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"Sine me nihil"


“Sin mí nada”, en el capítulo decimoquinto (15) del cuarto evangelio, según San Juan, que en esta cincuentena pascual, últimamente, se nos está regalando como parte de la liturgia de la palabra, encontramos la parábola de la vid expuesta por Nuestro Señor Jesucristo, invitándonos a seguir firmes en medio del mundo.

“Yo soy la vid y vosotros los sarmientos, si permanecen en mí y yo en ellos produciremos muchos frutos” porque “Sin mí no pueden hacer nada”.

Alude obviamente el Señor a la vida espiritual sobrenatural. Más aún tiene un mensaje especial para todos los que han elegido la vida apostólica, ya que a pesar de muchas cualidades, de facilidad y elegancia en el decir y persuadir si no lo hacemos porque de adentro nos sale, no se produce fruto espiritual y vivimos en un activismo estéril.

Estamos convencidos, de una manera u otra, de esa realidad vital, de que sin el poder de Dios no podemos hacer nada. Lo expresamos rutinariamente cuando decimos “si Dios quiere”, “Dios primero”, “Si El me lo permite”, reconociendo que nos somos dueños ni del tiempo ni de la salud, ni del futuro incierto e impredecible. Repetimos de otra manera que duraremos en esta u otra actividad “hasta que San Pedro baje el dedo”.

Así es, dentro de nuestra fe cuando planificamos, cuando empezamos una nueva administración, un nuevo proyecto, un nuevo negocio en medio de unos signos económicos desalentadores, creyentes y no creyentes, solicitamos una invocación religiosa que sea celebrada por un ministro de una u otra religión. Se supone que los que lo piden y lo hacen es porque asumen que sin Dios no pueden hacer nada duradero y exitoso y al menos se confiesa públicamente que se cree en Dios y en su poder supremo, cuya presencia y asistencia se desea en el funcionamiento de lo que tenemos entre manos.

“Sin mí”. Sin su beneplácito, sin su asistencia, sin su consejo, sin su ayuda no podemos ir muy lejos.

Sin embargo, queremos arreglarlo todo con nuestras limitadas fuerzas, ya que el haber tenido éxitos parciales, nos sentimos omnipotentes. Y no somos la divina providencia. Somos Fulano y Zutano que somos unos “suertudos” y todo lo que hacemos nos sale bien hasta ahora, hasta que nos salga mal y entonces a echarle la culpa al primero que veamos.

No podemos arreglar tantas cosas sin tener el recurso a la divino, a esa fuerza superior, a ese Ente Supremo que nos conoce, que es consciente de nuestras energías, de nuestros talentos, de nuestra constancia de voluntad, de nuestra honradez, de nuestra tenacidad.

Por tanto, sugiero que en todo “cambio” con buenas intenciones lo primero es ser consciente que sin El no podemos hacer nada.

101 años de Panamá América

 
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