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Sobre el derecho a robar


Reconocemos que ningún gobierno se escapa de actos de corrupción, oportunismo, amiguismo, nepotismo y abuso de autoridad. Desde el primer mundo hasta el tercero, al igual que en el sector privado, existen y siempre existirán individuos que se aprovechan de su posición para beneficio propio. En los Estados Unidos, recordemos los ceniceros por seis mil dólares vendidos al Pentágono. En Francia e Italia, hasta primeros ministros han estado involucrados en escándalos financieros. Ni siquiera el Vaticano se escapa de esos males.
La diferencia entre el primer mundo y el tercero está en la institucionalización, tanto de la corrupción como de la respuesta a la misma. Allá la corrupción no es generalizada y cuando se detecta los organismos jurisdiccionales investigan y acaban encarcelando a los implicados.
En Panamá parece ser que no sólo es institucional sino, según algunos, es parte de nuestra idiosincrasia. Muchos panameños, en su hogar, escuela, trabajo, club social o gremio, ven como natural y hasta envidian a los que practican el "juega vivo". Los políticos y sus allegados, que también son producto de nuestra sociedad, se comportan de igual forma.
Nosotros, sin embargo, no aceptamos que ese comportamiento sea ni natural ni digno de encomio y menos de ejemplo. A ellos les decimos que esa conducta es censurable y que no representa a la mayoría de los panameños, que es respetuosa, honrada y trabajadora.
En vez de engavetar y utilizar los expedientes de corrupción para cuando sea provechoso como chantaje y resguardo entre "colegas" predecesores y en ejercicio, los gobiernos entrantes deberían investigar a sus antecesores y promover procesos legales contra cualquier persona que haya llevado a cabo actos de corrupción. Como en cualquier empresa que se precie, el áudito de cambio de mando es de rigor.

101 años de Panamá América

 
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