Sigue la amenaza apocalíptica
Si repasamos el panorama de nuestro país, desde la invasión norteamericana de 1989, que decapitó al narcodictador Noriega, resulta evidente que esos tres lustros han sido para Panamá una época de rampante degeneración acumulativa, la cual comenzó a incrementarse desde la Segunda Guerra Mundial (1945), con una profunda agravación de conocidos vicios, sobre todo gubernamentales, pero también en la esfera privada de la vida nacional.
Debido a ello, y a los recrudecimientos de los últimos años, la opinión pública sufrió el impacto de escandalosos estremecimientos. La única excepción en la cadena descrita fue la esplendorosa efeméride del 31 de diciembre de 1999, por su significado, cuando la República culminó la historia popular de la reivindicación canalera, que debió influir esperanzadoramente en la conciencia nacional adormecida.
El miércoles pasado publicamos en estas páginas el señalamiento breve, casi meramente enumerativo, de cinco grandes problemas colectivos que gravitan amenazadoramente sobre la existencia panameña. Hoy agregamos algunos más, en jerarquía y efectos, que pueden ser calamitosos, para sustentar la tesis del Apocalipsis que ronda sobre la Patria.
El primero de ellos es el de la llevada y traída "ampliación del Canal". Algunos directivos y administradores de la vía interamericana están procurando adelantar el referéndum constitucionalizado sobre el tercer juego de esclusas, para lo que resta del presente año, incluso haciendo una propaganda engañosa en torno al funcionamiento, dizque de máxima eficacia del Canal, pero todavía ni siquiera están terminados, según se anuncia, los estudios técnicos que la Administración ha ordenado, intentado justificar su decisión apresurada sobre las esclusas, con lo que llegan a la temeridad de expresar que los voluminosos millones que costará la "ampliación", podrán emanar del mismo Canal.
Todavía falta la demostración de la urgencia para construir esa obra, a no ser la conveniencia de los capitalistas nacionales y extranjeros. Y falta también la indispensable Ley reglamentaria del artículo 319 de la Constitución, pero los interesados lo anhelan ya, de todas maneras, para su gloria económica, aunque se endeude por los siglos de los siglos el Canal o la República en tamaña aventura desorbitada, pues aún no saben cuándo se construirán los famosos barcos Post-panamax, que navegarán majestuosamente por las nuevas compuertas.
Otra amenaza galopante es la de las enfermedades de contagio universal, como el SIDA, la drogadicción y otras que se presentan imprevistamente, y para las cuales el Estado panameño no dedica las medidas consecuentes de cura y prevención.
El transporte colectivo urbano, en las ciudades principales, y el de las áreas rurales, se han replanteado hoy, a propósito del alza del combustible, y continúan en su cadena de dificultades y pésimo servicio para los usuarios, impunemente.
La seguridad ciudadana sigue por el suelo. Los crímenes y otros delitos aumentan; las cárceles están repletas y en ellas no se lleva a cabo ninguna rehabilitación de los delincuentes; la delincuencia de menores, hombres y mujeres, aumenta en cantidades abrumadoras, sin acción ninguna de las autoridades; y lo peor es la presencia recurrente de bandas extranjeras de narcotraficantes, lavadores de dinero, asaltantes de bancos y otras especies, sin que haya control alguno del ingreso de extranjeros perniciosos que sobornan.
La institucionalidad jurídica está diezmada por las fallas y fallos de los tribunales, por la venalidad apoderada de la cosa pública y por el premio de la complicidad reinante.
Cada cual vive su vida y la apatía general es caldo de cultivo del desastre total que se está incubando. Ojalá demore su estallido, porque corremos el riesgo fatal de los vasos comunicantes, en esa pirámide apocalíptica que comienza a aplastarnos.
Debido a ello, y a los recrudecimientos de los últimos años, la opinión pública sufrió el impacto de escandalosos estremecimientos. La única excepción en la cadena descrita fue la esplendorosa efeméride del 31 de diciembre de 1999, por su significado, cuando la República culminó la historia popular de la reivindicación canalera, que debió influir esperanzadoramente en la conciencia nacional adormecida.
El miércoles pasado publicamos en estas páginas el señalamiento breve, casi meramente enumerativo, de cinco grandes problemas colectivos que gravitan amenazadoramente sobre la existencia panameña. Hoy agregamos algunos más, en jerarquía y efectos, que pueden ser calamitosos, para sustentar la tesis del Apocalipsis que ronda sobre la Patria.
El primero de ellos es el de la llevada y traída "ampliación del Canal". Algunos directivos y administradores de la vía interamericana están procurando adelantar el referéndum constitucionalizado sobre el tercer juego de esclusas, para lo que resta del presente año, incluso haciendo una propaganda engañosa en torno al funcionamiento, dizque de máxima eficacia del Canal, pero todavía ni siquiera están terminados, según se anuncia, los estudios técnicos que la Administración ha ordenado, intentado justificar su decisión apresurada sobre las esclusas, con lo que llegan a la temeridad de expresar que los voluminosos millones que costará la "ampliación", podrán emanar del mismo Canal.
Todavía falta la demostración de la urgencia para construir esa obra, a no ser la conveniencia de los capitalistas nacionales y extranjeros. Y falta también la indispensable Ley reglamentaria del artículo 319 de la Constitución, pero los interesados lo anhelan ya, de todas maneras, para su gloria económica, aunque se endeude por los siglos de los siglos el Canal o la República en tamaña aventura desorbitada, pues aún no saben cuándo se construirán los famosos barcos Post-panamax, que navegarán majestuosamente por las nuevas compuertas.
Otra amenaza galopante es la de las enfermedades de contagio universal, como el SIDA, la drogadicción y otras que se presentan imprevistamente, y para las cuales el Estado panameño no dedica las medidas consecuentes de cura y prevención.
El transporte colectivo urbano, en las ciudades principales, y el de las áreas rurales, se han replanteado hoy, a propósito del alza del combustible, y continúan en su cadena de dificultades y pésimo servicio para los usuarios, impunemente.
La seguridad ciudadana sigue por el suelo. Los crímenes y otros delitos aumentan; las cárceles están repletas y en ellas no se lleva a cabo ninguna rehabilitación de los delincuentes; la delincuencia de menores, hombres y mujeres, aumenta en cantidades abrumadoras, sin acción ninguna de las autoridades; y lo peor es la presencia recurrente de bandas extranjeras de narcotraficantes, lavadores de dinero, asaltantes de bancos y otras especies, sin que haya control alguno del ingreso de extranjeros perniciosos que sobornan.
La institucionalidad jurídica está diezmada por las fallas y fallos de los tribunales, por la venalidad apoderada de la cosa pública y por el premio de la complicidad reinante.
Cada cual vive su vida y la apatía general es caldo de cultivo del desastre total que se está incubando. Ojalá demore su estallido, porque corremos el riesgo fatal de los vasos comunicantes, en esa pirámide apocalíptica que comienza a aplastarnos.