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Ser viejo y no ser revolucionario


PINOCHET, el carnicero que asesinó, torturó e hizo desaparecer a decenas de miles, y quien, para justificar su piedad religiosa, confesara: "Rezo todos los días, encomendando a Dios las almas de los muertos", acaba de fallecer en cama. Lo único útil de su muerte (aparte de demostrar que un Dios justiciero no existe) es que me trae el recuerdo de Salvador Allende y de una de sus más hermosas frases: "Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica".
Y así es, porque la célula, en su génesis y evolución, atraviesa un proceso de cambio. Si la célula tuviese conciencia y lo impulsase deliberadamente, tendría carácter revolucionario. Por eso, ser joven y no ser revolucionario, constituye una contradicción, puesto que los jóvenes deben discurrir teóricamente y en su accionar hacia el cambio del mismo modo como los ríos fluyen hacia el mar, en cuyas aguas se transforman en corrientes más caudalosas.
Al cumplirse 59 años del rechazo del Tratado Filós-Hines, mediante el cual Estados Unidos (EE.UU.) propuso mantener la presencia de 130 sitios de defensa en Panamá por 999 años, evoco con admiración el sentido de compromiso, el coraje y la determinación de aquellos jóvenes que enarbolaron la bandera de la soberanía y se expusieron a las espadas y la metralla de la Policía Nacional. Tendría ocho años de edad cuando me escapé para participar en la manifestación y pude ver cómo la caballería, espadas desenfundadas, se lanzaba contra las estudiantes del Liceo de Señoritas y las atropellaba contra el Teatro Amador, en un trecho angosto de la Avenida Central. En medio del zaperoco, un grito: "¡Mataron a Sebastián Tapia!"
Aquéllas no fueron jornadas nacionalistas sino expresiones revolucionarias de la juventud. EE.UU. surgía victorioso de la contienda y podía hacer lo que quisiese en Panamá, donde arguía leguleyadas sobre interpretaciones del "Tratado" Hay-Bunau Varilla de 1903.
Oponerse al Tratado Filós-Hines se me antoja una acción revolucionaria para esa época. EE.UU. intervenía amparándose en el Tratado de 1903 y en el Art. 136 de la Constitución Nacional ("la Enmienda Platt" panameña). Pero en 1936, el Tratado Arias-Roosevelt había eliminado la intervención en Panamá y Colón, mientras que en 1946 una Asamblea Constituyente había cancelado el Artículo 136, por lo que EE.UU. carecía en 1947 de asidero legal para sofocar el movimiento. ¡Cómo contrasta la juventud de entonces con la de hoy!
El referéndum fue ganado por la abstención de la juventud que ¡ojalá! se lo hubiese propuesto como objetivo político. Los jóvenes fueron engañados por la propaganda embrutecedora y depredadora que se disparó contra la población. Los que votaron afirmativamente despreciaron, no conocieron, no entendieron, o no les importaron los argumentos sólidos en contra de la ampliación del Canal. Quienes se quedaron en casa (la mayoría) viendo el fútbol o libando cerveza, dieron nula importancia a la consulta "democrática".
En tal sentido, nos hacemos eco de los señalamientos de Eduardo Soto ("Mirada pesimista a la abstención", Panamá-América, 24 de octubre de 2006) cuando expresa: "No debe sorprender a nadie que los chicos se hayan desconectado del referéndum y, mucho más, del tema canalero... Es algo que se veía venir desde principios de los años ochenta, cuando el régimen de turno entró en crisis y cimentó el programa de desarraigo y "desnacionalismo" que serviría para desarticular cualquier movimiento de juventudes subversivas y, lo que es peor, pensantes. Crearon ese tipo zombi que te permite gobernar. Desde entonces hemos sido testigos de cómo la juventud pierde identificación con su país".
"Fuimos nosotros quienes les llenamos la cabeza de mensajes embrutecedores a través de los medios de comunicación, quienes hemos permitido que la escuela y los maestros mediocres los envenenen, y los dejamos en manos de productos culturales sin esencia", advierte Soto.
Pero la pérdida transitoria de nuestros jóvenes se compensa con la insurrección de los "viejitos", jubilados independientes que llevan semanas bloqueando las avenidas principales para exigir el aumento de ¡un dólar! al día en sus pensiones. Los lidera Eladio Fernández, un joven de 80 años.
Por razones de supervivencia y para salvar a la juventud, los viejos no tenemos derecho a morir, sino el deber de ser revolucionarios. Por eso, ser viejo y no ser revolucionario es una contradicción. Pinochet, en cambio, no fue una contradicción, sino una aberración biológica.
(A Hugo Cores, un joven revolucionario que acaba de morir a los 69 años, Secretario General del Partido por la Victoria del Pueblo, Uruguay)
julioyao@gmail.com

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