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Sin justicia, no hay paz


La calificación sobre la percepción de corrupción (3.7) otorgada a Panamá por Transparencia Internacional es preocupante. La cifra habla de una corrupción desenfrenada, similar a la de países que presentan un desarrollo humano y económico muy inferior al nuestro. Su principal constante es la impunidad y la falta de respuesta del Organo Judicial ante el reclamo del pueblo sobre una justicia clasista.

Son escasos los ejemplos en los que se exigen balances a los funcionarios y, en dado caso, se apliquen sanciones por lo actuado; no hay rendición de cuentas. El ejemplo debe iniciar con las autoridades y al más alto nivel, pero parece que no hay voluntad para que esto ocurra.

Los casos más escandalosos a los que se les prometieron investigación exhaustiva y justicia como el CEMIS, los "durodólares", el Museo del Tucán, el HP-1430, los envenenados por dietilenglicol, homicidios sin autores, enriquecimiento ilícito, los casos de narcotráfico y su infiltración en las instituciones del Estado, o el reciente robo de las esculturas donde las autoridades no tienen idea de lo ocurrido, son un vivo ejemplo del amargo sabor que deja en quienes apuestan a la justicia como equilibrio social.

La balanza no puede inclinarse a un solo lado; de lo contrario, estaremos sólo a la espera de una explosión social, que al sentirse olvidada y sin respuesta, se tome la justicia en sus propias manos y con métodos violentos, como sucede en otros países.

No debemos continuar inculcando ejemplos nefastos: con la plata se resuelve todo. Bajo este enfoque sólo creamos sociedades egoístas, sin el mayor sentido de altruismo, cooperación, empatía o nacionalismo, sino generaciones enquistadas con el juega vivo, arraigadas al dinero y apartadas de los verdaderos valores, porque quienes deben poner alto a esta situación, están ocupados por sus propios intereses.

101 años de Panamá América

 
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