Se nos acaba Taboga
Para los panameños el nombre de Taboga está muy ligado al arte, a la música, a la literatura. Taboga es una isla de origen volcánico que, en conjunto con las islas de Taboguilla, Urabá, Melones, Chamá, Estivá, Borá, Otoque y el Morro (esta última isla, cuando la marea está baja, forma una península que la une a la isla de Taboga por medio de una playa totalmente transitable, y que sirve de comunicación entre sí), conforman el distrito insular de Taboga. A pesar de su gran extensión (unas 500 hectáreas) cuenta con una población bastante reducida, llegando a encontrarse apenas unos 868 habitantes, según el último censo, celebrado en mayo con un total de 240 casas.
Su fisonomía, de una exuberancia tropical como pocas, tiene una interesante silueta que la conforman un juego de cerros que llegan a ascender hasta 300 metros sobre el nivel del mar y la hacen parecer un perfil o una escultura. Uno de estos cerros, el Vigía, tiene dispositivos de orientación para la navegación aérea, que le dan la bienvenida a los aviones que se acercan a la ciudad de Panamá. También están el Cerro de la Cruz, el de San Pedro, y otros que son destinos naturales para los visitantes, que los recorren para observar aves, para admirar el paisaje que desde allí se aprecia, o para acampar. Entre estos cerros hay un profundo valle que divide la mole rocosa del sur con el norte de la isla. La parte de la isla que tiene la mayor concentración de población es la que mira hacia la ciudad y la bahía, y el resto de la isla está aún por descubrirse, encontrándose inigualables parajes en los alrededores de su costa.
Un sello distintivo de Taboga es la ausencia de automóviles. Existen en toda la isla aproximadamente 20 vehículos, de los cuales la mitad de ellos es para transportar a los visitantes, ascender al Vigía, o llevar carga y basura. Su flora es misteriosamente exagerada: todas las plantas encuentran su hábitat de manera casi inmediata y es por eso que se le conoce tradicionalmente como la Isla de las Flores. Entre sus cosechas están los nísperos, mameyes, nance, tamarindos y sobre todo, las piñas, que eran famosas por su jugosa carne y por su aroma.
Se pueden trazar sus orígenes en el año 1524, cuando el canónigo Hernando de Luque fundó el villorrio a orillas del mar, denominándolo entonces como San Pedro de Taboga. Años antes, en 1510, se habían establecido los españoles que llegaron al Istmo en Santa María la Antigua del Darién. De allí salió Vasco Nuñez de Balboa para descubrir el Mar Pacífico. Allí también convergieron Pedro Arias de Avila, Pascual de Andagoya, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa y el mismo Hernando de Luque. Posterior al descubrimiento del inmenso océano, el avistar el archipiélago de las Perlas y Taboga fue apenas una consecuencia lógica. Antes del fundador de la isla, había llegado a sus costas Gonzalo de Badajoz, huyendo del Cacique París luego de que éste lo derrotara en Parita, y embarcándose en Chame, frente a la isla de Otoque, para desembarcar en Taboga en el año 1515. Pedro Arias de Avila llegó a Taboga en 1519, buscando un lugar donde fundar una población a orillas del mar, misión que lo llevó a establecer ese mismo año en lo que hoy se conoce como Panamá la Vieja, la ciudad que fue asaltada e incendiada por el pirata Sir Henry Morgan en 1671.
Taboga se convirtió posteriormente en el centro de operaciones para el descubrimiento y la conquista del Perú. Se conoce que la expedición de Francisco Pizarro y Diego de Almagro partió de la isla, y Hernando de Luque les sirvió de ayuda, siendo Vicario de la Catedral de Panamá. En la pequeña iglesia que fue la antecesora de la actual, Pizarro y Almagro tomaron la hostia, este último decidiendo en el momento de la partida no acompañar al adelantado del Perú. Pizarro zarpa hacia su destino precisamente el año en que Luque establece el pueblo en la isla que tanto amaba, donde se dedicó a la agricultura y a enaltecer a la población. Almagro parte como Adelantado de Chile y años más tarde Pizarro lo mata. Posteriormente, Pizarro cae muerto por almagristas en su propia casona en Lima. También se sabe que el navegante inglés William Dampier fondeó su barco en las costas de Taboga en 1685, encontrando muchas frutas cultivadas por los habitantes en la parte norte de la isla. Se conoce que pernoctaron en Taboga los obispos Fray Bartolomé de las Casas y Fray Tomás de Berlanga, a quien se le atribuye el descubrimiento de las islas Galápagos, frente a las costas de Ecuador y que son hoy un patrimonio de la humanidad, donde se pone de manifiesto la teoría de la evolución de las especies, de Charles Darwin.
El hecho de que fuese Taboga el punto de partida y regreso de todas estas expediciones obedece a que está en dirección sur, lo que la hace propicia para la entrada a Panamá. Hoy día la isla se puede apreciar cuando un avión procedente del sur, de Lima o Santiago, aterriza en Tocumen, el aeropuerto internacional de la ciudad de Panamá.
En los albores del siglo XIX, los vapores que hacían su travesía entre Panamá y Valparaíso tenían su principal asiento en la isla de Taboga. En los años 1849 y 1850 Taboga era el Puerto de Panamá. En la isla apéndice, el Morro, existía un astillero de 100 metros de largo, donde se reparaban barcos, y donde había depósitos, muelle, oficinas, talleres, viviendas, un hospital en la cima del cerro, y un cementerio. Para que se dieran todos estos servicios, la isla contaba con más de 700 obreros especializados y llegó a tener, en 1870, una población de 1,568 habitantes, cifra que ascendió a 3,130 en 1896. Se encontraban allí almacenes para abastecer barcos, tiendas de ropa, talleres de carpintería, panaderías, billares, locales para fiestas, pensiones, tiendas mayoristas, un pequeño mercado y tres médicos.
Los norteamericanos habían exigido la isla de Taboga como indemnización por los supuestos perjuicios que les habían producido. Hoy día la isla presenta una población estable que se emplea en las instituciones de gobierno (la desalinizadora, el centro de salud, la escuela, etc.) o en la vecina isla de Taboguilla, que cuenta con una procesadora de harina de pescado. Igualmente, hay muchos isleños que viajan a Panamá a trabajar en diferentes oficios, y regresan a Taboga los fines de semana. También los hay que cuidan y atienden las fincas y casas de veraneo, dan servicio a los turistas, les sirven de guías, o trabajan en uno de los dos hoteles de la isla.
Las tradiciones son muy fuertes en este paraíso isleño: los patronos de la isla son San Pedro y la Virgen del Carmen, venerada por los pescadores.
Las empinadas calles que se van plegando a la tortuosa topografía del pueblo dejan ver un caserío lleno de exuberancia, donde las flores, especialmente los jazmines, se dan en cada esquina, en cada maceta, y el aroma es típico de la isla que debe su nombre a estas flores y a muchas otras: las rosas, las veraneras, las ixoras y todo lo que da color y distinción al trópico. Las rosas taboganas visten de rojo y de rosado su presencia, y por muy humilde que sea una vivienda, el jardín demuestra orgullo y dedicación, así como el uso de conchas en la decoración exterior.
Ha sido una constante que Taboga ("haboga"en lengua indígena, que significa pescado) produzca hombres de las artes. El Arq. Ricardo J. Bermúdez, cuya obra Cuando la Isla era Doncella, escrito en 1954 y publicado en 1961, compuesto de catorce temas taboganos, es uno de los más destacados de entre su obra poética, además de los noveles Alvaro López Blanco (con su obra El Olor de la Tierra, que tiene en la portada los tamarindos de Taboga) y Ramón Fonseca Mora, entre otros. La plástica no ha estado exenta de su influencia: el gran pintor panameño Roberto Lewis, a quien debemos los frescos del teatro Nacional y del Palacio de las Garzas (residencia presidencial) se refugió en la isla y de allí salen sus famosos tamarindos, que no sólo enaltecen los murales de la sede del gobierno, sino que se reproducen en muchos cuadros, grandemente apreciados por coleccionistas. Otros pintores como Mayo Hassán, Humberto Ivaldi, Marco Ernesto, Adriano Herrerabarría y Amalia Tapia han pasado temporadas en la isla y también lo hacen aquellos que quieren cultivar una habilidad artística o una vocación por lo bello.
El tres veces presidente Belisario Porras conoció a su primera esposa, Eva Rita Paniza, durante una excursión que hizo a la isla, ya que el padre de ella era el propietario de un hotel que funcionó en Taboga. De hecho, doña Eva está enterrada en el cementerio local. El general Buenaventura Correoso, tres veces presidente del Estado Soberano de Panamá, compró una casa en la isla, donde solía pasar largas temporadas. Y numerosos jefes de Estado y familias tradicionales han encontrado sus días de soledad, de reposo y regocijo en los hermosos parajes taboganos.
Taboga se vio inmortalizada en las notas del compositor Ricardo Fábrega, con su obra homónima, bolero inolvidable que reza: "En esta noche callada, que mi tormento ahoga, quiero cantarte Taboga, viendo tu luna plateada...Taboga, tierra de las flores, tú eres mi inspiración, por ti sentí una pasión, que me llenó de amores...Taboga, eres tú tan bella, que no te puedo olvidar, bajo tu manto de estrellas, quiero vivir y soñar..." Es una canción de las más oídas en el repertorio nacional e internacional, casi a la par de Historia de un Amor. Al igual que Panamá Viejo, es signataria de nuestros quereres y nuestros haberes.
La isla es bastante segura, y tiene un puesto del Servicio Marítimo Nacional, que lo atienden de dos a tres unidades.
Su fisonomía, de una exuberancia tropical como pocas, tiene una interesante silueta que la conforman un juego de cerros que llegan a ascender hasta 300 metros sobre el nivel del mar y la hacen parecer un perfil o una escultura. Uno de estos cerros, el Vigía, tiene dispositivos de orientación para la navegación aérea, que le dan la bienvenida a los aviones que se acercan a la ciudad de Panamá. También están el Cerro de la Cruz, el de San Pedro, y otros que son destinos naturales para los visitantes, que los recorren para observar aves, para admirar el paisaje que desde allí se aprecia, o para acampar. Entre estos cerros hay un profundo valle que divide la mole rocosa del sur con el norte de la isla. La parte de la isla que tiene la mayor concentración de población es la que mira hacia la ciudad y la bahía, y el resto de la isla está aún por descubrirse, encontrándose inigualables parajes en los alrededores de su costa.
Un sello distintivo de Taboga es la ausencia de automóviles. Existen en toda la isla aproximadamente 20 vehículos, de los cuales la mitad de ellos es para transportar a los visitantes, ascender al Vigía, o llevar carga y basura. Su flora es misteriosamente exagerada: todas las plantas encuentran su hábitat de manera casi inmediata y es por eso que se le conoce tradicionalmente como la Isla de las Flores. Entre sus cosechas están los nísperos, mameyes, nance, tamarindos y sobre todo, las piñas, que eran famosas por su jugosa carne y por su aroma.
Se pueden trazar sus orígenes en el año 1524, cuando el canónigo Hernando de Luque fundó el villorrio a orillas del mar, denominándolo entonces como San Pedro de Taboga. Años antes, en 1510, se habían establecido los españoles que llegaron al Istmo en Santa María la Antigua del Darién. De allí salió Vasco Nuñez de Balboa para descubrir el Mar Pacífico. Allí también convergieron Pedro Arias de Avila, Pascual de Andagoya, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa y el mismo Hernando de Luque. Posterior al descubrimiento del inmenso océano, el avistar el archipiélago de las Perlas y Taboga fue apenas una consecuencia lógica. Antes del fundador de la isla, había llegado a sus costas Gonzalo de Badajoz, huyendo del Cacique París luego de que éste lo derrotara en Parita, y embarcándose en Chame, frente a la isla de Otoque, para desembarcar en Taboga en el año 1515. Pedro Arias de Avila llegó a Taboga en 1519, buscando un lugar donde fundar una población a orillas del mar, misión que lo llevó a establecer ese mismo año en lo que hoy se conoce como Panamá la Vieja, la ciudad que fue asaltada e incendiada por el pirata Sir Henry Morgan en 1671.
Taboga se convirtió posteriormente en el centro de operaciones para el descubrimiento y la conquista del Perú. Se conoce que la expedición de Francisco Pizarro y Diego de Almagro partió de la isla, y Hernando de Luque les sirvió de ayuda, siendo Vicario de la Catedral de Panamá. En la pequeña iglesia que fue la antecesora de la actual, Pizarro y Almagro tomaron la hostia, este último decidiendo en el momento de la partida no acompañar al adelantado del Perú. Pizarro zarpa hacia su destino precisamente el año en que Luque establece el pueblo en la isla que tanto amaba, donde se dedicó a la agricultura y a enaltecer a la población. Almagro parte como Adelantado de Chile y años más tarde Pizarro lo mata. Posteriormente, Pizarro cae muerto por almagristas en su propia casona en Lima. También se sabe que el navegante inglés William Dampier fondeó su barco en las costas de Taboga en 1685, encontrando muchas frutas cultivadas por los habitantes en la parte norte de la isla. Se conoce que pernoctaron en Taboga los obispos Fray Bartolomé de las Casas y Fray Tomás de Berlanga, a quien se le atribuye el descubrimiento de las islas Galápagos, frente a las costas de Ecuador y que son hoy un patrimonio de la humanidad, donde se pone de manifiesto la teoría de la evolución de las especies, de Charles Darwin.
El hecho de que fuese Taboga el punto de partida y regreso de todas estas expediciones obedece a que está en dirección sur, lo que la hace propicia para la entrada a Panamá. Hoy día la isla se puede apreciar cuando un avión procedente del sur, de Lima o Santiago, aterriza en Tocumen, el aeropuerto internacional de la ciudad de Panamá.
En los albores del siglo XIX, los vapores que hacían su travesía entre Panamá y Valparaíso tenían su principal asiento en la isla de Taboga. En los años 1849 y 1850 Taboga era el Puerto de Panamá. En la isla apéndice, el Morro, existía un astillero de 100 metros de largo, donde se reparaban barcos, y donde había depósitos, muelle, oficinas, talleres, viviendas, un hospital en la cima del cerro, y un cementerio. Para que se dieran todos estos servicios, la isla contaba con más de 700 obreros especializados y llegó a tener, en 1870, una población de 1,568 habitantes, cifra que ascendió a 3,130 en 1896. Se encontraban allí almacenes para abastecer barcos, tiendas de ropa, talleres de carpintería, panaderías, billares, locales para fiestas, pensiones, tiendas mayoristas, un pequeño mercado y tres médicos.
Los norteamericanos habían exigido la isla de Taboga como indemnización por los supuestos perjuicios que les habían producido. Hoy día la isla presenta una población estable que se emplea en las instituciones de gobierno (la desalinizadora, el centro de salud, la escuela, etc.) o en la vecina isla de Taboguilla, que cuenta con una procesadora de harina de pescado. Igualmente, hay muchos isleños que viajan a Panamá a trabajar en diferentes oficios, y regresan a Taboga los fines de semana. También los hay que cuidan y atienden las fincas y casas de veraneo, dan servicio a los turistas, les sirven de guías, o trabajan en uno de los dos hoteles de la isla.
Las tradiciones son muy fuertes en este paraíso isleño: los patronos de la isla son San Pedro y la Virgen del Carmen, venerada por los pescadores.
Las empinadas calles que se van plegando a la tortuosa topografía del pueblo dejan ver un caserío lleno de exuberancia, donde las flores, especialmente los jazmines, se dan en cada esquina, en cada maceta, y el aroma es típico de la isla que debe su nombre a estas flores y a muchas otras: las rosas, las veraneras, las ixoras y todo lo que da color y distinción al trópico. Las rosas taboganas visten de rojo y de rosado su presencia, y por muy humilde que sea una vivienda, el jardín demuestra orgullo y dedicación, así como el uso de conchas en la decoración exterior.
Ha sido una constante que Taboga ("haboga"en lengua indígena, que significa pescado) produzca hombres de las artes. El Arq. Ricardo J. Bermúdez, cuya obra Cuando la Isla era Doncella, escrito en 1954 y publicado en 1961, compuesto de catorce temas taboganos, es uno de los más destacados de entre su obra poética, además de los noveles Alvaro López Blanco (con su obra El Olor de la Tierra, que tiene en la portada los tamarindos de Taboga) y Ramón Fonseca Mora, entre otros. La plástica no ha estado exenta de su influencia: el gran pintor panameño Roberto Lewis, a quien debemos los frescos del teatro Nacional y del Palacio de las Garzas (residencia presidencial) se refugió en la isla y de allí salen sus famosos tamarindos, que no sólo enaltecen los murales de la sede del gobierno, sino que se reproducen en muchos cuadros, grandemente apreciados por coleccionistas. Otros pintores como Mayo Hassán, Humberto Ivaldi, Marco Ernesto, Adriano Herrerabarría y Amalia Tapia han pasado temporadas en la isla y también lo hacen aquellos que quieren cultivar una habilidad artística o una vocación por lo bello.
El tres veces presidente Belisario Porras conoció a su primera esposa, Eva Rita Paniza, durante una excursión que hizo a la isla, ya que el padre de ella era el propietario de un hotel que funcionó en Taboga. De hecho, doña Eva está enterrada en el cementerio local. El general Buenaventura Correoso, tres veces presidente del Estado Soberano de Panamá, compró una casa en la isla, donde solía pasar largas temporadas. Y numerosos jefes de Estado y familias tradicionales han encontrado sus días de soledad, de reposo y regocijo en los hermosos parajes taboganos.
Taboga se vio inmortalizada en las notas del compositor Ricardo Fábrega, con su obra homónima, bolero inolvidable que reza: "En esta noche callada, que mi tormento ahoga, quiero cantarte Taboga, viendo tu luna plateada...Taboga, tierra de las flores, tú eres mi inspiración, por ti sentí una pasión, que me llenó de amores...Taboga, eres tú tan bella, que no te puedo olvidar, bajo tu manto de estrellas, quiero vivir y soñar..." Es una canción de las más oídas en el repertorio nacional e internacional, casi a la par de Historia de un Amor. Al igual que Panamá Viejo, es signataria de nuestros quereres y nuestros haberes.
La isla es bastante segura, y tiene un puesto del Servicio Marítimo Nacional, que lo atienden de dos a tres unidades.