Siempre será el momento
Los actos de violencia que día a día ocupan los titulares de los medios de comunicación social obliga a una seria y profunda reflexión. Porque no es casual que un joven brillante, excelente estudiante y de quien ningún vecino, profesor o condiscípulo haya hablado mal, explote en un acto de barbarie como el asesinato de un hombre de Dios.
Todos somos culpables. Los padres que no tenemos tiempo para conversar con nuestros hijos sobre sus vivencias diarias, temores o metas. Que no nos ocupamos de conocer a sus amigos o compañeros de clases. De ni siquiera hacer el intento de visitar una vez por mes a sus maestros o profesores para conocer su desenvolvimiento.
De no querer o no hacer el intento de saber dónde es la fiesta o la reunión después de horas de clases. No departir con nuestros hijos.
Es precisamente en estos momentos cuando recordamos la crianza de nuestros padres. Esos tiempos en que al caer la noche todos estábamos en casa, porque a un silbido o llamado de nuestros nombres dejábamos el juego o la conversación sin concluir para responder con nuestra presencia al llamado de mamá o papá (aunque generalmente era el padre el que se ocupaba de esas tareas) y ¡ay! del que no respondiera: la respuesta era la presencia de uno de ellos con correa en mano y la respectiva exhibida delante de nuestros vecinos.
Definitivamente eran otros tiempos, que podemos hacer nuestros con la ayuda de las autoridades, que no se escapan porque tienen su cuota de responsabilidad.
Que la política para reducir el desempleo sea constante. Todos sabemos que el ocio y el hambre no son buenos consejeros.
Ejecuten operativos policiales constantes en los lugares que, ellos y todos sabemos, son la cueva de maleantes y, lastimosamente, futuros delincuentes.
Realicen pesquisas que den como resultado la captura de los distribuidores de armas y drogas. No esperamos que se erradique la delincuencia, pero sí que disminuya y que la comunidad vea los resultados, sepa que sus gobernantes tienen el interés que todos vivamos en una sociedad lo más sana posible.
Operativos semanales o mensuales. Tenemos una fuerza policial vasta y miembros de ese cuerpo de seguridad con capacidad suficiente para hacer un buen trabajo.
Entonces, ¡qué esperan! La comunidad los apoya porque queremos vivir en un país seguro. Somos tan pocos (2.8 millones de personas), que da pena observar las filas tan alarmantes de desempleo, de violencia, de miseria... Y los maestros... Los llamados segundos padres de nuestros hijos. A ellos corresponde reforzar y, algunas veces, suplir las enseñanzas que deben iniciarse en el hogar. Revivan y hagan suyas las enseñanzas de sus propios maestros.
Quién no tuvo como maestro a un hombre o mujer que además de lo académico le enseñó valores morales y éticos. Quién, de más de 40 años, puede decir que nunca visitó la casa de uno de ellos o se quedó en el salón de clases, después de finalizada la jornada, para que le explicara alguna operación matemática sin pagarle un real.
Del llamado cuarto poder, cuyo principal objetivo es educar, orientar, informar, responsablemente.
Y ojalá este suceso tan doloroso de hace una semana o el incremento de suicidios, pandillerismo y todos no sean el inicio de lo que será este nuevo siglo.
Que el siglo XXI sea el renacer de los buenos tiempos... de la convivencia pacífica. Todos somos responsables y siempre será el momento para reflexionar y tomar cartas en el asunto.
Todos somos culpables. Los padres que no tenemos tiempo para conversar con nuestros hijos sobre sus vivencias diarias, temores o metas. Que no nos ocupamos de conocer a sus amigos o compañeros de clases. De ni siquiera hacer el intento de visitar una vez por mes a sus maestros o profesores para conocer su desenvolvimiento.
De no querer o no hacer el intento de saber dónde es la fiesta o la reunión después de horas de clases. No departir con nuestros hijos.
Es precisamente en estos momentos cuando recordamos la crianza de nuestros padres. Esos tiempos en que al caer la noche todos estábamos en casa, porque a un silbido o llamado de nuestros nombres dejábamos el juego o la conversación sin concluir para responder con nuestra presencia al llamado de mamá o papá (aunque generalmente era el padre el que se ocupaba de esas tareas) y ¡ay! del que no respondiera: la respuesta era la presencia de uno de ellos con correa en mano y la respectiva exhibida delante de nuestros vecinos.
Definitivamente eran otros tiempos, que podemos hacer nuestros con la ayuda de las autoridades, que no se escapan porque tienen su cuota de responsabilidad.
Que la política para reducir el desempleo sea constante. Todos sabemos que el ocio y el hambre no son buenos consejeros.
Ejecuten operativos policiales constantes en los lugares que, ellos y todos sabemos, son la cueva de maleantes y, lastimosamente, futuros delincuentes.
Realicen pesquisas que den como resultado la captura de los distribuidores de armas y drogas. No esperamos que se erradique la delincuencia, pero sí que disminuya y que la comunidad vea los resultados, sepa que sus gobernantes tienen el interés que todos vivamos en una sociedad lo más sana posible.
Operativos semanales o mensuales. Tenemos una fuerza policial vasta y miembros de ese cuerpo de seguridad con capacidad suficiente para hacer un buen trabajo.
Entonces, ¡qué esperan! La comunidad los apoya porque queremos vivir en un país seguro. Somos tan pocos (2.8 millones de personas), que da pena observar las filas tan alarmantes de desempleo, de violencia, de miseria... Y los maestros... Los llamados segundos padres de nuestros hijos. A ellos corresponde reforzar y, algunas veces, suplir las enseñanzas que deben iniciarse en el hogar. Revivan y hagan suyas las enseñanzas de sus propios maestros.
Quién no tuvo como maestro a un hombre o mujer que además de lo académico le enseñó valores morales y éticos. Quién, de más de 40 años, puede decir que nunca visitó la casa de uno de ellos o se quedó en el salón de clases, después de finalizada la jornada, para que le explicara alguna operación matemática sin pagarle un real.
Del llamado cuarto poder, cuyo principal objetivo es educar, orientar, informar, responsablemente.
Y ojalá este suceso tan doloroso de hace una semana o el incremento de suicidios, pandillerismo y todos no sean el inicio de lo que será este nuevo siglo.
Que el siglo XXI sea el renacer de los buenos tiempos... de la convivencia pacífica. Todos somos responsables y siempre será el momento para reflexionar y tomar cartas en el asunto.