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Sentimiento compartido




Arquitecto

No creo que nadie - en su sano juicio - pueda alegrarse por la tragedia que embarga a los Estados Unidos de América. La violencia - venga del bando que sea - representa una actitud ajena a los cánones de comportamiento que demanda la sociedad hoy día.
Los aterradores acontecimientos que se dieron en las ciudades de Nueva York y Washington durante la mañana del pasado 11 de septiembre sólo servirán para establecer las bases donde reevaluar el conjunto de compromisos que deberán respetar, por igual, todos los habitantes de la Tierra.
Esta catástrofe de proporciones bíblicas vuelve a demostrar la futilidad de las acciones bélicas - declaradas o encubiertas - como medio apropiado para resolver las diferencias que existen entre los pueblos del mundo. Por tal motivo no veo otra salida a esta absurda escalada de barbarie que una genuina reconciliación global, asunto de vital importancia para la coexistencia pacífica y donde el propósito fundamental no sea otro que reducir al mínimo posible las diferencias socioeconómicas y culturales entre todos los miembros de la comunidad internacional.
El cimiento principal donde sustentar una civilización orientada hacia la paz no deberá ser otro que el respeto que se merecen las naciones entre sí. Los estados ricos y poderosos tendrán la obligación de velar para que los débiles y pobres superen las deplorables situaciones que los aquejan. Experiencias recientes nos demuestran que fomentar la indigencia, ya sea por explotación injusta o favoritismos excluyentes, sólo abonan ese territorio fértil donde se producen acciones como las que hoy acongojan a la humanidad.
Nadie puede deleitarse por el horror que vivió hace unos días el pueblo norteamericano. La violencia - demostrado está - sólo genera más violencia. No existe represalia, desquite o venganza que repare el daño ya causado. Por eso espero que las autoridades de los Estados Unidos de América mediten a conciencia el camino a seguir, teniendo en cuenta todos los factores que pudieron haber dado origen a tan espeluznante hecho, y buscar una solución definitiva para evitar que se produzcan más estos sucesos irracionales que con frecuencia remecen los pilares mismos de la sociedad moderna.
Las implicaciones de este atroz acontecimiento - pienso yo - es otra prueba fehaciente de la poca utilidad que tienen los ejércitos, sus armas y sus mezquinas guerras como instrumentos para sustentar credos e ideas que resultan chocantes con los preceptos de convivencia que debieran regir en pleno siglo XXI.
Definitivamente nadie puede defender la ejecución apocalíptica que sembró dolor y muerte en el corazón mismo de los Estados Unidos de América. Nada justifica tan horrendo magnicidio. Por tal motivo me uno al luto que tan espantosa situación demanda, a la vez que hago votos para que la brutalidad estéril desaparezca también del Medio Oriente, Europa y todas las otras regiones afectadas por la obcecación humana.
Ojalá y los gobernantes del planeta, al igual que los forjadores de políticas que rigen el entorno global, hayan comprendido las graves consecuencias que se generarán si no adoptamos pronto fórmulas conciliatorias para evitar más distorsiones perniciosas en contra de esa cultura de paz que exige el mundo en los años por venir. (rbermudez@cableonda.net)


101 años de Panamá América

 
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