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Se repite la historia con Pinochet


Santiago de Chile (AIPE)- No es extraño lo sucedido a Augusto Pinochet. Está sufriendo el trato que casi siempre los chilenos dispensamos a quienes más debemos. Por algo O"Higgins terminó sus días en suelo extranjero. Hoy es, por unanimidad, el Libertador de la Patria. A Portales se lo tachaba de dictador y murió asesinado. Sólo a fines del siglo pasado los hermanos Amunátegui comenzaban, recién, a perdonarlo, sin poder dejar de reconocer que había fundado las bases de la estabilidad republicana. Dentro de cien años, cuando historiadores objetivos examinen nuestras recientes décadas, Pinochet será, lejos, pero muy lejos, la primera figura del Chile del siglo XX: el que revirtió un desastre socialista e institucionalizó la modernidad socioeconómica, el que consagró una democracia protegida de la politización y, por consiguiente, estable, y, en último término, pero no menos importante, el que evitó el zarpazo totalitario y nos defendió airosamente contra dos graves amenazas externas.
Hace algún tiempo, cuando explicaba estas cosas a un ciudadano ruso y, en aras de la objetividad, le exponía en tono de contrición que ello se había logrado al costo de más de dos mil vidas, él, que sabía de comunismo y de muertes, me reprochó, furioso: "¿Y qué quería usted? ¿No sabe cuántas muertes y sufrimientos habría soportado Chile si hubiera triunfado el comunismo?"
Esto lo entienden bien quienes lo han sufrido. No así los europeos occidentales, que liberan a asesinos de militares y -al mismo tiempo- nos piden castigar a estos últimos por habernos protegido de los primeros.
Hay algo miserable en este sino chileno de malagradecer a quienes más debemos. Pero esa miseria es particularmente notable en el caso de algunos. En el de los sucesores de esos jueces a los cuales la UP trataba en sus diarios, a grandes titulares, como "¡Viejos de M...!" y a los cuales se refería un intendente socialista de la capital diciendo "¡Habría que masacrarlos a todos"! Un ministro de la Corte Suprema pedía a fines de 1973, por eso, "dejar a los militares hacer su tarea". Y no se supo que alguno de quienes hoy han asesinado moralmente a Pinochet con su veredicto discrepara de la frase. Al contrario, algunos aplaudían rabiosamente al gobierno militar.
Don Patricio Aylwin, quien, también, cuando ocurrían las 19 muertes materia del desafuero se negaba,
entrevistado por un diario extranjero, a condenar "desde detrás de un escritorio" la acción de los
militares, pues éstos, decía, "están recibiendo el fuego adversario" (y estaba en lo cierto: 86
murieron bajo balas extremistas entre el 11 de septiembre y el 31 de diciembre de 1973), días atrás
conminaba a los jueces a aprobar el desafuero. Y hace diez años les recomendaba desconocer los efectos
propios de la amnistía, mientras indultaba terroristas de extrema izquierda. Miserias de la chilenidad.
Tal vez demoraremos otros cien años en reconocerlas. Pero, tarde o temprano, la historia ubicará -a sus
protagonistas y a su víctima- en el lugar que respectivamente y en justicia les corresponde. (c)
www.aipenet.com
Analista político chileno.

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