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Sigan creciendo sus palabras


No hablé con él nunca, pero él nunca dejó de hablar conmigo. Extraña forma de explicar lo que me hace escribir acerca de Ricardo J. Bermúdez, quien legó un poema que jamás podré dejar de frecuentar.
Hace unos días me involucré en la lectura de viejos papeles donde se narraban infortunios de aquellos valientes que, por una causa suprema, murieron o desaparecieron. Siento que para ellos (y para muchos otros) fue gestado el poema de Bermúdez, una pieza que transpira el dolor esperanzador de aquel que muere al hacer que su "voz" suba "hasta la rama más alta del dolor crucificado", y aún muerto grita: "sólo así podré saberme libre". Los dos últimos versos de su poema, son desgarradores: "de todos los que mueren en silencio/ porque sigan creciendo sus palabras". Al leer esa poesía, no dejaba de pensar en los silenciados para siempre bajo los sistemas de opresión, y cuyas voces se erigen hoy, reclamando identidad y justicia.
Fue gracias al humanista y maestro de maestros, Fermín Azcárate (quien sí conoció al poeta) como vine a saber y (sobretodo) a apreciar las poesías de Bermúdez. Nunca voy a olvidar a Fermín recitando en un café, esa poesía titulada "Rojo ha de ser el estupor naciente" incluida en "Adán Liberado", ganador del Miró en 1942. Supe de esa pieza literaria por el tiempo en que comenzaba a deslumbrarme con las poesías de Quevedo sobre el dolor de la patria diezmada ("A Roma sepultada en ruinas", o aquella que no me dejó ver otra cosa "que no fuese el recuerdo de la muerte"). Advierto que no soy (estoy lejos de serlo) una autoridad en materia literaria, pero para mi concepto esa poesía de Bermúdez es para Panamá un orgullo nacional. Termino obsequiando a los lectores, la poesía que me inquieta, y la transcribo también, en un homenaje a "todos los que mueren en silencio/ porque sigan creciendo sus palabras":
Rojo ha de ser el estupor naciente batiendo entre la sangre de los muertos su infinita bandera de esperanza, cuando la aurora diga su mensaje de luces tras la noche del martirio.
Si la espera es tan larga como un río dando vuelta entre valles montañas, las raíces de amor serán más hondas y las manos opacas de la vida se abrirán como pétalos de cielo.
Para que todas las campanas hablen con los vientos del mar y de la tierra de este hallazgo recóndito y perfecto, mi voz ha de subir hasta la rama más alta del dolor crucificado.
Tan sólo así podré saberme libre de mezcla con mi arcilla sin congojas la miel fraterna de los labios mustios de todos los que mueren en silencio porque sigan creciendo sus palabras.

101 años de Panamá América

 
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