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Sí a la Pena de Muerte


No podía ser de otra manera. Cuando no se puede lidiar contra el crimen hay que matar a los criminales. Axioma que denuncia no sólo la incapacidad del sistema sino la mentalidad con que los gobiernos pretenden resolver un problema social para el cual, tanto la sociedad como los políticos, no están preparados o dispuestos a enfrentar.

De los fines señalados en el preámbulo de la Constitución, nuestros constitucionalistas olvidaron la seguridad nacional. Un olvido que sería un verdadero festín si existiera el psicoanálisis político.

He leído numerosos argumentos religiosos, filosóficos, jurídicos, económicos, políticos, sociológicos, médicos, éticos y sentimentales, en pro y en contra de la pena de muerte, esgrimidos por eruditos (los menos) y por los que no lo son pero creen serlo (los más). Como no soy de los primeros y no quiero ser de los segundos, me animo a dejar algunas reflexiones, no para convencer a nadie ni para crear polémicas, pues lejos estoy de poder sostenerlas y mucho menos de concluirlas satisfactoriamente.

Sé con certeza de una sola verdad axiomática, comprobada por una evidencia científica absoluta: Todo ser humano está condenado a morir. Más allá de la moral, la justicia, la religión y el azar. El problema que me parece fundamental es el siguiente, Epicuro afirma que: “la muerte no debe significar nada, porque mientras estamos vivos la muerte no existe y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos”. De modo que el temor por la muerte no es saber que vamos a morir, sino cuándo y cómo vamos a morir.

Hay muertes naturales y bellas, como pasar del sueño mundano al sueño eterno. Las hay repentinas, dolorosas, placenteras, prolongadas, insólitas, absurdas, justas e injustas. Por tanto una sociedad inmadura donde no sabe o no puede o no quiere prevenir el delito, tampoco merecería juzgarlo. En muchas culturas el asesinato o la traición son delitos que acarrean la pena de muerte, pero al que condenan no es al delito, sino al delincuente, que ya estaba sentenciado al nacer. Todos sabemos que hay muertes y muertes, los que matan en la guerra o los que mandan a matar “en nombre de la seguridad nacional”. A esos se les dan medallas. Pero el que mata al que ordena matar, también se le mata y al que mata al que mata también...

Yo creo que a los pedófilos -enfermos o pervertidos-, a los secuestradores y torturadores profesionales, a los que ostentan el poder y abusan del mismo violando los derechos humanos debiera aplicárseles la pena de muerte. Aclaro que no deben ser asesinados, sino privados de su libertad hasta que la muerte natural cumpla con la condena.

101 años de Panamá América

 
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