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Sinsabores del agro


Los productores del agro están huérfanos de apoyo estatal, a pesar de que son el vínculo más idóneo para lograr la redistribución de la riqueza. Son los que siembran y no miden las horas para el trabajo duro. Es una noble labor que merece el aprecio de la comunidad, la cual debe preferir productos de nuestro campo, en lugar de aquellos producidos en tierras extrañas. No es fácil ser productor y enfrentarse a elementos como plagas, falta de agua, deficiencia de suelo, robos, entre otros, y tener que lidiar con comerciantes que pretenden ganar más dinero en una semana que el productor que se ha asoleado por 16.

Es necesario educar y crear conciencia en los ciudadanos para que prefieran lo nacional y compensar el esfuerzo de nuestra gente del campo; de estar conscientes que el campesino y el productor merecen una vida digna y un pago justo por su esfuerzo. Los citadinos, que pedimos más seguridad ante la delincuencia, tenemos que saber que esa conducta es consecuencia directa del desempleo en el campo, de la frustración y la migración del campesino a la ciudad, donde puede caer fácil en el delito.

Un pequeño productor activo en el campo es un ente multiplicador de empleo donde se necesita y progreso comunitario; y realmente no nos costaría mucho al resto del pueblo ser solidarios con su trabajo y esfuerzo, pues el Estado no es capaz de dictar políticas creativas sin infringir los acuerdos de libre comercio pactados, que nos obligan a cumplir, mientras los países ricos hacen caso omiso de los mismos y subsidian su producción (EE.UU.) o suben aranceles para bloquear los productos en que somos competitivos (Unión Europea).

101 años de Panamá América

 
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