Sin siembras y sin esperanzas
Este es el quinto año consecutivo que el esposo de Regina, Alfonso Montero, no siembra. Sus funciones como vocero de la comunidad no se lo permitían. Sin embargo, ella tiene la esperanza de hacerlo pronto. La necesidad apremia.
Alfonso había partido temprano desde El Chumico, donde viven, hacia Llano Bonito para el Congreso Local que daría inicio en unos días. Regina no pudo ir, dos de sus cinco nietos están resfriados y ella se quedó a cuidarlos. Ese mal es cosa de todos los días por aquellas tierras. Uno de sus hijos murió muy pequeño aquejado por esta enfermedad.
"Cuando se nos enferman de resfriado le damos a los muchachos hierbabuena y mastranto en té", explicó Regina, a quien la precaria situación de vida la ha obligado a recurrir a lo que la naturaleza le provea y a su edad, lo ha aprendido bien.
Es madre de seis y una de sus hijas, Alejandrina, de 18 años, tiene un bebé de meses, Robin Alexander, se llama. Ardiana, la de 15 años, estudia en el Primer Ciclo de Buenos Aires y toda la familia cifra sus esperanzas en que la pequeña se gradúe.
Eran las 2: 30 de la tarde. Regina se mostró recelosa, en principio, no le parecía común que periodistas de Panamá se interesaran en hablar con ella. "¿A mí?", preguntó sorprendida ante nuestra petición de entrevistarla.
Minutos después nos enfrascamos en una amena plática. Ella es una mujer luchadora que ha trabajado a la par de Alfonso para sacar adelante a su gente. "Todos mis hijos han salido de tercer año", nos dice orgullosa.
"Sembrábamos yuca y maíz, pero en todos estos años hemos comido por bendición de Dios", expresa acongojada, aunque no pierda la sonrisa, la que estuvo presente a lo largo de la conversación.
Alejandrina y Ardiana murmuraban al fondo, lucían complacidas por la visita. Al cabo de un rato estuvieron sentadas al lado de su madre para escuchar de primera mano cada detalle. "Nos las ingeniamos para comer... a veces no hay qué, pero se busca hasta que salga algo".
Alfonso había partido temprano desde El Chumico, donde viven, hacia Llano Bonito para el Congreso Local que daría inicio en unos días. Regina no pudo ir, dos de sus cinco nietos están resfriados y ella se quedó a cuidarlos. Ese mal es cosa de todos los días por aquellas tierras. Uno de sus hijos murió muy pequeño aquejado por esta enfermedad.
"Cuando se nos enferman de resfriado le damos a los muchachos hierbabuena y mastranto en té", explicó Regina, a quien la precaria situación de vida la ha obligado a recurrir a lo que la naturaleza le provea y a su edad, lo ha aprendido bien.
Es madre de seis y una de sus hijas, Alejandrina, de 18 años, tiene un bebé de meses, Robin Alexander, se llama. Ardiana, la de 15 años, estudia en el Primer Ciclo de Buenos Aires y toda la familia cifra sus esperanzas en que la pequeña se gradúe.
Eran las 2: 30 de la tarde. Regina se mostró recelosa, en principio, no le parecía común que periodistas de Panamá se interesaran en hablar con ella. "¿A mí?", preguntó sorprendida ante nuestra petición de entrevistarla.
Minutos después nos enfrascamos en una amena plática. Ella es una mujer luchadora que ha trabajado a la par de Alfonso para sacar adelante a su gente. "Todos mis hijos han salido de tercer año", nos dice orgullosa.
"Sembrábamos yuca y maíz, pero en todos estos años hemos comido por bendición de Dios", expresa acongojada, aunque no pierda la sonrisa, la que estuvo presente a lo largo de la conversación.
Alejandrina y Ardiana murmuraban al fondo, lucían complacidas por la visita. Al cabo de un rato estuvieron sentadas al lado de su madre para escuchar de primera mano cada detalle. "Nos las ingeniamos para comer... a veces no hay qué, pero se busca hasta que salga algo".