Sentido de la oportunidad
En 1986, unos días inmediatamente después que culminó el exitoso carnaval capitalino que organizó el equipo encabezado por Ricardo Gago, el empresario Roberto Pascual tuvo a bien distinguirme con una invitación a participar en la Junta del Carnaval Tropical, que sería la responsable de estas tradicionales fiestas en el año 1987 para la ciudad capital. Aún cuando soy casi enemiga de los carnavales, acepté la designación porque, entre otras cosas, veía una oportunidad de aprender sobre la idiosincrasia de mi país. Dicen que el panameño lo único que toma en serio son los carnavales, así que quería entender por qué.
Además de contar con una junta de lujo, Roberto impulsó una dinámica empresarial al evento. Religiosamente nos reuníamos todas las semanas y como a mí me tocaba hacer las actas (todavía no estaba sistematizada así que las hacía primero a mano y después a máquina) puedo dar fe que organizar un carnaval es casi como hacer un gobierno. Los últimos dos meses nos reuníamos dos y hasta tres veces a la semana y tuve la oportunidad de conocer a los integrantes de las comparsas que tradicionalmente desfilan por la vía España, izamos banderas en Patio Rochet, entre otros lugares, visitamos muchos sitios donde vive gente de muy pocos recursos, y comprender lo que significan los carnavales para los panameños. Entre los distinguidos profesionales que formaron parte de esa junta puedo mencionar a Horacio Alfaro y Roberto Lau, ya fallecidos, Roberto Pereira, Ricardo Durán, Vivian de Torrijos, Jesús Sierra, Maruquel Díaz y otros que, aunque no los nombre aquí, tienen un gran espacio en mis afectos.
Lo anterior tiene relación con el reciente anuncio de la Gerente del IPAT de que no habría carnavales en la capital, porque (el Gobierno) no había recibido el respaldo de la empresa privada; la desmentida vergonzosa que le dio a la mencionada funcionaria tanto el vicepresidente de la República como el Ministro de Comercio, y la aseveración de este último, categórica, de que "posiblemente Pitti (la gerente del IPAT) no estaba enterada de que se estaba trabajando y que incluso, se cuenta con una junta de carnaval que se dará a conocer en conjunto con el decreto que sólo está pendiente de firma" (Wilfredo Jordán, La Prensa, 13 de Enero de 2001). Pero un carnaval no se organiza en un mes, y mucho menos, un gerente del Instituto de Turismo debería desconocer que el Ministro que es el Presidente de su junta directiva, está trabajando paralelamente en temas que le corresponden directamente.
El año pasado el virus hanta impidió a los santeños celebrar, como tradicionalmente lo hacen, sus esperadas fiestas. Como muchos de ellos podrán aseverar, la organización de estos eventos es algo que les toma casi un año y con trabajo arduo, tenaz y disciplinado. Si para hacer un decreto oficializando los carnavales de la capital se toman las autoridades más de dos meses, y lo promulgan a menos de un mes de celebrarse las festividades, ¿qué podemos esperar de los temas llamados de estado? Y me extraña esta improvisación en algo tan sensitivo como los carnavales, porque este gobierno ha demostrado un sentido de la oportunidad impresionante, a los extremos de no tener recato en arrogarse los méritos que no le corresponden.
Las obras del gobierno anterior, que fueron ampliamente criticadas por los arnulfistas, llevan sendas placas donde dejan para la historia que fueron inauguradas por ellos. El contrato de la Hutchinson, que tantos cuestionamientos recibió (¿se acuerdan de Tío Sam y Tío Chang?), se les olvidó al momento de cortar esa cintita y tomarse la foto correspondiente. La donación de todos nosotros a la Teletón fue aprovechada para hacerse presente y abrazar a Yordano, dejando la impresión que salió del bolsillo de los que sostenían el cheque. La cosa no para: los cruceros ocupan el día entero del gabinete, la presencia en las fosas comunes, desautorizando al Ministerio Público para que los periodistas tuvieran acceso a las investigaciones que sobre el tema se realizan, no concuerda con la negativa a los medios para que tomaran fotos de la casa de Punta Mala. Las poses histriónicas han superado mi capacidad de asombro, y honestamente acepto que el actual gobierno maneja la oportunidad como los zopilotes, volando sobre la presa, para una vez identificada, caerle encima, llegando en el momento preciso de los flashes, y dejando a todos con la impresión que se hizo algo. Y el resto del tiempo, flotando en el aire.
Pero con esto del carnaval capitalino me viene a la mente un dicho que tiene la gente de las provincias centrales, de que no se tiene ni fundamento para organizar unos carnavales. ¿Cómo podemos esperar entonces de que organicen un gobierno? Yo temía, sinceramente, de que con el gran sentido de la oportunidad que han demostrado, lo menos que veríamos en estos carnavales serían carros alegóricos de las instituciones del estado y los ministerios, pero me temo que ese momento, tan esperado por muchos, no se va dar, porque un carnaval, como un gobierno, no se improvisa.
(Este artículo se escribió un día antes de que se firmara el decreto oficializando los carnavales en la Capital, por lo que no pierdan las esperanzas y sobrevuelen el desfile, como zopilotes). msagel@pananet.com
Además de contar con una junta de lujo, Roberto impulsó una dinámica empresarial al evento. Religiosamente nos reuníamos todas las semanas y como a mí me tocaba hacer las actas (todavía no estaba sistematizada así que las hacía primero a mano y después a máquina) puedo dar fe que organizar un carnaval es casi como hacer un gobierno. Los últimos dos meses nos reuníamos dos y hasta tres veces a la semana y tuve la oportunidad de conocer a los integrantes de las comparsas que tradicionalmente desfilan por la vía España, izamos banderas en Patio Rochet, entre otros lugares, visitamos muchos sitios donde vive gente de muy pocos recursos, y comprender lo que significan los carnavales para los panameños. Entre los distinguidos profesionales que formaron parte de esa junta puedo mencionar a Horacio Alfaro y Roberto Lau, ya fallecidos, Roberto Pereira, Ricardo Durán, Vivian de Torrijos, Jesús Sierra, Maruquel Díaz y otros que, aunque no los nombre aquí, tienen un gran espacio en mis afectos.
Lo anterior tiene relación con el reciente anuncio de la Gerente del IPAT de que no habría carnavales en la capital, porque (el Gobierno) no había recibido el respaldo de la empresa privada; la desmentida vergonzosa que le dio a la mencionada funcionaria tanto el vicepresidente de la República como el Ministro de Comercio, y la aseveración de este último, categórica, de que "posiblemente Pitti (la gerente del IPAT) no estaba enterada de que se estaba trabajando y que incluso, se cuenta con una junta de carnaval que se dará a conocer en conjunto con el decreto que sólo está pendiente de firma" (Wilfredo Jordán, La Prensa, 13 de Enero de 2001). Pero un carnaval no se organiza en un mes, y mucho menos, un gerente del Instituto de Turismo debería desconocer que el Ministro que es el Presidente de su junta directiva, está trabajando paralelamente en temas que le corresponden directamente.
El año pasado el virus hanta impidió a los santeños celebrar, como tradicionalmente lo hacen, sus esperadas fiestas. Como muchos de ellos podrán aseverar, la organización de estos eventos es algo que les toma casi un año y con trabajo arduo, tenaz y disciplinado. Si para hacer un decreto oficializando los carnavales de la capital se toman las autoridades más de dos meses, y lo promulgan a menos de un mes de celebrarse las festividades, ¿qué podemos esperar de los temas llamados de estado? Y me extraña esta improvisación en algo tan sensitivo como los carnavales, porque este gobierno ha demostrado un sentido de la oportunidad impresionante, a los extremos de no tener recato en arrogarse los méritos que no le corresponden.
Las obras del gobierno anterior, que fueron ampliamente criticadas por los arnulfistas, llevan sendas placas donde dejan para la historia que fueron inauguradas por ellos. El contrato de la Hutchinson, que tantos cuestionamientos recibió (¿se acuerdan de Tío Sam y Tío Chang?), se les olvidó al momento de cortar esa cintita y tomarse la foto correspondiente. La donación de todos nosotros a la Teletón fue aprovechada para hacerse presente y abrazar a Yordano, dejando la impresión que salió del bolsillo de los que sostenían el cheque. La cosa no para: los cruceros ocupan el día entero del gabinete, la presencia en las fosas comunes, desautorizando al Ministerio Público para que los periodistas tuvieran acceso a las investigaciones que sobre el tema se realizan, no concuerda con la negativa a los medios para que tomaran fotos de la casa de Punta Mala. Las poses histriónicas han superado mi capacidad de asombro, y honestamente acepto que el actual gobierno maneja la oportunidad como los zopilotes, volando sobre la presa, para una vez identificada, caerle encima, llegando en el momento preciso de los flashes, y dejando a todos con la impresión que se hizo algo. Y el resto del tiempo, flotando en el aire.
Pero con esto del carnaval capitalino me viene a la mente un dicho que tiene la gente de las provincias centrales, de que no se tiene ni fundamento para organizar unos carnavales. ¿Cómo podemos esperar entonces de que organicen un gobierno? Yo temía, sinceramente, de que con el gran sentido de la oportunidad que han demostrado, lo menos que veríamos en estos carnavales serían carros alegóricos de las instituciones del estado y los ministerios, pero me temo que ese momento, tan esperado por muchos, no se va dar, porque un carnaval, como un gobierno, no se improvisa.
(Este artículo se escribió un día antes de que se firmara el decreto oficializando los carnavales en la Capital, por lo que no pierdan las esperanzas y sobrevuelen el desfile, como zopilotes). msagel@pananet.com