Silencio cómplice
A principios del mes de mayo los lectores del diario El Universal fuimos sorprendidos por la renuncia de su Director, Carlos Ernesto González de la Lastra, quien en rueda de prensa denunció que su salida era forzosa, y responsabilizaba de la misma a la Presidenta de la República, que había ejercido directamente presión sobre el principal accionista del periódico, Martín Rodin. Las denuncias de González de la Lastra fueron graves, toda vez que incluían una supuesta amenaza de muerte e involucraban a altos funcionarios de la actual administración. De igual manera reveló que existían presiones políticas, y que su salida permitiría que se reanudara la publicidad estatal (que había sido suspendida por orden de Palacio), así como la impresión de documentos como los billetes de lotería y las gacetas oficiales. Las aclaraciones del señor Rodin no fueron menos desesperanzadoras: en un escueto comunicado confirmó que se le había advertido al Director que cambiara la línea editorial, sin que lograra con estas advertencias que aminoraran las críticas al gobierno, críticas que, a mi juicio, eran válidas -a veces un poquito duras- pero el que no quieren que lo critiquen que entonces no ostente un cargo público.
A muchos les sorprenderá que yo salga a la defensa de Carlos Ernesto González, toda vez que cuando ejercí el cargo de Ministra de Gobierno y Justicia no hubo una tregua a mi favor por parte de ese periódico, ni en sus noticias, ni en sus editoriales y mucho menos en su vigilante, que se ensañó de manera misógina contra mí, primero llamándome "novel" ministra, y luego mini-ministra, y todavía de vez en cuando, como para que no pierda vigencia -y en abierta aversión contra mi persona- me mencionan por una u otra razón, a veces traída de los pelos. En una ocasión, cuando escribí en defensa de Aristóloga, crítica gourmet que tiene el diario La Prensa, comentó que esos eran los únicos temas a los que yo me podía dedicar, desconociendo más de 15 años de colaboraciones permanentes en el diario La Prensa, El Panamá América, El Miami Herald y también en El Universal, cuando se vendía muy poco, además de publicar en revistas locales e internacionales. Pero como necios nunca faltan, los que quedan mal son los anónimos de esas glositas que ya hasta la gracia han perdido. Sin embargo,, hay que preocuparse cuando no hablan de uno, y no cuando lo hacen, sea para bien o para mal.
El primer ataque que recibí de El Universal fue por el tema de retirar la licencia de conducir a los infractores del tránsito. Hoy día me entero, por parte del mismo señor González de la Lastra, que él estuvo en cuatro ocasiones, cuando los militares mandaban en este país, en serios problemas con las autoridades, por lo que esa medida le parecía represiva. Así que la virulenta reacción fue casi personal, sin objetividad, mucho más cuando recientemente le expliqué que esa medida había permitido al estado recuperar más de 5 millones de dólares. Pero el tema que me ocupa no es el tratamiento duro y a veces injusto que me dió El Universal, sino el silencio cómplice que se ha levantado en torno a la renuncia de González de la Lastra, no por la renuncia en sí, sino por las preocupantes acciones que la causaron. Silencio cómplice que se ha visto aderezado por algunos comentarios de periodistas que justifican la medida (léase El Mensaje Oculto, martes 16 de Mayo, 2000, diario La Prensa), reportajes que ponen en tela de duda las aseveraciones del ex-Director (La Prensa, 11 de Mayo, pág. 41A) así como otros -muy pocos- de apoyo a Carlos Ernesto (Napoléon y Calos Ernesto, Mayo 31,2000, El Panamá América, Lo Mejor del Boxeo y El Heraldo). Lo anterior contrasta con la algarabía que se levantó alrededor del periodista de La Prensa, Gustavo Gorriti, y la negativa del gobierno anterior de renovarle su permiso de trabajo, en el año 1997. Gorriti fue endiosado al colmo de asumir posturas histriónicas y de que todo el mundo se ocupara de él, adoptándose por parte de todos sus defensores, el término "xenofobia" como la razón para su supuesta persecución. Creo que el caso Gorriti fue pésimamente mal manejado, al punto que dejó muy mal parado al gobierno de Ernesto Pérez Balladares, pero fue así mismo manipulado por los verdaderos dueños de la libertad de expresión, que no son otros que los inversionistas que controlan las juntas directivas de los medios de comunicación, y deciden cómo dicen las noticias y qué dicen esas noticias. Posteriormente, en 1999, un grupo de periodistas del diario donde labora Gorriti denunció las presiones que él y sus secuaces ejercían sobre ellos a la hora de reportar las noticias, y la edición que sufrían las mismas que, como "valor agregado", daba como resultado noticias parcializadas y tendenciosas. Pero ¿quién ha salido a defender a un panameño como Carlos Ernesto González de la Lastra? Casi nadie. Todo el mundo ha mirado para otro lado, y lo que es más grave, algunos columnistas, no en forma abierta sino a través de los sitios de "chat" como es la Carta de Panamá, han justificado la acción llevada a cabo por los directivos de El Universal, en forma virulenta, olvidándose que eran los mismos que se rasgaban las vestiduras por la supuesta xenofobia contra Gorriti y que exigían la derogación de las leyes mordaza.
Carlos Ernesto tendrá que llevar adelante sus denuncias, tal como lo prometió, ante la Sociedad Interamericana de Prensa, los que se dicen llamar defensores de la libertad de expresión, pero que realmente protegen sus propios intereses económicos. Esos que permitieron que se despidiera a dos periodistas de la Prensa, acusándolos de toda clase de falsedades, quienes lo único que pretendían era ejercer un periodismo serio, para garantizar no solamente la libertad de expresión, sino la libertad de información que tenemos todos, y que generalmente es poco contemplada por los dueños de los medios de comunicación. Y lo tendrá que hacer de forma abierta y con hechos, los mismos que señalan a un ex-chofer del Ministerio de Gobierno y Justicia, que hoy ocupa el puesto de asesor en la cancillería, gana un salario de varios miles de dólares y además, sea el que haga el trabajo sucio para sacar a un director de un medio por órdenes de la primera mandataria.
A muchos les sorprenderá que yo salga a la defensa de Carlos Ernesto González, toda vez que cuando ejercí el cargo de Ministra de Gobierno y Justicia no hubo una tregua a mi favor por parte de ese periódico, ni en sus noticias, ni en sus editoriales y mucho menos en su vigilante, que se ensañó de manera misógina contra mí, primero llamándome "novel" ministra, y luego mini-ministra, y todavía de vez en cuando, como para que no pierda vigencia -y en abierta aversión contra mi persona- me mencionan por una u otra razón, a veces traída de los pelos. En una ocasión, cuando escribí en defensa de Aristóloga, crítica gourmet que tiene el diario La Prensa, comentó que esos eran los únicos temas a los que yo me podía dedicar, desconociendo más de 15 años de colaboraciones permanentes en el diario La Prensa, El Panamá América, El Miami Herald y también en El Universal, cuando se vendía muy poco, además de publicar en revistas locales e internacionales. Pero como necios nunca faltan, los que quedan mal son los anónimos de esas glositas que ya hasta la gracia han perdido. Sin embargo,, hay que preocuparse cuando no hablan de uno, y no cuando lo hacen, sea para bien o para mal.
El primer ataque que recibí de El Universal fue por el tema de retirar la licencia de conducir a los infractores del tránsito. Hoy día me entero, por parte del mismo señor González de la Lastra, que él estuvo en cuatro ocasiones, cuando los militares mandaban en este país, en serios problemas con las autoridades, por lo que esa medida le parecía represiva. Así que la virulenta reacción fue casi personal, sin objetividad, mucho más cuando recientemente le expliqué que esa medida había permitido al estado recuperar más de 5 millones de dólares. Pero el tema que me ocupa no es el tratamiento duro y a veces injusto que me dió El Universal, sino el silencio cómplice que se ha levantado en torno a la renuncia de González de la Lastra, no por la renuncia en sí, sino por las preocupantes acciones que la causaron. Silencio cómplice que se ha visto aderezado por algunos comentarios de periodistas que justifican la medida (léase El Mensaje Oculto, martes 16 de Mayo, 2000, diario La Prensa), reportajes que ponen en tela de duda las aseveraciones del ex-Director (La Prensa, 11 de Mayo, pág. 41A) así como otros -muy pocos- de apoyo a Carlos Ernesto (Napoléon y Calos Ernesto, Mayo 31,2000, El Panamá América, Lo Mejor del Boxeo y El Heraldo). Lo anterior contrasta con la algarabía que se levantó alrededor del periodista de La Prensa, Gustavo Gorriti, y la negativa del gobierno anterior de renovarle su permiso de trabajo, en el año 1997. Gorriti fue endiosado al colmo de asumir posturas histriónicas y de que todo el mundo se ocupara de él, adoptándose por parte de todos sus defensores, el término "xenofobia" como la razón para su supuesta persecución. Creo que el caso Gorriti fue pésimamente mal manejado, al punto que dejó muy mal parado al gobierno de Ernesto Pérez Balladares, pero fue así mismo manipulado por los verdaderos dueños de la libertad de expresión, que no son otros que los inversionistas que controlan las juntas directivas de los medios de comunicación, y deciden cómo dicen las noticias y qué dicen esas noticias. Posteriormente, en 1999, un grupo de periodistas del diario donde labora Gorriti denunció las presiones que él y sus secuaces ejercían sobre ellos a la hora de reportar las noticias, y la edición que sufrían las mismas que, como "valor agregado", daba como resultado noticias parcializadas y tendenciosas. Pero ¿quién ha salido a defender a un panameño como Carlos Ernesto González de la Lastra? Casi nadie. Todo el mundo ha mirado para otro lado, y lo que es más grave, algunos columnistas, no en forma abierta sino a través de los sitios de "chat" como es la Carta de Panamá, han justificado la acción llevada a cabo por los directivos de El Universal, en forma virulenta, olvidándose que eran los mismos que se rasgaban las vestiduras por la supuesta xenofobia contra Gorriti y que exigían la derogación de las leyes mordaza.
Carlos Ernesto tendrá que llevar adelante sus denuncias, tal como lo prometió, ante la Sociedad Interamericana de Prensa, los que se dicen llamar defensores de la libertad de expresión, pero que realmente protegen sus propios intereses económicos. Esos que permitieron que se despidiera a dos periodistas de la Prensa, acusándolos de toda clase de falsedades, quienes lo único que pretendían era ejercer un periodismo serio, para garantizar no solamente la libertad de expresión, sino la libertad de información que tenemos todos, y que generalmente es poco contemplada por los dueños de los medios de comunicación. Y lo tendrá que hacer de forma abierta y con hechos, los mismos que señalan a un ex-chofer del Ministerio de Gobierno y Justicia, que hoy ocupa el puesto de asesor en la cancillería, gana un salario de varios miles de dólares y además, sea el que haga el trabajo sucio para sacar a un director de un medio por órdenes de la primera mandataria.