Ser oposición
EN PRINCIPIO, el no ganar un torneo electoral debe convertir al partido(os) perdedor(es) en oposición política al gobierno electo. Esa es la regla, que comparto plenamente. La excepción, es simplemente oportunismo, salvo situaciones contadas en nuestra vida política.
En los últimos tiempos, la distinción de la actuación opositora es sinónimo de ataque constante, de oponerse por oponerse, de impedir, expresa o tácitamente, la labor del gobierno. El gobierno, por su parte, ignora a las fuerzas opositoras y se transforma en una agrupación que se cree dueña absoluta de las verdades y factor decisorio de la vida nacional. Unos porque ostentan mayorías que confunden luego con cheques en blanco para gobernar, otros porque simplemente sienten que el concertar acuerdos nacionales, reales y no oportunistas, significa ceder, renunciar, a lo que significa gobernar. Total, dirán, para eso ganamos y que se la aguanten por cinco años. La Ley Fiscal y la derrotada Ley 17 son buenos ejemplos de lo que digo.
La sociedad civil, por su parte, procura jugar cada vez más su papel de ciudadanía. Reclama espacio, lo cual es sano en democracia, opina, critica y, en más de las veces, procura ser un impoluto componedor de cuanto problema surge en el diario transcurrir de las agendas. Procuran llenar, con alguna razón, el vacío que, según ellos, no saben llenar los partidos políticos, desconociendo a propósito y desde una cómoda y holgada posición, que son éstos, guste o no, los únicos vehículos llamados a gobernar en democracia. Ser gobierno en la sombra, procuran algunos, pero desde posiciones tan efímeras como cómodas.
La vida dentro de un partido político es una experiencia aleccionadora. Novedosa, ha resultado en lo personal. Es aún difícil lograr hacer entender, en muchos, la importancia que tienen estos grupos respecto al futuro democrático de los pueblos. El procurar prepararse para gobernar bien a través de ofertas políticas coherentes, conocer al país y sus realidades, es a veces materia tomada con desgano. Para muchos, la política es sólo el caminar, el asistir a fiestas patronales de los pueblos, gastar el día en reuniones improductivas, especular y predecir futuros triunfalistas, acompañando las tertulias con un buen café o con una oportuna cerveza. Pero de allí a pensar en serio en el país... eso puede ser, si acaso, cuestión para luego de ganar la contienda electoral. El resultado de estas prácticas es ya historia conocida y sufrida. Veamos nuestro entorno nada más como referencia. La improvisación se apodera de la agenda y la coherencia en el gobierno se hace notar por su ausencia.
Como presidente de un partido político, me he empeñado en buscar cambiar el estilo, procurar que la inmediatez ceda espacio a la planificación oportuna de estrategias que redunden no sólo en beneficio del colectivo sino en el futuro nacional. Hacer de un partido una institución real y efectiva. Cuesta, y mucho, avanzar, pero me siento confiado de que vamos en la dirección correcta, aunque sea agotadora la faena e incomprendida en grandes ocasiones así como atacada desde varios frentes, por egoísmos y pequeñeces que ni suman, ni resuelven. Pero la responsabilidad es grande, sobretodo en tiempos en donde el desprestigio de la denominada clase política campea por doquier, a veces con gran razón; en otras, por añadidura. Seguro estoy que la ruta es larga y empinada si deseamos hacer las cosas bien y al margen de las imprudentes e irresponsables posturas que a diario observamos, so pretexto de mantener vigencia o de aumentar puntos en las encuestas por ser el que más oposición hace.
Sobra decir que el ser oposición no es tarea fácil. Lo cómodo, si se quiere, es ser gobierno. Pero qué se debe entender por ser oposición? Soy un fiel creyente que la forma y la responsabilidad de actuar sí tiene importancia. Decir locuras o lanzar propuestas improvisadas e irresponsables so pretexto de arrancar aplausos o hacerse el duro, es tarea fácil. Es más, cualquiera lo hace, siempre que adornen su personalidad ciertas características. El andar profiriendo epítetos antigubernamentales, por el sólo hecho de llamarse oposición, es cuestión de estilos, pero no el mío. Esto no significa que uno es mudo o que en el fragor del debate o la polémica política, no se suba el tono o se procure sustentar con vehemencia una determinada propuesta. Pero también debe existir la madurez y la responsabilidad para saber y entender cuándo está de por medio el país y sus intereses y cuándo hay que actuar en función de los mismos para lograr acuerdos que estabilicen y afiancen el sistema democrático.
La oposición significa ser el balance en una democracia. Cuestionar, indagar, emitir juicios sobre los actos o propuestas de gobierno, es la tarea normal y se necesita con vigorosidad y respeto. Pero de allí a destruir irreflexivamente, o, peor aún, como pasó durante la pasada campaña, acusar al gobierno de todo desde la oposición para olvidarse de lo dicho apenas se llegó al gobierno, denota oportunismo por decir lo menos, o pactos reales a trastienda para proteger actos de corrupción en el que perfectamente puede haber afinidades y complicidades recíprocas. No se trata de aparentar, sino de ser, cosa que cuesta distinguir aún.
El escenario a partir del próximo año seguirá evolucionando. Los efectos de la ley fiscal pasarán su factura, y de qué manera. El tema de la CSS sigue con la mayor de las interrogantes respecto de su final acuerdo, mientras que el descontento y la amenaza social crece, distraída a ratos por situaciones que parecen ahondar las diferencias, mientras la economía y su bonanza es una realidad para algunos y una estadística para la gran mayoría.
En distintas ocasiones he mencionado que el país del 2005 será distinto del 2009 y que conocerlo bien en toda su evolución a través de estos años es nuestra gran tarea si aspiramos a gobernarlo. Ese es un gran reto que como Presidente de Solidaridad me anima e inspira y al que invito que se sumen todos los que aspiramos a vivir en un país con un proyecto nacional viable, realista y coherente. Nada más, pero tampoco nada menos.
En los últimos tiempos, la distinción de la actuación opositora es sinónimo de ataque constante, de oponerse por oponerse, de impedir, expresa o tácitamente, la labor del gobierno. El gobierno, por su parte, ignora a las fuerzas opositoras y se transforma en una agrupación que se cree dueña absoluta de las verdades y factor decisorio de la vida nacional. Unos porque ostentan mayorías que confunden luego con cheques en blanco para gobernar, otros porque simplemente sienten que el concertar acuerdos nacionales, reales y no oportunistas, significa ceder, renunciar, a lo que significa gobernar. Total, dirán, para eso ganamos y que se la aguanten por cinco años. La Ley Fiscal y la derrotada Ley 17 son buenos ejemplos de lo que digo.
La sociedad civil, por su parte, procura jugar cada vez más su papel de ciudadanía. Reclama espacio, lo cual es sano en democracia, opina, critica y, en más de las veces, procura ser un impoluto componedor de cuanto problema surge en el diario transcurrir de las agendas. Procuran llenar, con alguna razón, el vacío que, según ellos, no saben llenar los partidos políticos, desconociendo a propósito y desde una cómoda y holgada posición, que son éstos, guste o no, los únicos vehículos llamados a gobernar en democracia. Ser gobierno en la sombra, procuran algunos, pero desde posiciones tan efímeras como cómodas.
La vida dentro de un partido político es una experiencia aleccionadora. Novedosa, ha resultado en lo personal. Es aún difícil lograr hacer entender, en muchos, la importancia que tienen estos grupos respecto al futuro democrático de los pueblos. El procurar prepararse para gobernar bien a través de ofertas políticas coherentes, conocer al país y sus realidades, es a veces materia tomada con desgano. Para muchos, la política es sólo el caminar, el asistir a fiestas patronales de los pueblos, gastar el día en reuniones improductivas, especular y predecir futuros triunfalistas, acompañando las tertulias con un buen café o con una oportuna cerveza. Pero de allí a pensar en serio en el país... eso puede ser, si acaso, cuestión para luego de ganar la contienda electoral. El resultado de estas prácticas es ya historia conocida y sufrida. Veamos nuestro entorno nada más como referencia. La improvisación se apodera de la agenda y la coherencia en el gobierno se hace notar por su ausencia.
Como presidente de un partido político, me he empeñado en buscar cambiar el estilo, procurar que la inmediatez ceda espacio a la planificación oportuna de estrategias que redunden no sólo en beneficio del colectivo sino en el futuro nacional. Hacer de un partido una institución real y efectiva. Cuesta, y mucho, avanzar, pero me siento confiado de que vamos en la dirección correcta, aunque sea agotadora la faena e incomprendida en grandes ocasiones así como atacada desde varios frentes, por egoísmos y pequeñeces que ni suman, ni resuelven. Pero la responsabilidad es grande, sobretodo en tiempos en donde el desprestigio de la denominada clase política campea por doquier, a veces con gran razón; en otras, por añadidura. Seguro estoy que la ruta es larga y empinada si deseamos hacer las cosas bien y al margen de las imprudentes e irresponsables posturas que a diario observamos, so pretexto de mantener vigencia o de aumentar puntos en las encuestas por ser el que más oposición hace.
Sobra decir que el ser oposición no es tarea fácil. Lo cómodo, si se quiere, es ser gobierno. Pero qué se debe entender por ser oposición? Soy un fiel creyente que la forma y la responsabilidad de actuar sí tiene importancia. Decir locuras o lanzar propuestas improvisadas e irresponsables so pretexto de arrancar aplausos o hacerse el duro, es tarea fácil. Es más, cualquiera lo hace, siempre que adornen su personalidad ciertas características. El andar profiriendo epítetos antigubernamentales, por el sólo hecho de llamarse oposición, es cuestión de estilos, pero no el mío. Esto no significa que uno es mudo o que en el fragor del debate o la polémica política, no se suba el tono o se procure sustentar con vehemencia una determinada propuesta. Pero también debe existir la madurez y la responsabilidad para saber y entender cuándo está de por medio el país y sus intereses y cuándo hay que actuar en función de los mismos para lograr acuerdos que estabilicen y afiancen el sistema democrático.
La oposición significa ser el balance en una democracia. Cuestionar, indagar, emitir juicios sobre los actos o propuestas de gobierno, es la tarea normal y se necesita con vigorosidad y respeto. Pero de allí a destruir irreflexivamente, o, peor aún, como pasó durante la pasada campaña, acusar al gobierno de todo desde la oposición para olvidarse de lo dicho apenas se llegó al gobierno, denota oportunismo por decir lo menos, o pactos reales a trastienda para proteger actos de corrupción en el que perfectamente puede haber afinidades y complicidades recíprocas. No se trata de aparentar, sino de ser, cosa que cuesta distinguir aún.
El escenario a partir del próximo año seguirá evolucionando. Los efectos de la ley fiscal pasarán su factura, y de qué manera. El tema de la CSS sigue con la mayor de las interrogantes respecto de su final acuerdo, mientras que el descontento y la amenaza social crece, distraída a ratos por situaciones que parecen ahondar las diferencias, mientras la economía y su bonanza es una realidad para algunos y una estadística para la gran mayoría.
En distintas ocasiones he mencionado que el país del 2005 será distinto del 2009 y que conocerlo bien en toda su evolución a través de estos años es nuestra gran tarea si aspiramos a gobernarlo. Ese es un gran reto que como Presidente de Solidaridad me anima e inspira y al que invito que se sumen todos los que aspiramos a vivir en un país con un proyecto nacional viable, realista y coherente. Nada más, pero tampoco nada menos.