Sin sentido en Afganistán, ocho años después
El Gobierno español anuncia el envío de 511 soldados más a Afganistán. Para 2010, el contingente contará con más de 1,500 efectivos. La mayoría se encargará de tareas de entrenamiento, según la ministra de defensa. El argumento refuerza la imagen del ejército que el gobierno español ha querido dar entre la sociedad por medio de campañas televisivas. “Mucha gente piensa que estamos allí repartiendo comidas y sonrisas en plan ONG, pero aquello es una guerra sucia, porque no dan la cara: atacan y se refugian entre la población civil”, dice el soldado Rubén García López, que perdió una pierna. “Sucia” para los ocupantes, que no califican igual los bombardeos aéreos indiscriminados.
No sólo en España se ven anuncios de televisión que muestran el intercambio de sonrisas entre un soldado y un niño en un territorio desértico. O a soldados-mujer que ayudan, codo con codo, a sus compañeros varones a reconstruir lo que, muchas veces, ellos mismos han contribuido a destruir en su lucha contra los talibanes.
Los periodistas tardaban poco en sintonizar e identificarse con los soldados con los que convivían al grado de cooperar a la hora de censurar imágenes que “pusieran en riesgo la seguridad nacional”.
La recurrencia a campañas de imagen debilita la legitimidad de enviar más tropas a zonas calientes desde donde sólo llegan imágenes de destrucción. Cada vez hay más información sobre matanzas de civiles y otras violaciones de derecho internacional humanitario no sólo por parte de los talibanes y las fuerzas de la Coalición. También se conoce la creciente actividad de empresas militares privadas sin escrúpulos y con contratos millonarios para proteger al personal. Como muchos otros soldados de distintas nacionalidades que han vuelto de Afganistán, el joven español se pregunta qué hace España en el país centroasiático. Cada vez se dificulta más una pretendida “reconstrucción pacífica” que necesitaría, como condición previa, un ambiente general de paz que fuera fruto de la justicia.
España y otros países han decidido darle un cheque en blanco al Premio Nobel de la Paz con apoyo militar a la OTAN. El incremento del contingente militar con la excusa de mantener buenas relaciones con Estados Unidos aumentará el rechazo en la medida en que se pierdan más vidas humanas.
El eventual traspaso de poderes del que hablan las fuerzas ocupantes no será sino un traslado de los fusiles, los helicópteros y el problema a los afganos una vez que hayan formado y entrenado al ejército nacional, con su correspondiente endeudamiento. El Gobierno central goza de escaso apoyo social en muchas zonas rurales, donde los talibanes han ganado popularidad..
Se trata de una guerra de baja intensidad sin un enemigo convencional y con una animadversión recrudecida entre grupos étnicos por su distinta afinidad a la presencia extranjera. La invisibilidad del “enemigo” incrementa la necesidad de seguridad para las tropas. Esta espiral favorece a quienes aportan “apoyo logístico” y seguridad para las tropas: empresas privadas que piden que no se les llame “mercenarios”, pues hiere su sensibilidad. Prefieren que se les llame “constructores de la paz”. Pero si se construyera una verdadera paz, se les acabaría el negocio.