Sistemas o anarquías
La Antigüedad Griega aportó a Occidente una tripartita clasificación de la justicia: distributiva, conmutativa e igualitaria. Estas remembranzas de la justicia se encuentran precisadas en las obras de Aristóteles y parten de un concepto de equidad en el reparto que permite distinguir proporcionalidad y necesidad sobre una base estricta de paridad o de igualdad. Los autores y preclaros filósofos subsiguientes no hicieron otra cosa que tomar de este sabio griego sus aportaciones sobre la materia. Luego advino, en el siglo XIX tras el aporte del filósofo alemán Otto Von Gierke un supuesto nuevo concepto de la justicia que denominó como la justicia social: la propia o consustancial a las grandes mayorías marginadas de una sociedad política, es decir, el Estado. En todas las épocas se habla de la justicia y se invoca con mucha frecuencia, a veces hasta por conveniencia e intereses egoístas, la justicia divina cuando creemos la humana ha sido un fracaso.
Somos, por otra parte, muy dados a criticar nuestra propia justicia, aquella que hemos puesto en manos de los hombres llamados jueces, magistrados y soslayamos la célebre sentencia de Montesquieu cuando advertía que "Los jueces pronuncian las palabras de la Ley". Quienes han querido convertirse en los detractores del positivismo jurídico, no han encontrado en esencia un argumento que pueda destronarlo de su reino. Y es que no puede ser de otra manera: el juez o el magistrado al dictar su sentencia -del latin sententia: parecer, criterio, dictamen- se halla castrado de toda eventual posibilidad y concreta viabilidad de desconocer, soslayar, omitir, ignorar el derecho legislado o vigente y eficaz. Queramos o no, el juez está amarrado a la norma, para mejor decir, soldado a la pura normatividad. Si esto no puede ser comprendido en su justa dimensión por la clase de los juristas, los políticos y de cualquier otro sector de personas en el país, seguiremos de tumbo en tumbo arremetiendo contra toda la juridicidad e incurriendo, en no pocas ocasiones, en críticas injustas e infundadas que subjetivizan, personalizan, el problema de la administración de justicia en nuestro medio.
Todo análisis de la justicia en Panamá tiene indefectiblemente que hacer lectura primaria de las propias patologías del sistema, sea de las normas sustanciales o de las procedimentales. Es en el sistema ya legislado de donde hay que partir para establecer los correctivos a nuestra administración de justicia, sea civil, penal, laboral, constitucional, administrativa, etc. Todavía, la sociedad panameña, está en mora con su propia justicia. No se trata de arremeter, de modo implacable, contra los estamentos de la judicialidad, sino de plantear o presentar aportes concretos respecto a todas y cada una de las instituciones de nuestras formas de juzgamiento, básicamente, la penal. Por ejemplo, si se me preguntara si el recurso extraordinario de casación penal funciona en la justicia penal patria, no dubitaría en responder que traduce una gran pérdida de tiempo y es un resabio nefasto, una gran falacia del sistema legal. Pero, comprendiendo la responsabilidad del juicio emitido, presentaría una propuesta de reforma: que en materia penal bastaría que se invoque la causal para la procedencia del recurso sin mayor exigencia de rigor legal o de formalidad, como acontece en la materia laboral en donde por la naturaleza de la pretensión no se entra a mayores requisitos de forma. Cuánto más si se trata de la justicia penal.
A nada bueno conducen los ataques personales a los operadores del sistema judicial. A nada positivo se dirigen las críticas por el mero ejercicio del ocio de "criticar por criticar" -arte o técnica de una retórica depravada de la que suelen hacer mucho donaire y gala no pocos demagogos que se montan el discurso barato y de poca monta para vender clichés o estereotipos a una sociedad que, como la panameña, está sedienta de justicia. ¿Cambios de paradigmas en nuestra judicialidad?, Sí, pero con orden, sapiencia y pulcritud. ¿Hacia dónde queremos conducir nuestra justicia: al despeñadero, al linchamiento injusto e inhumano? ¿O tal vez al caos y a la anarquía? Se requiere, luego, que aportemos y dejemos a un lado el viejo latinazgo de "flatus voces": es decir, dejemos de hablar tanta hierba aromatizada por perversas mentiras que ni los propios gesticuladores del discurso político terminan de creerse.
(stekrakri@hotmail.com)
Tommy Guardia fue un extraordinario ingeniero y hombre de bien. Fue reconocido internacionalmente al ser recibido en el Congreso de los Estados Unidos para presentar un tema de ingenería.
Además fue el director de los estudios en el tapón del Darién en 1960 y se desempeño como profesor de la Universidad de Panamá.
El Instituto Geográfico Nacional "Tommy Guardia" ha tenido un total de siete directores nombrados por decreto ejecutivo.
Actualmente el ingeniero Carlos Eduardo Laguna Navas, es el director de este centro y a la vez preside el Instituto Panamericano de Geografía e Historia-Sección Nacional.
Tommy Guardia fue un extraordinario ingeniero y hombre de bien. Fue reconocido internacionalmente al ser recibido en el Congreso de los Estados Unidos para presentar un tema de ingenería.
Además fue el director de los estudios en el tapón del Darién en 1960 y se desempeño como profesor de la Universidad de Panamá.
El Instituto Geográfico Nacional "Tommy Guardia" ha tenido un total de siete directores nombrados por decreto ejecutivo.
Actualmente el ingeniero Carlos Eduardo Laguna Navas, es el director de este centro y a la vez preside el Instituto Panamericano de Geografía e Historia-Sección Nacional.
Somos, por otra parte, muy dados a criticar nuestra propia justicia, aquella que hemos puesto en manos de los hombres llamados jueces, magistrados y soslayamos la célebre sentencia de Montesquieu cuando advertía que "Los jueces pronuncian las palabras de la Ley". Quienes han querido convertirse en los detractores del positivismo jurídico, no han encontrado en esencia un argumento que pueda destronarlo de su reino. Y es que no puede ser de otra manera: el juez o el magistrado al dictar su sentencia -del latin sententia: parecer, criterio, dictamen- se halla castrado de toda eventual posibilidad y concreta viabilidad de desconocer, soslayar, omitir, ignorar el derecho legislado o vigente y eficaz. Queramos o no, el juez está amarrado a la norma, para mejor decir, soldado a la pura normatividad. Si esto no puede ser comprendido en su justa dimensión por la clase de los juristas, los políticos y de cualquier otro sector de personas en el país, seguiremos de tumbo en tumbo arremetiendo contra toda la juridicidad e incurriendo, en no pocas ocasiones, en críticas injustas e infundadas que subjetivizan, personalizan, el problema de la administración de justicia en nuestro medio.
Todo análisis de la justicia en Panamá tiene indefectiblemente que hacer lectura primaria de las propias patologías del sistema, sea de las normas sustanciales o de las procedimentales. Es en el sistema ya legislado de donde hay que partir para establecer los correctivos a nuestra administración de justicia, sea civil, penal, laboral, constitucional, administrativa, etc. Todavía, la sociedad panameña, está en mora con su propia justicia. No se trata de arremeter, de modo implacable, contra los estamentos de la judicialidad, sino de plantear o presentar aportes concretos respecto a todas y cada una de las instituciones de nuestras formas de juzgamiento, básicamente, la penal. Por ejemplo, si se me preguntara si el recurso extraordinario de casación penal funciona en la justicia penal patria, no dubitaría en responder que traduce una gran pérdida de tiempo y es un resabio nefasto, una gran falacia del sistema legal. Pero, comprendiendo la responsabilidad del juicio emitido, presentaría una propuesta de reforma: que en materia penal bastaría que se invoque la causal para la procedencia del recurso sin mayor exigencia de rigor legal o de formalidad, como acontece en la materia laboral en donde por la naturaleza de la pretensión no se entra a mayores requisitos de forma. Cuánto más si se trata de la justicia penal.
A nada bueno conducen los ataques personales a los operadores del sistema judicial. A nada positivo se dirigen las críticas por el mero ejercicio del ocio de "criticar por criticar" -arte o técnica de una retórica depravada de la que suelen hacer mucho donaire y gala no pocos demagogos que se montan el discurso barato y de poca monta para vender clichés o estereotipos a una sociedad que, como la panameña, está sedienta de justicia. ¿Cambios de paradigmas en nuestra judicialidad?, Sí, pero con orden, sapiencia y pulcritud. ¿Hacia dónde queremos conducir nuestra justicia: al despeñadero, al linchamiento injusto e inhumano? ¿O tal vez al caos y a la anarquía? Se requiere, luego, que aportemos y dejemos a un lado el viejo latinazgo de "flatus voces": es decir, dejemos de hablar tanta hierba aromatizada por perversas mentiras que ni los propios gesticuladores del discurso político terminan de creerse.
(stekrakri@hotmail.com)
Tommy Guardia fue un extraordinario ingeniero y hombre de bien. Fue reconocido internacionalmente al ser recibido en el Congreso de los Estados Unidos para presentar un tema de ingenería.
Además fue el director de los estudios en el tapón del Darién en 1960 y se desempeño como profesor de la Universidad de Panamá.
El Instituto Geográfico Nacional "Tommy Guardia" ha tenido un total de siete directores nombrados por decreto ejecutivo.
Actualmente el ingeniero Carlos Eduardo Laguna Navas, es el director de este centro y a la vez preside el Instituto Panamericano de Geografía e Historia-Sección Nacional.
Tommy Guardia fue un extraordinario ingeniero y hombre de bien. Fue reconocido internacionalmente al ser recibido en el Congreso de los Estados Unidos para presentar un tema de ingenería.
Además fue el director de los estudios en el tapón del Darién en 1960 y se desempeño como profesor de la Universidad de Panamá.
El Instituto Geográfico Nacional "Tommy Guardia" ha tenido un total de siete directores nombrados por decreto ejecutivo.
Actualmente el ingeniero Carlos Eduardo Laguna Navas, es el director de este centro y a la vez preside el Instituto Panamericano de Geografía e Historia-Sección Nacional.