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Sobre debates y resistencias


En este nuevo reencuentro electoral cobra cada día mayor prominencia el que las propuestas presidenciales agoten una de las formas de lucha política como lo es ir a los debates, actividad donde el candidato o la candidata debe exponer lo que pretende hacer de llegar a la primera magistratura de la nación. Sin embargo, todo parece indicar que el tan anhelado debate no va a ser posible.
Literalmente para que exista un debate político deben haber dos o más personas, ya que la palabra como tal significa: discutir, cuestionar, disputar o polemizar sobre algún tema en especial. No obstante, este requerimento que incluso fue consignado por todos los partidos políticos en el Pacto Etico Electoral, no está siendo cumplido por la candidata arnulfista Mireya Moscoso, en reiteradas ocasiones ha manifestado que no irá a un debate si está presente Alberto Vallarino.
¿Qué hay detrás de esta resistencia de doña Mireya? Evidentemente que quienes están tras bambalinas de la ungida del arnulfismo, saben perfectamente que hay limitaciones epistemológicas notorias en su candidata que pudiesen profundizarse en un debate con los otros dos candidatos, los cuales han evidenciado mucha sagacidad en el terreno audiovisual.
En consecuencia, pensamos que la actitud de Doña Mireya no es una conducta casual ni sacada de los cabellos, la acción obedece a una orientación bien elaborada que emerge del sector pensante de los arnulfistas, que tienen la claridad que un traspié a estas alturas puede mandar para siempre a la señora Moscoso a administrar su finca de café allá en el tolerante micro clima de Boquete, y no solo esto, sino también fortalecer y aumentar los frágiles guarismos que refleja Alberto Vallarino en las encuestas, así como cimentar las bases para el fin de la era Mireya.
Si bien es cierto los debates políticos representan una parte de la totalidad de las acciones proselitistas que debe llevar adelante un candidato, los mismos resultan peligrosos sino llenan las expectativas, algo así como un arma de doble filo.
Tal situación se vio expresada recientemente cuando doña Mireya se presentó en solitario a un programa de televisión. Después de maniobrar a todo lo largo frente a las inquisidoras preguntas de las conductoras y público invitado, una sola advertencia hechó por la borda todo: la señora Moscoso dijo que de llegar a ser presidenta "reduciría la planilla estatal".
Si estando sola se sintió presionada, cómo será entonces si lo hace con Martín o Alberto. El primogénito del General Torrijos ha demostrado que el concepto de la experiencia y la edad, son conceptos relativos cuando se tiene voluntad, e inteligencia. Y no solo esto, "una de las encuestas de Dichter & Neira deja muy clara la preferencia de los panameños hacia las caras nuevas en la política, posiblemente como un síntoma de agotamiento con las figuras y formas del quehacer político tradicional" (La Prensa: 19-11-98. Página 6A).
Uno de los errores notorios del discurso de Doña Moscoso, ha sido el no renovar los recurrentes slogan como: continuismo y dictadura. Estos clichés ya no intimidan psicológicamente ni a la clase política y mucho menos a la sociedad civil. Tal vez aquí estriba la ventaja de Martin que sin hacer gala de un discurso de tribuno implacable y demagógico, ha logrado convertirse en la fuerza a batir.
Si bien los debates son importantes, debemos añadir que la suma de conocimientos que ha adquirido el elector en el transcurso de una campaña es lo que va a determinar en gran medida el triunfo final de tal o cual candidato. Los jóvenes, fundamentalmente, tienen a estas alturas suficientes elementos de juicio para no caer en el error de votar a ciegas, o esgrimir el delicado argumento de lo que se quiere es un cambio independientemente de quien sea.

101 años de Panamá América

 
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