Se busca una oposición
Todo sistema democrático requiere de una oposición política que haga de contrapeso y fiscalizador a la labor gubernamental. Esta tarea se hace idealmente desde la Asamblea o Parlamento y, en los últimos tiempos, a través de los medios de comunicación social. Pero la labor opositora no se reduce a decir "No" a todo ni mucho menos a "pasar agachado" como se dice en el argot popular. Hacer oposición implica la capacidad de disectar cada iniciativa gubernamental, analizarla, proyectar sus consecuencias y, con base a este criterio ilustrado y la visión ideológica que sustenta al partido, hacer las críticas pertinentes para que el proyecto o programa sea modificado o eliminado. La labor de los opositores es mantener al Gobierno en ascuas y tratar de reemplazar al grupo en el poder en las siguientes elecciones.
En los países en donde la oposición democrática es acomodaticia y blanda; donde las elecciones no producen una verdadera alternancia en el poder y donde los partidos han perdido la capacidad de ser "correas de transmisión" de los anhelos populares, tarde o temprano el sistema político colapsa. En el pasado este colapso derivó en dictaduras militares y hoy en día degenera en populismo que conduce a la autocracia con disfraz democrático.
Mientras la oposición política panameña se mantenga enredada en sus peleas intestinas, se abstenga de hacer propuestas concretas frente a los temas nacionales y permita que los famosos "diálogos" trasladen el foro de debate y decisión a la llamada "Sociedad Civil", Panamá se acercará cada vez más a la tentación populista.
Ya es hora que gobierno y oposición comprendan que su función no es entenderse en el plano personal, sino confrontarse en el plano de las ideas; que a dichas confrontaciones ideológicas no hay que tenerle ningún temor, porque su resultado será el de propuestas, programas y políticas más sólidas y comprobadas; que la alternativa a la confrontación democrática no es la paz social, sino la rebelión popular y que si bien, la función de quien gobierna es tener la última palabra, un verdadero demócrata nunca piensa que debe ser la única palabra. Necesitamos una oposición democrática a gritos, antes de que surja una oposición antidemocrática a tiros.
En los países en donde la oposición democrática es acomodaticia y blanda; donde las elecciones no producen una verdadera alternancia en el poder y donde los partidos han perdido la capacidad de ser "correas de transmisión" de los anhelos populares, tarde o temprano el sistema político colapsa. En el pasado este colapso derivó en dictaduras militares y hoy en día degenera en populismo que conduce a la autocracia con disfraz democrático.
Mientras la oposición política panameña se mantenga enredada en sus peleas intestinas, se abstenga de hacer propuestas concretas frente a los temas nacionales y permita que los famosos "diálogos" trasladen el foro de debate y decisión a la llamada "Sociedad Civil", Panamá se acercará cada vez más a la tentación populista.
Ya es hora que gobierno y oposición comprendan que su función no es entenderse en el plano personal, sino confrontarse en el plano de las ideas; que a dichas confrontaciones ideológicas no hay que tenerle ningún temor, porque su resultado será el de propuestas, programas y políticas más sólidas y comprobadas; que la alternativa a la confrontación democrática no es la paz social, sino la rebelión popular y que si bien, la función de quien gobierna es tener la última palabra, un verdadero demócrata nunca piensa que debe ser la única palabra. Necesitamos una oposición democrática a gritos, antes de que surja una oposición antidemocrática a tiros.