Simbología del Arco Chato
El llamado Arco Chato de Santo Domingo, construido en 1678, bajo los cuidados de los frailes dominicos, a los pocos años de la inauguración de la nueva ciudad de Panamá en 1673, se derrumbó en las primeras horas de la noche del 7 de noviembre actual, después de mantener su milagrosa estructura por el largo espacio de 325 años. Unicamente se había colocado una estructura de hierro para sostenerlo y ocasionales trabajos menores de mantenimiento, con períodos de abandono, siendo uno de estos últimos el transcurrido de 15 a 20 años, en el que sólo recibió las miradas furtivas de lo transeúntes. Era visitado por turistas cuando se consideró que había seguridad para tal recreación y de tarde en tarde se celebraron bajo su mágica arcada representaciones de teatro y exhibiciones de pinturas. Tenía 50 pies de extensión y 35 de altura. Desafió las inclemencias del trópico, dos incendios y los escasos movimientos telúricos de nuestro suelo, pero no pudo resistir nuestra propia negligencia, lo que decimos sin culpas para nadie, sino para toda la abulia colectiva panameña que ha recibido ese colapso como una gran pérdida, y cierto que lo es.
Sin embargo, pasada la fugaz y superficial euforia del primer centenario republicano (dicho en términos generales), pese a que es costumbre en otros lares la celebración de todo el año centenario, y que el nuestro lleva tan sólo siete días de iniciación, el derrumbe de ese arco maravilloso compendia, sin pesimismo pero con realismo, el símbolo de la sociedad panameña actual, visitada por la acumulación de los problemas nacionales, que cada vez se profundizan más y más, inconteniblemente, ante el silencio cómplice y la falta de espíritu público, de una sociedad que presencia sin asombro y sin sonrojo, su propia, larvaria y vegetativa sobrevivencia. Díganlo si no, las esferas de situaciones y desdichas colectivas que presenciamos y padecemos, como si no existieran. Díganlo si no, los grandes déficits acumulados en todas las superficies y hondonadas de la vida nacional panameña.
El desempleo desesperante con sus harapos sin remiendos; la economía nacional en silenciosa quiebra como nunca, en la sima del abismo creado por una deuda pública que no queremos detener y que no podemos salvar; la educación general con su caos y sus fracasos que no tienen remedio; la salud pública destrozada; todavía los déficits de vivienda; la administración estatal acosada por la ignorancia y los "durodólares"; una administración de justicia en que esta última tiene muchos años de haber desaparecido, ablandada por el peculado; las enfermedades de moda universal azotándonos, como el SIDA, el hanta, la renovada tuberculosis; el asesinato impune, a toda hora, por las calles; la convivencia familiar deshecha por un desarticulado modo de vida; el hambre física en el estómago vacío de un millón de panameños; una pseudo democracia, alimentada por el soborno, la ignorancia y la impunidad, sobre todo de arriba hacia abajo. ¿A qué continuar? Lamentablemente, somos hoy una sociedad que no ha podido generar fuerzas sociales internas de rectificación general, que tiene en la cúspide sus usufructuarios sempiternos y en la base casi cerca de dos millones que se revuelven engatusados en las ciénegas quinquenales, como otros tantos peones de estribo eleccionarios.
Nunca hemos sido pesimistas, pero sí críticos ante condicionamientos que exigen siempre una censura orientada, ya que creemos que en algún tiempo futuro, ya cercano o lejano, el pueblo panameño sabrá poner las cosas en su lugar, y nuestros dardos a no otro fin tratan de contribuir.
Nosotros pensamos que los intelectuales panameños, los profesionales de toda clase que pueden conocer los senderos de superación patriótica, mas no patriotera, deberían aglutinarse, sin intereses personalistas, y en conjunto con la parte no dañada de la colectividad, podrían muy bien iniciar la tarea de señalar rumbos positivos para un país que los necesita, y que por tener el Canal y que por haber recibido los bienes canaleros, bien puede hacer, con tan fabulosa riqueza, hoy mermada, la conversión de Panamá en un estado moderno en el amplio sentido de la expresión.
No es tarde, ni imposible pensar en el inicio de tal labor impostergable, porque no pocos continuaremos como críticos, mientras no tengamos proyectos sensatos, honestos, de superación y rectificaciones.
Los intelectuales, los profesionales y la clase media tienen la palabra, para no continuar chapoteando en los lodazales del drama social en que vegetamos.
Promuévase, pero promuévase bien; no cometan irregularidades que más tarde lamentarán.
Sin embargo, pasada la fugaz y superficial euforia del primer centenario republicano (dicho en términos generales), pese a que es costumbre en otros lares la celebración de todo el año centenario, y que el nuestro lleva tan sólo siete días de iniciación, el derrumbe de ese arco maravilloso compendia, sin pesimismo pero con realismo, el símbolo de la sociedad panameña actual, visitada por la acumulación de los problemas nacionales, que cada vez se profundizan más y más, inconteniblemente, ante el silencio cómplice y la falta de espíritu público, de una sociedad que presencia sin asombro y sin sonrojo, su propia, larvaria y vegetativa sobrevivencia. Díganlo si no, las esferas de situaciones y desdichas colectivas que presenciamos y padecemos, como si no existieran. Díganlo si no, los grandes déficits acumulados en todas las superficies y hondonadas de la vida nacional panameña.
El desempleo desesperante con sus harapos sin remiendos; la economía nacional en silenciosa quiebra como nunca, en la sima del abismo creado por una deuda pública que no queremos detener y que no podemos salvar; la educación general con su caos y sus fracasos que no tienen remedio; la salud pública destrozada; todavía los déficits de vivienda; la administración estatal acosada por la ignorancia y los "durodólares"; una administración de justicia en que esta última tiene muchos años de haber desaparecido, ablandada por el peculado; las enfermedades de moda universal azotándonos, como el SIDA, el hanta, la renovada tuberculosis; el asesinato impune, a toda hora, por las calles; la convivencia familiar deshecha por un desarticulado modo de vida; el hambre física en el estómago vacío de un millón de panameños; una pseudo democracia, alimentada por el soborno, la ignorancia y la impunidad, sobre todo de arriba hacia abajo. ¿A qué continuar? Lamentablemente, somos hoy una sociedad que no ha podido generar fuerzas sociales internas de rectificación general, que tiene en la cúspide sus usufructuarios sempiternos y en la base casi cerca de dos millones que se revuelven engatusados en las ciénegas quinquenales, como otros tantos peones de estribo eleccionarios.
Nunca hemos sido pesimistas, pero sí críticos ante condicionamientos que exigen siempre una censura orientada, ya que creemos que en algún tiempo futuro, ya cercano o lejano, el pueblo panameño sabrá poner las cosas en su lugar, y nuestros dardos a no otro fin tratan de contribuir.
Nosotros pensamos que los intelectuales panameños, los profesionales de toda clase que pueden conocer los senderos de superación patriótica, mas no patriotera, deberían aglutinarse, sin intereses personalistas, y en conjunto con la parte no dañada de la colectividad, podrían muy bien iniciar la tarea de señalar rumbos positivos para un país que los necesita, y que por tener el Canal y que por haber recibido los bienes canaleros, bien puede hacer, con tan fabulosa riqueza, hoy mermada, la conversión de Panamá en un estado moderno en el amplio sentido de la expresión.
No es tarde, ni imposible pensar en el inicio de tal labor impostergable, porque no pocos continuaremos como críticos, mientras no tengamos proyectos sensatos, honestos, de superación y rectificaciones.
Los intelectuales, los profesionales y la clase media tienen la palabra, para no continuar chapoteando en los lodazales del drama social en que vegetamos.
Promuévase, pero promuévase bien; no cometan irregularidades que más tarde lamentarán.