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Semana Mayor


Durante la Semana Santa o Semana Mayor contemplamos con profunda reverencia los acontecimientos que rodearon la última semana de la vida mortal de nuestro Señor Jesucristo. A través de la liturgia, meditamos el Antiguo y el Nuevo Testamento, donde establecemos un paralelo entre las palabras de San Pablo y de los evangelistas referentes a la Pasión, y las profecías que se cumplen en Jesús de Jeremías, Isaías, David, Jonás y Daniel.

Iniciamos nuestra travesía el Domingo de Ramos, donde conmemoramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Posteriormente, revivimos litúrgicamente los hechos de la vida de Jesús en esa ultima semana cuando, el Lunes Santo, en el Templo se entrevista con los Gentiles. El Martes Santo sale al atardecer al monte de los Olivos, y entonces predijo a los apóstoles su Pasión ya próxima; pero no volvió a Jerusalén hasta el Jueves Santo por la tarde, para celebrar la última cena. Finalmente, fue crucificado el Viernes Santo fuera de la ciudad, en el cerro llamado Gólgota y el mismo día fue sepultado, resucitando glorioso al amanecer del Domingo.

¿Cómo vivir estos hechos hoy día, dos mil años después? El apóstol San Pablo nos da una maravillosa guía para vivir este magno acontecimiento. Cuando nos dice: “Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: "Jesucristo es el Señor". (Filipenses 2, 4-11).

101 años de Panamá América

 
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