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Sin paciencia, enloquecerás


Una de las cosas que más daño nos hace es el de querer todo ya,  el no respetar los procesos de desarrollo, el no esperar los momentos adecuados para conseguir las cosas.  Angustia, ira, cólera, porque las cosas no salen como uno quiere y cuando uno quiere.  Esto nos enloquece. "Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda.  La paciencia todo lo alcanza.  Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta", (santa Teresa). Es necesario tener paciencia con nosotros mismos, por esos defectos que cuesta erradicar, esos malos hábitos que nos cuesta eliminar, esos pasos tan lentos buscando la superación. "Ten paciencia con todo el mundo, pero sobre todo contigo misma; quiero decir que no pierdas la tranquilidad por causa de tus imperfecciones y que siempre tengas el ánimo de levantarte", decía san Francisco de Sales a una dirigida suy a.

Necesitamos paciencia con los demás, sobre todo con aquellos que tienen mal genio, se molestan por todo, no cumplen sus compromisos, son desleales y algunas veces lo echan todo a perder. Necesitamos paciencia para soportar cosas que no podemos controlar como la violencia, la pobreza extrema, los desastres naturales. Y la paciencia es fundamental para poder realizar los sueños en realidad, las metas en acontecimientos históricos. Todo lo que es grande se consigue a base de muchos sacrificios, desvelos y renuncias.  Tenemos que imitar al Señor que es paciente y misericordioso. Que no nos trata como merecen nuestros pecados, que siempre da una oportunidad al pecador, que espera nuestra conversión.

La misericordia divina, la de nuestro Dios con nosotros, se transforma en paciencia en relación con la escandalosa lentitud de nuestro crecimiento espiritual, con la tardanza en el desapego a cosas que nos impiden la unión más perfecta con Él y nuestra resistencia a responder con compasión y solidaridad a los que nos piden nuestra ayuda. Imitar al Señor implica entonces ser misericordiosos y pacientes como Él. La paciencia, parte de la virtud de la fortaleza, implica la capacidad de soportar con cierta igualdad de ánimo, por amor a Dios, los sufrimientos físicos y morales, y las situaciones y personas difíciles. La paciencia implica no dejarse arrebatar la serenidad, la iluminación divina y el amor por los golpes recibidos mientras se hace el bien. "Mira la manera de sufrir con paciencia los defectos y flaquezas ajenas, sabiendo que tú tienes mucho que te sufran los otros", (Kempis). Pide al Señor el don de la paciencia, sabiendo que con Él tú eres es invencible. / Monseñor.

101 años de Panamá América

 
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