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Si de carilimpios se trata...


"Cuando callas ante los fuertes y poderosos conozco tu temor y cobardía. Cuando callas ante la injusticia conozco tu miedo y tu complicidad". George Eliot, novelista inglés (1819-1880). Para mí no fue ninguna sorpresa ¡en absoluto! Cuando el pasado martes, la mandataria del 40% de los pobres de Panamá reveló que estaba interesada en la Casita de Punta Mala, me confirmó lo que había sospechado desde el inicio cuando este arcano asunto fue destapado por los medios escritos hace tres años; es decir, que tanto las declaraciones de venta de dicho bien estatal hechas por su verboso súbdito, el ex viceministro de Finanzas, Eduardo Antonio Quirós, hace más de 13 meses, así como las respuestas de Moscoso -siempre ácidas, cortantes y cargadas de incontrolable malhumor- cada vez que se le interrogaba sobre la venta de la casita, no eran más que mentiras, mentiritas frescas, y ¡al mejor estilo arnulfista! Y bueno, ¿qué otra cosa se puede esperar sino falsedades de quienes promueven el oscurantismo, el nepotismo, el desgobierno y administran nuestro país y bienes públicos de forma mediocre y corrupta?
En tres años y ocho meses de gobierno (70% del tiempo transcurrido del quinquenio de Unión por Panamá), los hechos nos han confirmado que Moscoso ha utilizado su astucia para, entre otras cosas, mentir, mentir y mentir con tremendas ganas (para mentir tanto, es porque se encuentra un inexplicable placer personal en ello). Cuando el martes pasado, Moscoso, en una demostración más de su particular estilo de desvergüenza, irracionalidad y marcada indolencia hacia el pueblo que gobierna, declaró ante los medios que nada le impide presentar una oferta en la licitación pública de la casa, evidenció, una vez más y para arrepentimiento mortal de quienes la distinguieron con su voto y se dejaron engañar de su falsa proyección, que es una persona con ausencia profunda de sólidos y auténticos principios éticos. Así lo demuestran los hechos.
Para los ciudadanos decentes que entendemos lo que se conoce como conflicto de intereses, el desafío de Moscoso al anunciar que participará en la venta de la Casita de Punta Mala plantea una cuestión de ética. Con su astucia de siempre olvida, cuando le conviene, el papel que representa en estos momentos. Me atrevería a pensar que en el fondo anhela que, ante tan irreflexivo reto, nos desquiciemos y así olvidemos -para efectos del perfeccionamiento de ésta bien planeada transacción de traspaso de bien estatal- que, ella es quien lidera y ejerce todo el poder del Estado panameño producto del régimen presidencialista que tenemos. En las cosas turbias, Moscoso es generosa en obsequiarnos muestras del buen uso que hace de su innegable astucia; fíjese que ahora pretende jugar a ser una ciudadana más para justificar así la compra de Punta Mala; sin embargo, analice qué actitud tan distinta es la que transmite y hace sentir cuando se le interroga sobre su falta de transparencia, su nepotismo, su corrupción o su falta de rendición de cuentas.
Cada vez que a Moscoso se le cuestiona una acción suya fuera de ética, su reacción es la misma: disgusto, censura y justificación. Recuerde cómo acusó a los medios de morbo y desestabilización cuando relució su pasión hacia la práctica del nepotismo. Recuerde cuando declaró que para ella el nepotismo ¡no era pecado! Sólo hay que ver cómo el enojo logra desfigurarle el rostro, borrarle la media sonrisa de sus labios para dar paso a un gélido tono de voz para acusar de morbo a todo ciudadano de bien y decente que ose exigirle que cumpla con la transparencia que ella prometió y juró tener mientras fuese presidenta. En esos instantes, aflora como el alba matutina, su visceral e incontrolable disgusto, no oculta su arrogancia y deja sentir con toda claridad el tono soberbio que acompaña, permanentemente, la fuerza y peso del poder presidencial. Le pregunto, ¿qué lógica tiene respetar a quien no nos respeta? Lo he dicho, lo he escrito y lo reitero. El respeto se gana...el cargo que se ocupa no obliga a profesar ese sentimiento hacia quienes no son dignos de él.
Cuando ví y escuché en el telediario la desafiante declaración de Moscoso donde confirmaba que participará en la licitación de la Casita de Punta Mala, la indignación ciudadana que sentí al escuchar su cínica respuesta "¿y por qué no?", sólo encontró explicación, pero nunca justificación, al recordar a mi filósofo favorito, Fernando Savater, brillante académico español quien en su reciente libro Etica y Ciudadanía sentencia que, la ética como todas las cosas buenas de esta vida, es un lujo; ésta no se le puede exigir a quien nunca estuvo expuesta a ella. En otras palabras, la práctica regular de una conducta ética es producto de una asimilación y enseñanza permanente durante toda nuestra vida. Enfatiza Savater que los fines privados, que están relacionados con los intereses particulares o familiares, no son los que uno tiene que llevar al ejercicio de una función pública; a ésta se tiene que llevar otro tipo de mentalidad. Añade que la ética dentro del sistema democrático se traduce a que la función pública debe ser transparente. Indeseable y censurable es el secretismo, el pacto secreto, los poderes en esferas que hurtan el control de los ciudadanos frente a lo público.
Para quienes comprendemos y respetamos el tema ético, sabemos hay quienes sostienen -especialmente los políticos profesionales- que la ética tiene diferencias con la política y no deben ir de la mano. Para muestra, sólo hay que analizar las acciones, decisiones y posiciones diarias con que todos los días nos avergüenzan. Nada más falso y dañino para las democracias. La ética es una actitud, una reflexión individual de la clase y calidad de personas que somos, de cómo actuamos y que está en nuestras manos ejercer siempre en función de nuestra relación con los demás, con conocimiento pleno, con deliberación y libertad. Por ello, nuestros actos como individuos, como ciudadanos, jamás podrán ser indiferentes o neutros, pues, describen nuestro grado de responsabilidad frente a ellos calificándolos de morales o inmorales. El respeto de una conducta ética, en forma permanente, no tiene que esperar la orden de nadie, la aprobación de nadie, ni ocupar un cargo determinado.
Leyendo el último obsequio de coraje y verdad que le regala al mundo, la maravillosa y extraordinaria escritora y periodista italiana Oriana Fallaci, con la publicación de La Rabia y el Orgullo, concluyo al igual que ella que, hay momentos de la vida en que callar se convierte en una culpa; hablar, en una obligación. Un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del cual no te puedes evadir. Fallaci en ese libro señala lo importante que es identificar a los mercaderes de la palabra, a aquellos que por dinero, falsean los hechos, abanican los egos del poder y cuestionan la verdad. Lo cierto es que, tanto a los mercaderes de Italia como de Panamá se les conoce, huele y repudia. Su falta de excelencia, marcado cinismo, aberrante ignorancia y arrastrada actitud es una estela difícil de ocultar. ¡Imposible respetarlos! Esos, igual que la mandataria Moscoso, viven eternamente fuera de todo parámetro ético.
Una última cosa. El ex viceministro de Finanzas, Eduardo Antonio Quirós calificó, la semana pasada, a Pérez Balladares de carilimpio por el asunto del nuevo puente y los restos de Van Dam. Estoy segura que la sagacidad que usó con Pérez Balladares no la tiene para calificar las actuaciones de su mandataria. Si de gobernantes carilimpios se trata, lo reto a qué demuestre qué nivel ético profesa y qué grado de coraje tiene frente a la repudiable y deshonesta posición presidencial.

101 años de Panamá América

 
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