Sin supervisión
El problema en Panamá no radica en la falta de leyes. Existen, y en abundancia. Lo que ocurre es que no hay noción de autoridad para aplicarlas.
La palabra gigantismo parece definir al aparato estatal, más caracterizado por la burocracia (es decir, los hombres y mujeres de escritorio, donde todo trámite se estanca) que por la supervisión.
Porque lo que nos falta son más inspectores, vigilantes y fiscalizadores. La mayoría de los recientes escándalos de corrupción en el Gobierno tienen más que ver con la falta de ojos avizores, que con otra cosa. El Gobierno se gasta el dinero en planilla inerte, y desatiende su papel de revisor. La autoridad se convierte, entonces, en cómplice del caos por omisión.
Una nave que se lance al mar, sin que nadie esté pendiente de la salud de sus máquinas y el contenido de sus despensas, corre el riesgo de perderse.