas, por lo que debe tener amplio poder de convocatoria unido a capacidad de
concertación.

Además el ministro nombrado debe conocer los amnbiciosos objetivos de la educación moderna, de calidad y pertinente; pero a la vez debe estar consciente
de las limitaciones que supone la complicada estructura académica y administrativa del sistema actual. Ha de ser insistente y paciente, renovador pero
respetuoso de la tradición, apegado al reglamento pero no burócrata, firme en sus criterios pero no sectario, autoritario pero solo después de haber
escuchado opiniones y agotado todos los medios de convencimiento. Estamos seguros que existen muchos panameños y panameñas que cumplen con estos requisitos
y por ello nos parece muy conveniente la política de solicitar recomendaciones de todas las fuerzas vivas del país sobre candidatos para ocupar esta
trascendental posición.



101 años de Panamá América

 
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