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Ser periodista en Panamá


Por más que parezca derrotista, faltaría impartir un curso en la Escuela de Periodismo, titulado: "Lo que no puede aprenderse en las aulas universitarias". Dicha asignatura examinaría la mecánica oficiosa, agobiante y penosa de cómo obtener una noticia, cómo presentarla y cómo relatarla sin comprometerse en ella.
Lo curioso es que, a pesar de las dificultades a sortear, como las normas restrictivas y la penalización de la calumnia e injuria, los periodistas prefieren caminar a través de un campo minado antes que hacer tareas oficinescas, en horarios irregulares, que muy a menudo superan las 10 horas.
Elaborar noticias en Panamá consiste, generalmente, en saber esperar hasta que alguien esté dispuesto a decirnos exactamente (o sea, con precisión) lo que deseamos averiguar. Y si existen limitaciones a la prensa, se multiplica la complejidad del oficio noticioso, en el cual los reporteros tienen con frecuencia dos respuestas a sus preguntas: un silencio obstinado o una verdad a medias.
Por qué no admitir que los gobiernos trabajan mejor cuando la mirada del público vigila sus acciones, pues se esfuerzan en cumplir sus promesas. Esa mirada debe ser la del periodista, vocero de lo correcto, lo justo y lo decente. Aunque tampoco es cuestión de salvar a la República, sino de ejercer el derecho universal de investigar, recibir información y opiniones, y el de difundirlas sin obstáculos, por cualquier medio de expresión.
Los buenos diarios, que entienden la naturaleza y responsabilidad del órgano de divulgación, no temen usar su poder ni actúan como funcionarios públicos, es decir, rehusan a arriesgarse a publicar algo que encrespe las aguas institucionales. Claro, con tal osadía peligrarán sus periodistas, quienes quizás se sumarán a la lista de colegas, que ya enfrentan algunos de los 70 procesos legales tramitados en su contra.
Se argumenta que el periodismo es una de las grandes profesiones intelectuales porque los comunicadores informan, recapitulan, reflexionan, y en su momento -como en las crónicas y en las caricaturas- son autores creativos de trabajos inolvidables. Pero nadie advirtió que en Panamá, la habitual producción mental de un periodista, es casi un atentado criminal al inflado honor de las figuras públicas, quienes ahora encuentran útiles las leyes antilibertad de expresión, rechazadas en el pasado.
Los demandantes eligen coartar a la prensa, mientras son indiferentes ante los escándalos de corrupción estatales y privados, los cuales les convendría denunciar, si igual les interesa conservar su prestigio ciudadano. Al final, todo en el negocio político es relativo. Aquel lado espinoso del periodismo, lejos de desanimar a los comunicadores, intensifica sus deseos de exponer lo que piensan o la verdad descubierta sin esperar que otros lo acepten. Se trata de ser honestos consigo mismos, aunque ello signifique, estar al borde de un carcelazo y de una demanda costosa.

101 años de Panamá América

 
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