Síndrome de mala praxis política
Cuánto daño le hace a la democracia, como forma de gobierno para la búsqueda de la felicidad de todas las personas que viven en un Estado, cuando ésta sufre el síndrome de mala praxis política, sin que se atienda con cuidados intensivos permanentes.
Los peores síntomas de esta enfermedad han sido diagnosticados y pueden conducir a situaciones de inestabilidad social, descontento popular y cambios abruptos del orden jurídico político. Los casos de otros pueblos de la región así lo indican.
Veamos cuáles son sus principales síntomas: Uno de los primeros factores que favorece este síndrome es la falta de participación ciudadana de calidad en la política, no sólo en y a través de los partidos políticos, sino también en las organizaciones de carácter no gubernamental que actúan en el sistema democrático. Este síntoma refleja poca vigorosidad democrática cuando actitudes intolerantes y de poca articulación de los discursos políticos con la práctica empañan el diálogo entre los actores del sistema, sin que se entienda que la política es algo muy serio para dejarla sólo bajo la responsabilidad de malos políticos.
Otro se evidencia con la afectación de la memoria histórica colectiva, que empieza a funcionar selectivamente y en muchas ocasiones a muy corto plazo, permitiendo que sólo se recuerden y se destaquen las interpretaciones de los hechos que le convienen a los intereses de determinados personajes, mientras que se procura hacer olvidar circunstancias relevantes que se han registrado a lo largo de nuestra historia, que aportan información vital para tomar mejores decisiones con respecto a nuestro futuro como sociedad.
Entre los males más frecuentes que encontramos en el diagnóstico de nuestra dolida democracia se ha detectado uno fácil de reconocer. El cálculo oportuno de los intereses individuales que se imponen sobre el bien común. Sobre este mal se cultiva el clientelismo político, el populismo, el nepotismo y otras variedades de la corrupción, lo que es totalmente contraproducente para la razón de ser de la política como acción racional que orienta la búsqueda del bien común.
Importantes investigaciones han descubierto que la pobreza y la insatisfacción de los derechos humanos tiene mucho que ver con la poca transparencia en el manejo de la administración de los asuntos de interés público, tanto en la esfera gubernamental, como en las empresas privadas, sobre todo en aquellas que prestan un servicio público. Este síntoma permite que a la sombra de la cultura del secretismo no prospere la adecuada rendición de cuentas y la fiscalización del buen funcionamiento de los órganos y poderes públicos y de las instituciones no gubernamentales que manejan recursos y bienes de carácter público.
Si estos síntomas no son atendidos adecuadamente, pueden agravarse y hacerse crónicos al combinarse con la impunidad arropada por el poder, en esta etapa del proceso degenerativo del tejido institucional existen ciertas inmunidades que no protegen para nada el cuerpo social, más bien son verdaderos virus que lo debilitan hasta hacerlo caer en crisis.
Bueno sería, más que preocuparnos, ocuparnos de la salud de nuestra joven democracia, sobre todo para estas épocas de cambios que se aproximan. Hay que tomar todas las previsiones para fortalecerla. Primero, aumentando la participación ciudadana de calidad, ningún ciudadano o ciudadana responsable puede quedarse sin expresar sus intereses o manifestar su pensamiento en libertad. Es muy conveniente hacer ejercicios para mejorar nuestra memoria histórica, ya lo dijo el poeta "Prohibido Olvidar". Sólo así evitaremos cometer los mismos errores dos veces. Es recomendable mantenerse fuera del alcance de tránsfugas y oportunistas, para evitar cualquier riesgo de contagio.
Hay que tomar buenas dosis de tolerancia y respeto por la dignidad de los seres humanos y colocarlos en el centro de la acción política. Cuando tenga alguna duda sobre el buen gobierno de los recursos y bienes del Estado, exija que se practique un buen examen de transparencia y rendición de cuentas.
Con la constancia y la perseverancia de los buenos ciudadanos tendremos un país libre del síndrome de la mala praxis política, sin tener que esperar cada cinco años para practicar una cirugía de alto riesgo y poder sacarse el clavo.
Los peores síntomas de esta enfermedad han sido diagnosticados y pueden conducir a situaciones de inestabilidad social, descontento popular y cambios abruptos del orden jurídico político. Los casos de otros pueblos de la región así lo indican.
Veamos cuáles son sus principales síntomas: Uno de los primeros factores que favorece este síndrome es la falta de participación ciudadana de calidad en la política, no sólo en y a través de los partidos políticos, sino también en las organizaciones de carácter no gubernamental que actúan en el sistema democrático. Este síntoma refleja poca vigorosidad democrática cuando actitudes intolerantes y de poca articulación de los discursos políticos con la práctica empañan el diálogo entre los actores del sistema, sin que se entienda que la política es algo muy serio para dejarla sólo bajo la responsabilidad de malos políticos.
Otro se evidencia con la afectación de la memoria histórica colectiva, que empieza a funcionar selectivamente y en muchas ocasiones a muy corto plazo, permitiendo que sólo se recuerden y se destaquen las interpretaciones de los hechos que le convienen a los intereses de determinados personajes, mientras que se procura hacer olvidar circunstancias relevantes que se han registrado a lo largo de nuestra historia, que aportan información vital para tomar mejores decisiones con respecto a nuestro futuro como sociedad.
Entre los males más frecuentes que encontramos en el diagnóstico de nuestra dolida democracia se ha detectado uno fácil de reconocer. El cálculo oportuno de los intereses individuales que se imponen sobre el bien común. Sobre este mal se cultiva el clientelismo político, el populismo, el nepotismo y otras variedades de la corrupción, lo que es totalmente contraproducente para la razón de ser de la política como acción racional que orienta la búsqueda del bien común.
Importantes investigaciones han descubierto que la pobreza y la insatisfacción de los derechos humanos tiene mucho que ver con la poca transparencia en el manejo de la administración de los asuntos de interés público, tanto en la esfera gubernamental, como en las empresas privadas, sobre todo en aquellas que prestan un servicio público. Este síntoma permite que a la sombra de la cultura del secretismo no prospere la adecuada rendición de cuentas y la fiscalización del buen funcionamiento de los órganos y poderes públicos y de las instituciones no gubernamentales que manejan recursos y bienes de carácter público.
Si estos síntomas no son atendidos adecuadamente, pueden agravarse y hacerse crónicos al combinarse con la impunidad arropada por el poder, en esta etapa del proceso degenerativo del tejido institucional existen ciertas inmunidades que no protegen para nada el cuerpo social, más bien son verdaderos virus que lo debilitan hasta hacerlo caer en crisis.
Bueno sería, más que preocuparnos, ocuparnos de la salud de nuestra joven democracia, sobre todo para estas épocas de cambios que se aproximan. Hay que tomar todas las previsiones para fortalecerla. Primero, aumentando la participación ciudadana de calidad, ningún ciudadano o ciudadana responsable puede quedarse sin expresar sus intereses o manifestar su pensamiento en libertad. Es muy conveniente hacer ejercicios para mejorar nuestra memoria histórica, ya lo dijo el poeta "Prohibido Olvidar". Sólo así evitaremos cometer los mismos errores dos veces. Es recomendable mantenerse fuera del alcance de tránsfugas y oportunistas, para evitar cualquier riesgo de contagio.
Hay que tomar buenas dosis de tolerancia y respeto por la dignidad de los seres humanos y colocarlos en el centro de la acción política. Cuando tenga alguna duda sobre el buen gobierno de los recursos y bienes del Estado, exija que se practique un buen examen de transparencia y rendición de cuentas.
Con la constancia y la perseverancia de los buenos ciudadanos tendremos un país libre del síndrome de la mala praxis política, sin tener que esperar cada cinco años para practicar una cirugía de alto riesgo y poder sacarse el clavo.