Segunda vuelta
Nuestra democracia electoral ha arrojado tan magros resultados que casi resentimos cada millón que se gasta en elecciones, aunque reconocemos que no tenemos más remedio que hacerlo, porque no hay mejor sistema, por imperfecto que nos parezca.
A fuerza de ser objetivos, nos vemos precisados a advertir sobre la tendencia que se está haciendo frecuente en distintas partes del mundo, de elecciones estrechas que arrojan incertidumbre e inestabilidad política, social y económica.
La primera de una cadena reciente, fue la que dio el triunfo al presidente Bush sobre Al Gore, en su primer mandato. Aquello tuvo visos de fraude, al punto que no se contaron unos votos, y la Corte Suprema tuvo que dirimir el virtual empate.
Otro caso dramático, en el que se alegó fraude, ocurrió en Taiwan, donde el presidente Chen shu Bian emergió también triunfador de un casi empate, pero no se atrevieron a revisar las urnas y cerraron el proceso, temiendo dar a China Continental argumentos contra la que alega es una de sus provincias en rebeldía.
De Oriente saltamos al corazón de Europa, donde Alemania se paralizó casi por un mes, aguardando por la definición de un empate que, finalmente, se concedió por negociación entre los principales partidos, a la actual canciller Merkel.
Ni Costa Rica, la democracia más añeja del continente, se libró de la epidemia, cuando su actual presidente Oscar Arias, vio cómo se difuminaba una amplia ventaja en las encuestas, y se volvía nada. Hubo que botar las computadoras y recontar los votos uno a uno, en angustioso proceso.
Y el último fue el triunfo del oficialista Felipe Calderón del PAN sobre Manuel López Obrador del opositor PRD. Votaron más de 40 millones de personas y hubo una diferencia de unos 200 mil votos entre ambos. Allí está el último en las calles, alegando fraude. Seguramente, no prosperarán sus reclamos, por más ciertos que sean. Y, en cualquier caso, quedará la inestabilidad y se afectará la gobernabilidad.
Los especialistas se plantean si es el momento de considerar una segunda vuelta. El problema es que, en sociedades polarizadas, eso no garantiza que el resultado estrecho no se repita. De allí que nos inclinemos por contar mejor los votos. Para evitar discusiones y atendiendo a nuestra realidad, los panameños hemos optado por quemar los votos, para no tener que recontarlos.
A fuerza de ser objetivos, nos vemos precisados a advertir sobre la tendencia que se está haciendo frecuente en distintas partes del mundo, de elecciones estrechas que arrojan incertidumbre e inestabilidad política, social y económica.
La primera de una cadena reciente, fue la que dio el triunfo al presidente Bush sobre Al Gore, en su primer mandato. Aquello tuvo visos de fraude, al punto que no se contaron unos votos, y la Corte Suprema tuvo que dirimir el virtual empate.
Otro caso dramático, en el que se alegó fraude, ocurrió en Taiwan, donde el presidente Chen shu Bian emergió también triunfador de un casi empate, pero no se atrevieron a revisar las urnas y cerraron el proceso, temiendo dar a China Continental argumentos contra la que alega es una de sus provincias en rebeldía.
De Oriente saltamos al corazón de Europa, donde Alemania se paralizó casi por un mes, aguardando por la definición de un empate que, finalmente, se concedió por negociación entre los principales partidos, a la actual canciller Merkel.
Ni Costa Rica, la democracia más añeja del continente, se libró de la epidemia, cuando su actual presidente Oscar Arias, vio cómo se difuminaba una amplia ventaja en las encuestas, y se volvía nada. Hubo que botar las computadoras y recontar los votos uno a uno, en angustioso proceso.
Y el último fue el triunfo del oficialista Felipe Calderón del PAN sobre Manuel López Obrador del opositor PRD. Votaron más de 40 millones de personas y hubo una diferencia de unos 200 mil votos entre ambos. Allí está el último en las calles, alegando fraude. Seguramente, no prosperarán sus reclamos, por más ciertos que sean. Y, en cualquier caso, quedará la inestabilidad y se afectará la gobernabilidad.
Los especialistas se plantean si es el momento de considerar una segunda vuelta. El problema es que, en sociedades polarizadas, eso no garantiza que el resultado estrecho no se repita. De allí que nos inclinemos por contar mejor los votos. Para evitar discusiones y atendiendo a nuestra realidad, los panameños hemos optado por quemar los votos, para no tener que recontarlos.