Siglo XX: Hora de cierre
El Día del Periodista es todos los días frente a la noticia, al hecho, a ese universo del acontecer que envuelve al profesional de la prensa en una atmósfera que no le da cuartel, porque la información hoy es uno de los mayores vicios de la sociedad digital del siglo XXI.
Por ello, Gaspar Octavio Hernández, no pudo encontrar más feliz ocasión para honrar la profesión y el oficio, que despedirse de este reino, frente a su vieja máquina de escribir, en la sala de redacción de La Estrella de Panamá, uno de los periódicos más antiguos de América Latina.
Cada 13 de noviembre es propicio para reflexionar sobre la profesión, las libertades que de ella se desprenden y truncan, con relación también al vértigo mediático de la revolución digital que cambia hábitos y pretende borrar la palabra impresa de la mente del lector.
La competencia de la imagen e Internet es una realidad creciente para los medios impresos, y pareciera no quedar otro camino al periodista de diarios y revistas, que buscar nuevos derroteros para cumplir con su trabajo esencial: informar.
Estamos ante un lector y público inmerso en un caos informativo, producto al intenso oleaje que ocurre en el mar tempestuoso de la información,y que muchas veces, es víctima del espectáculo del "Talk Shows" o de la información trucada.
Se hace necesario no sólo informar, sino fomar, porque el Periodista es también el intérprete de lo que acontece y debe cumplir una función de mediador para que el lector entienda el mensaje y pueda obtener sus propias conclusiones a través de una información documentada, transparente y bien escrita.
No debe intervenir frente a la fuente o la información ninguna clase de prejuicio, que pueda manipular en su origen una cobertura y la información misma. Informaciones fuera de contexto, riñen con toda ética y sentido profesional basado en la credibilidad. ¿Quién puede afirmar hoy que la ética no es rentable?
El viejo periódico liberal, The New York Time, tiene una sabia norma que se debiera aplicar para no cometer errores involuntarios, como lo es llamar a las fuentes y asegurar la veracidad de la información y repetirle lo que ha dicho para confirmar y reafirmar sin duda lo que saldrá impreso.
Un lector afirmó, recientemente, que la lectura de los periódicos es nuestra plegaria profana de todas las mañanas. Es una frase que debiera hacernos reflexionar, a periodistas y empresarios, a la Sociedad Civil en su conjunto.
Algunos Medios de Comunicación en verdad ya carecen de autoridad moral, otros van en vías de, algunos viajan en la cuerda floja- en el límite- porque viven la actualidad que es frivolidad, sin análisis, cuestionamientos, planteamientos, propuestas y pasan a ser repetidoras de desastres, panoramas, agoreros y apocalipsis anticipados.
Ese mismo lector sostenía que leer de noche le producía angustia.
Vaya panorama el forman y conforman los Medios en el sigloXX, sin contar con la información inútil que suelen priorizar algunos editores, sin la jerarquía que requiere una elemental capacidad de selección basada más allá de los intereses pueriles.
La libertad de expresión, ya lo hemos dicho, es parte de la cultura democrática. La libertad de expresión es también una limitación al poder absoluto, a la impunidad, un acto de servicio a favor de la responsabilidad. Ella legitima los actos de un gobierno, es ajena al secretismo y a todo cuanto ocurre en la trastienda y que tiene el deber de ser público.
El Periodista es un técnico de la información y trata a su materia prima como mercancía, lo que sin duda, degrada el oficio, que tiene por esencia, investigar, desentrañar y valorar la información.
Estamos contra la política informativa de hinchar el rumor y propiciamos la de revelar la verdad.
A todos nos llega la hora de cierre, colega Gaspar Octavio Hernández, porque es el terrible dictamen del gusano, como dijo Borges, ya que según el filósofo alemán, Heidegger, el hombre es un ser para la muerte. Lo importante es no falsear la noticia.
Por ello, Gaspar Octavio Hernández, no pudo encontrar más feliz ocasión para honrar la profesión y el oficio, que despedirse de este reino, frente a su vieja máquina de escribir, en la sala de redacción de La Estrella de Panamá, uno de los periódicos más antiguos de América Latina.
Cada 13 de noviembre es propicio para reflexionar sobre la profesión, las libertades que de ella se desprenden y truncan, con relación también al vértigo mediático de la revolución digital que cambia hábitos y pretende borrar la palabra impresa de la mente del lector.
La competencia de la imagen e Internet es una realidad creciente para los medios impresos, y pareciera no quedar otro camino al periodista de diarios y revistas, que buscar nuevos derroteros para cumplir con su trabajo esencial: informar.
Estamos ante un lector y público inmerso en un caos informativo, producto al intenso oleaje que ocurre en el mar tempestuoso de la información,y que muchas veces, es víctima del espectáculo del "Talk Shows" o de la información trucada.
Se hace necesario no sólo informar, sino fomar, porque el Periodista es también el intérprete de lo que acontece y debe cumplir una función de mediador para que el lector entienda el mensaje y pueda obtener sus propias conclusiones a través de una información documentada, transparente y bien escrita.
No debe intervenir frente a la fuente o la información ninguna clase de prejuicio, que pueda manipular en su origen una cobertura y la información misma. Informaciones fuera de contexto, riñen con toda ética y sentido profesional basado en la credibilidad. ¿Quién puede afirmar hoy que la ética no es rentable?
El viejo periódico liberal, The New York Time, tiene una sabia norma que se debiera aplicar para no cometer errores involuntarios, como lo es llamar a las fuentes y asegurar la veracidad de la información y repetirle lo que ha dicho para confirmar y reafirmar sin duda lo que saldrá impreso.
Un lector afirmó, recientemente, que la lectura de los periódicos es nuestra plegaria profana de todas las mañanas. Es una frase que debiera hacernos reflexionar, a periodistas y empresarios, a la Sociedad Civil en su conjunto.
Algunos Medios de Comunicación en verdad ya carecen de autoridad moral, otros van en vías de, algunos viajan en la cuerda floja- en el límite- porque viven la actualidad que es frivolidad, sin análisis, cuestionamientos, planteamientos, propuestas y pasan a ser repetidoras de desastres, panoramas, agoreros y apocalipsis anticipados.
Ese mismo lector sostenía que leer de noche le producía angustia.
Vaya panorama el forman y conforman los Medios en el sigloXX, sin contar con la información inútil que suelen priorizar algunos editores, sin la jerarquía que requiere una elemental capacidad de selección basada más allá de los intereses pueriles.
La libertad de expresión, ya lo hemos dicho, es parte de la cultura democrática. La libertad de expresión es también una limitación al poder absoluto, a la impunidad, un acto de servicio a favor de la responsabilidad. Ella legitima los actos de un gobierno, es ajena al secretismo y a todo cuanto ocurre en la trastienda y que tiene el deber de ser público.
El Periodista es un técnico de la información y trata a su materia prima como mercancía, lo que sin duda, degrada el oficio, que tiene por esencia, investigar, desentrañar y valorar la información.
Estamos contra la política informativa de hinchar el rumor y propiciamos la de revelar la verdad.
A todos nos llega la hora de cierre, colega Gaspar Octavio Hernández, porque es el terrible dictamen del gusano, como dijo Borges, ya que según el filósofo alemán, Heidegger, el hombre es un ser para la muerte. Lo importante es no falsear la noticia.