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Se nos fue Don Jorge


La hora en que ocurrió el suicidio es desconocida. Lo que sí se sabe es que en la mañana del lunes 1ro de Mayo, el historiador y prolífico escritor panameño Jorge Isaac Conte Porras Jaén abordó un pequeño autobus en Penonomé rumbo a la población de Chiguirí Arriba, en las tierras altas de Coclé. Vestía camisa de manga corta y sombrero. No llevaba consigo ninguna pertenencia, a excepción de un revólver viejo de la Segunda Guerra Mundial.
En Chiguirí Arriba otro autobus lo adentraría en las montañas, hasta alcanzar San Miguel Centro. De allí caminaría hasta la comunidad de Tabidal Arriba y el cerro El Congal. El sitio era remoto y nadie oyó los disparos. Su cuerpo inerte con dos impactos de bala sería encontrado al día siguiente.
La muerte por mano propia del historiador la supe yo en California prontamente y me dejó estupefacto. Cuando me confirmaron la noticia, los ojos se me llenaron de lágrimas. Conocía bien a don Jorge. Era mi padrino y mi pariente. Nos unían lazos familiares de Penonomé, ciudad histórica cuya alcaldía luce un retrato al óleo, por una excelente pintora istmeña residente en Chitré, del penonomeño Benigno Andrión, mi bisabuelo y primer alcalde de Colón.
Don Jorge nació en la capital coclesana hace casi 77 años, el octavo de nueve hijos de Laurencio Conte Jaén y Leticia Porras, hija del tres veces presidente Belisario Porras. Visitaba la casa de mis abuelos cuando yo era niño y claramente lo recuerdo, siempre alegre, siempre campechano. El quería mucho a mi abuela, y admiraba a mi abuelo, quien era escritor y poeta. Pero los escritores y poetas generalmente se mueren de hambre, y necesitan, para sobrevivir y mantener a sus familias, una carrera rentable. Así que don Jorge estudió administración en la Universidad de Panamá y después en el Tecnológico de Monterrey, en México. Eso de ser historiador es muy noble, pero no paga.
Hace muchos años fui a su oficina en el Banco Nacional para que me diera una carta de recomendación. No sólo salí de allí con una bella carta, sino con una valiosa colección de monedas panameñas reservada para visitantes importantes, y con uno de sus libros dedicado a: "...Luis Eduardo, para que no se olvide de los que quiere tanto...".
Cuando mi volumen sobre la dictadura comenzó a venderse en Estados Unidos, una de las primeras cartas de personalidades que recibí fue de Jorge Conte Porras. Me felicitaba y me solicitaba no olvidar mis raíces. La siguiente vez que estuve en Panamá lo llamé y me invitó a almorzar en Las Tinajas.
Le encantaba la comida autóctona, y sobre todo la coclesana. De allí en adelante, cada vez que yo visitaba el país del canal, nos reuníamos en Las Tinajas. Nunca me dejó pagar la cuenta.
Todo mundo lo conocía: presidentes, ministros, embajadores, artistas, conductores de taxi, meseros, estudiantes, y a todos trataba con cortesía y caballerosidad. Uno de sus mejores amigos era el desaparecido líder político Gonzalo Menéndez Franco, con quien tuve el placer de conversar en un almuerzo y quien luego visitaría mi casa. Una vez, después de una cena en el Club Unión, don Jorge, su esposa, un matrimonio de conocidos médicos panameños, y yo, nos quedamos hasta tarde hablando de viajes a otros países. Sabía mucho de geografía y disfrutaba oír de mis aventuras en tierras lejanas, como cuando me metieron preso en Egipto. En otra ocasión me puso a que le consiguiera unos documentos rarísimos sobre el período del canal francés y el ferrocarril en la Universidad de California, tarea que me tomó bastante tiempo. Cuando se los llevé a Panamá se alegró mucho y organizó una pequeña ceremonia en la cual yo se los donaba a la Biblioteca de la Autoridad del Canal Interoceánico, en Balboa. El reportaje, con fotografía y todo, saldría al día siguiente en El Universal.
Yo siempre lo llamaba "don Jorge", y él, sonriendo, me decía: "¡Deja eso de don Jorge, llámame Jorge!" Pero nunca me atreví a usar su nombre a secas. Uno de sus últimos libros fue "Taboga: La Isla de las Flores".
Durante nuestro último encuentro me regaló un ejemplar. En la primera hoja hay unas líneas de su puño y letra. Comienzan: "Para Luis, mi ahijado y mi sobrino..." Lo recordaremos siempre, don Jorge.

101 años de Panamá América

 
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