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Semana Santa para todos


Hace mucho tiempo que he estado meditando sobre el fenómeno religioso porque he tenido la convicción que la religión, como fenómeno social, posee una gran importancia. Ha sido para algunos, por decirlo de alguna manera, una forma de alcanzar conciencia de los fenómenos humanos. Esta semana santa, semana mayor según dicen, me ha servido para releer ciertos textos casi olvidados y que constituyeron parte fundamental en mi formación académica. Tuve la suerte de recibir un curso denominado Iglesia y Política dictado por un sacerdote colombiano y, a partir de ese momento, acceder a una extensa bibliografía sobre el tema.
Confieso que por mi formación ideológica, la religión constituía "el opio de los pueblos", es decir, otra forma de conciencia invertida de lo real, al decir de L. Feuerbach y del C. Marx de los Anales Franco Alemanes. No obstante, aquella racionalidad se estrelló, tempranamente, con tres situaciones que hoy me parecen tan lejanas pero tan significativas. La primera fue la vivencia en una familia en que había gente religiosa y buena y, muchas veces, conscientes de las realidades humanas. Lo segundo fue la lectura de algunos textos, entre ellos uno cuyo nombre he olvidado pero no a su autor: Angelo Marchesse. Si no recuerdo mal, para él la religión podía ser una forma de alienación del hombre pero también podía ser una manera de vivir plena e interiormente los problemas humanos. Conclusión: la religión no siempre es el opio de los pueblos. Y tercero, el fenómeno de los movimientos políticos de los católicos progresistas desde los curas obreros argentinos, Camilo Torres y el grupo Golconda en Colombia, la Izquierda Cristiana en Chile y las sabias palabras de Ernesto Guevara, quien señaló que cuando los cristianos tomaran conciencia, la revolución latinoamericana sería irreversible.
Transición dolorosa y complicada, de lucha interna y de desgarradora conciencia, de lecturas apresuradas y de variadas opciones. Al final del recorrido y por la lectura de autores como D. Strauss, K. Kaustky, M. Harris, M. Weber, A. Gramsci y otros, pude hacerme una perspectiva más clara del fenómeno religioso que me gustaría compartir en esta fecha.
Creo que todos podemos compartir la idea, religiosos y no religiosos, que la religión, cualesquiera de ella, es un fenómeno social y expresa formas de conciencia social. Desde ese punto de vista o mirador, poco valor tiene repetir frases o pensamientos contenidos en los libros religiosos si esos pensamientos no son situados en un contexto histórico, es decir, espacio temporal. Podemos llegar a una primera conclusión. La Biblia, con toda su riqueza, no es más que la historia del pueblo judío, asentado en los territorios de la Palestina. Tanto el antiguo como el nuevo testamento han sido re-escritos en varios períodos de la Historia, por lo que se hace difícil deducir, sobre todo del nuevo testamento, la verdad histórica de la leyenda oral. Tres fuentes se han utilizado para determinar un juicio histórico verdadero acerca de la vida de Jesús. El texto del historiador contemporáneo de éste, Flavio Josefo, los 4 evangelistas (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) y los llamados rollos del Mar Muerto. No voy a reproducir el debate sobre dichas fuentes y sólo diré que el más antiguo de los Evangelios se escribió cerca de 50 años después de la muerte de Jesús y en ninguno se resalta la cruenta guerra de liberación del pueblo judío de la opresión romana que culmina con la derrota, en el año 86 de nuestra era. Las palabras de los Evangelios solo pueden explicarse por sus silencios.
Una segunda conclusión provisional es que el cristianismo se afianza y se sostiene en una comunidad. Más que una comunidad ritual, se trata de una comunidad de vida. La nueva escatología o ética de salvación es común, solidaria para todos. Precisamente allí radica la diferencia entre la visión de la vieja cristiandad (conservadora), la nueva cristiandad (demócrata cristiana) y la teología de la liberación (cristianos por el socialismo), los tres períodos en que podemos dividir la historia de la Iglesia. La actual iglesia ha optado por favorecer una corriente ideológica conservadora y nada ecuménica, de, confrontación con otros credos religiosos y fundamentalista ella misma. La encabeza el Cardenal Razinguer y los nuevos miembros del Colegio Cardenalicio provenientes de las filas del Opus Dei. No son privilegiados los franciscanos (los pobres de la Iglesia), los jesuitas (los intelectuales de la Iglesia) u otra orden progresista. Es el Opus Dei.
Me reconfortó leer el diálogo de Umberto Eco y el Cardenal de Milán Carlo María Martini (En qué creen los que no creen) que debieran leer todos los curas y biblieros del país. Lucharían por un mundo mejor. También sentí placer al volver a leer el libro del Padre Néstor Jaén Los lentes verdes y el diagrama de la Iglesia panameña.

101 años de Panamá América

 
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