Si los políticos cumplieran...
Durante esta campaña electoral hemos escuchando las diferentes promesas de los políticos. Todas son muy alentadoras por tratar los temas más sensitivos que sufre la sociedad, como la rampante corrupción, la extrema pobreza, el desempleo, la mala administración de la justicia, los privilegios entre funcionarios y el desgreño administrativo.
Esas promesas, lo triste para el país, es que sólo son dichas por los candidatos para conseguir votos y llegar donde ellos quieren. Los otros flagelos en la sociedad se encuentran ramificados, y que siendo Panamá un país chico donde todos se conocen, les resulta un poco difícil el castigo y el cumplimiento de sus promesas al estar entrelazados social, política, familiar y económicamente. Por lo que es una demagogia hacer promesas utópicas.
Pareciera que la población electoral no ha madurado lo suficiente en la política al resultar siempre engañada por los políticos demagogos y oportunistas. La única manera de acabar con este desgreño, es recibir lo que ofrecen en el presente, y el día de las elecciones escoger al que cada cual crea que sea el mejor para la nación. Así también acabaría la demagogia de aquellos que sólo aspiran servirse de la nación y no servirle a ésta. Amanecerá y veremos si dichas promesas serán cumplidas; de lo contrario dejarán claro que su único interés es alcanzar inmunidad para cubrirse del pasado, el presente y el futuro de sus posibles y acostumbradas fechorías en contra del sufrido país.
Jesús entra a Jerusalén encima de un burrito. ¡Qué decepción para algunos y qué sorpresa para otros! Pero también, ¡qué alegría para los que son hombres y mujeres sencillos y de buena voluntad! Ponen los mantos y las palmas en el suelo y cuando Él entra a la ciudad dicen: Hosanna, hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor. Lo reciben los pobres, los humildes, los sencillos. Los ricos, los poderosos dicen: Oh, qué idiota ése, mira cómo viene, qué ridículo en un burrito y si cree que así va a salvar a Israel, está loco completamente.
Y entra Jesús, manso y sumiso, con sus sandalias viejas, su manto y su túnica, encima del burrito a Jerusalén, para salvarnos de la muerte eterna.
¡Qué linda imagen de paz, de reconciliación! Apacible, humilde, sencillo, así era Jesús. San Pablo dice que nosotros tenemos que imitar los sentimientos de Cristo que siendo Dios se despojó de su rango, se hizo hombre, uno de tantos, sin dejar de ser Dios.
El que es cristiano anda encima de un burrito, sencillo y humilde, demostrando que es hijo de un Dios que es bueno y pacífico, no violento; que vive en armonía con los demás, no agresivo; que vive amando al prójimo, no atacándolo, explotándolo ni humillándolo; que respeta al prójimo, porque en el prójimo está Jesús.
El que es cristiano vive, anda encima de un burrito y no encima de aquel caballo brioso de la soberbia y el orgullo. Imitemos a Jesús, subámonos al burrito, porque Él es amor y con Él somos ¡INVENCIBLES!
Esas promesas, lo triste para el país, es que sólo son dichas por los candidatos para conseguir votos y llegar donde ellos quieren. Los otros flagelos en la sociedad se encuentran ramificados, y que siendo Panamá un país chico donde todos se conocen, les resulta un poco difícil el castigo y el cumplimiento de sus promesas al estar entrelazados social, política, familiar y económicamente. Por lo que es una demagogia hacer promesas utópicas.
Pareciera que la población electoral no ha madurado lo suficiente en la política al resultar siempre engañada por los políticos demagogos y oportunistas. La única manera de acabar con este desgreño, es recibir lo que ofrecen en el presente, y el día de las elecciones escoger al que cada cual crea que sea el mejor para la nación. Así también acabaría la demagogia de aquellos que sólo aspiran servirse de la nación y no servirle a ésta. Amanecerá y veremos si dichas promesas serán cumplidas; de lo contrario dejarán claro que su único interés es alcanzar inmunidad para cubrirse del pasado, el presente y el futuro de sus posibles y acostumbradas fechorías en contra del sufrido país.
Jesús entra a Jerusalén encima de un burrito. ¡Qué decepción para algunos y qué sorpresa para otros! Pero también, ¡qué alegría para los que son hombres y mujeres sencillos y de buena voluntad! Ponen los mantos y las palmas en el suelo y cuando Él entra a la ciudad dicen: Hosanna, hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor. Lo reciben los pobres, los humildes, los sencillos. Los ricos, los poderosos dicen: Oh, qué idiota ése, mira cómo viene, qué ridículo en un burrito y si cree que así va a salvar a Israel, está loco completamente.
Y entra Jesús, manso y sumiso, con sus sandalias viejas, su manto y su túnica, encima del burrito a Jerusalén, para salvarnos de la muerte eterna.
¡Qué linda imagen de paz, de reconciliación! Apacible, humilde, sencillo, así era Jesús. San Pablo dice que nosotros tenemos que imitar los sentimientos de Cristo que siendo Dios se despojó de su rango, se hizo hombre, uno de tantos, sin dejar de ser Dios.
El que es cristiano anda encima de un burrito, sencillo y humilde, demostrando que es hijo de un Dios que es bueno y pacífico, no violento; que vive en armonía con los demás, no agresivo; que vive amando al prójimo, no atacándolo, explotándolo ni humillándolo; que respeta al prójimo, porque en el prójimo está Jesús.
El que es cristiano vive, anda encima de un burrito y no encima de aquel caballo brioso de la soberbia y el orgullo. Imitemos a Jesús, subámonos al burrito, porque Él es amor y con Él somos ¡INVENCIBLES!