Si ves las de tu vecino arder...
"Si ves las bardas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo". Así reza el antiguo refrán que viene muy a cuenta citar, después de la serie de escándalos financieros que se ha desatado en Estados Unidos. Hace unos cuantos meses, estalló el caso Enron, el gigante del sector energía que, de la noche a la mañana, se transformó en espejismo. Las investigaciones preliminares probaron que la empresa, con la complicidad de sus auditores, presentaba al público la cara opuesta a su verdadera situación. Después siguieron otros gigantes como WorldCom, que controlaba la mitad de las comunicaciones por Internet. Y todavía el capítulo está lejos de cerrarse.
¿Cómo pudieron las cosas llegar tan lejos? ¿Cómo con tantas agencias de supervisión y de control y con tanta tecnología de punta se les escaparon las liebres? Debido a dos factores: el primero, reglas excesivamente flexibles que las empresas podían burlar con impunidad y, segundo, un número mucho mayor de lo que al inicio se pensaba de altos ejecutivos deshonestos.
Se ha comprobado que algunos ejecutivos no sólo eran conocedores de su verdadera situación sino que, además, se aprovecharon para embolsarse muchos millones de dólares al vender sus acciones antes de que sus precios cayeran en picada. En el caso de Enron, por ejemplo, mientras sus directores estimulaban a comprar acciones de la empresa que tenían una buena cotización en la bolsa, como consecuencia de que sus estados financieros presentaban una falsa imagen de prosperidad, simultáneamente, ellos estaban vendiendo sus acciones con grandes ganancias.
Ahora se ha sabido que miles de personas perdieron todos los ahorros de su vida, porque los invirtieron en acciones que actualmente no valen nada o porque los fondos de pensiones a los que habían cotizado estaban invertidos en acciones de esas empresas. Miles de millones se han esfumado de la noche a la mañana.
La situación es tan grave que ya sus efectos han disminuido el valor del dólar estadounidense frente al euro y otras divisas internacionales.
Para mañana se espera que el presidente Bush se dirija al país para anunciar el establecimiento de controles más estrictos que prevengan contra las actuaciones irregulares de los ejecutivos y para establecer sanciones contra quienes las violen. Su intervención se espera que ayude a recomponer la credibilidad del sistema, pero los analistas creen que hará falta bastante tiempo para que ello ocurra, sobre todo, porque todavía ninguno de los responsables directos de esos casos de corrupción empresarial ha sido enjuiciado y menos condenado.
En Panamá, proporciones guardadas, también hemos tenido algunos escándalos empresariales en los que se esfumaron muchos millones de dólares sin que ninguno de los principales responsables haya terminado en la cárcel. Y en Panamá también tenemos vendedores de ilusiones que prometen altas rentabilidades o arriesgan dineros ajenos en aventuras en las bolsas internacionales.
Lo ocurrido en Estados Unidos debe servir para alertarnos y revisar concienzudamente las reglas del juego. Muchas personas humildes ya han sido burladas y otras muchas más podrían serlo en el futuro. Convendría pues que las autoridades supervisoras, especialmente la Comisión de Valores, invirtieran más diligencia en escudriñar para detectar, oportunamente las señales de alerta.
¿Cómo pudieron las cosas llegar tan lejos? ¿Cómo con tantas agencias de supervisión y de control y con tanta tecnología de punta se les escaparon las liebres? Debido a dos factores: el primero, reglas excesivamente flexibles que las empresas podían burlar con impunidad y, segundo, un número mucho mayor de lo que al inicio se pensaba de altos ejecutivos deshonestos.
Se ha comprobado que algunos ejecutivos no sólo eran conocedores de su verdadera situación sino que, además, se aprovecharon para embolsarse muchos millones de dólares al vender sus acciones antes de que sus precios cayeran en picada. En el caso de Enron, por ejemplo, mientras sus directores estimulaban a comprar acciones de la empresa que tenían una buena cotización en la bolsa, como consecuencia de que sus estados financieros presentaban una falsa imagen de prosperidad, simultáneamente, ellos estaban vendiendo sus acciones con grandes ganancias.
Ahora se ha sabido que miles de personas perdieron todos los ahorros de su vida, porque los invirtieron en acciones que actualmente no valen nada o porque los fondos de pensiones a los que habían cotizado estaban invertidos en acciones de esas empresas. Miles de millones se han esfumado de la noche a la mañana.
La situación es tan grave que ya sus efectos han disminuido el valor del dólar estadounidense frente al euro y otras divisas internacionales.
Para mañana se espera que el presidente Bush se dirija al país para anunciar el establecimiento de controles más estrictos que prevengan contra las actuaciones irregulares de los ejecutivos y para establecer sanciones contra quienes las violen. Su intervención se espera que ayude a recomponer la credibilidad del sistema, pero los analistas creen que hará falta bastante tiempo para que ello ocurra, sobre todo, porque todavía ninguno de los responsables directos de esos casos de corrupción empresarial ha sido enjuiciado y menos condenado.
En Panamá, proporciones guardadas, también hemos tenido algunos escándalos empresariales en los que se esfumaron muchos millones de dólares sin que ninguno de los principales responsables haya terminado en la cárcel. Y en Panamá también tenemos vendedores de ilusiones que prometen altas rentabilidades o arriesgan dineros ajenos en aventuras en las bolsas internacionales.
Lo ocurrido en Estados Unidos debe servir para alertarnos y revisar concienzudamente las reglas del juego. Muchas personas humildes ya han sido burladas y otras muchas más podrían serlo en el futuro. Convendría pues que las autoridades supervisoras, especialmente la Comisión de Valores, invirtieran más diligencia en escudriñar para detectar, oportunamente las señales de alerta.