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Sobre el final de un largo papado


Ante su elección como Sumo Pontífice, ocurrida el 16 de octubre de 1978, pocos pensaron que Karol Wojtyla conduciría los destinos de la Iglesia Católica durante un período tan extenso y plagado de eventos de tamaña trascendencia política y social. Desde entonces, y a lo largo de un cuarto de siglo, Juan Pablo II se embarcó más de 80 veces en viajes internacionales llegando hasta los lugares más recónditos del planeta. De aquella primera visita realizada a la República Dominicana y México (1979), hasta su última incursión en Grecia, Chipre y Siria, Juan Pablo se ganó el apodo del "Papa viajero".
En abril pasado, el Pontífice convocó al último consistorio de cardenales para analizar los desafíos del tercer milenio. Entre las cuestiones discutidas estuvo el diálogo con los no-cristianos, sobre el cual tiene un interés particular.
En 1980, Wojtyla sorprendió al mundo al visitar su Polonia natal. Naturalmente, el regreso a su tierra no podía excluir un encuentro con las huellas del Holocausto presentes en aquel país. Visitó el enorme complejo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, ubicado en las cercanías de Cracovia. En viajes posteriores por Europa Central y del Este volvió a participar de homenajes a las víctimas del exterminio. De regreso en Polonia (1987), el Papa oró en Majdanek donde entre 1941 y 1944 fueron exterminadas 360.000 personas. En Austria reflexionó sobre el trágico pasado, recorriendo emotivamente Mauthausen (acaso uno de los centros más brutales de la maquinaria exterminacionista).
En 1998, apareció el documento "Recordamos: Reflexiones sobre la Shoa" de la Comisión Vaticana para las Relaciones con los Judíos. El texto fue recibido con críticas, aunque indudablemente dio el primer paso en la aceptación de la responsabilidad colectiva de los católicos ante la hecatombe del Nacionalsocialismo. Reconoce que el exterminio se cometió "en países de larga tradición cristiana" y plantea la "relación entre la persecución nazi y las actitudes de los cristianos hacia los judíos". Sin embargo, no alcanza a cerrar el debate. Sus pasajes revelan algunas insuficiencias, debiéndose continuar con la búsqueda exhaustiva de la verdad histórica. Cuando se aborda el comportamiento de Pío XII ante el exterminio, los redactores se precipitan a exonerarlo a pesar de serios cuestionamientos formulados por sectores católicos y judíos. Durante aquellos tiempos el Vaticano tenía información precisa sobre la naturaleza del Holocausto en marcha. Medio siglo después, continúan necesitándose estudios rigurosos que esclarezcan la postura asumida por el Pontífice ante la barbarie revelada.
En marzo de 2000, Juan Pablo pidió perdón por los pecados cometidos por la Iglesia en sus 2000 años de historia. Durante una misa celebrada en la Basílica de San Pedro de Roma, el cardenal Edward Cassidy (máximo consejero pontificio para cuestiones judías) refirió los pecados cometidos contra ese pueblo. Luego, el Papa pidió perdón humildemente en una muestra de arrepentimiento público sin precedentes. Posteriormente, el Vaticano y la cancillería israelí acordaron la visita papal a Israel. Esta se realizó a fines del mismo mes, y una vez en Israel, el Pontífice homenajeó a las víctimas de la Shoa y reiteró el pedido de perdón.
Sin embargo, el proceso iniciado por Wojtyla sufrió ciertos retrocesos. En primer lugar, cabe mencionar la audiencia concedida en 1987 al presidente de Austria Kurt Waldheim. A pesar del aislamiento internacional de Waldheim (por los crímenes de guerra cometidos contra judíos deportados y partisanos) fue igualmente honrado en el Vaticano con todos los honores debidos a un jefe de Estado. Su "pasado" no fue obstáculo para llegar a ser recibido por el Sumo Pontífice. De igual forma, durante la Navidad pasada Juan Pablo recibió al gobernador austríaco Jeorg Haider a pesar de su prédica abiertamente antisemita, neonazi y anti-extranjeros.
Entrando al tramo final del pontificado de Juan Pablo II comienzan a emerger varios interrogantes: ¿Continuará el Vaticano impulsando con fuerza el acercamiento judeocristiano? ¿Insistirá el próximo Pontífice en la búsqueda de perdón? ¿O en la aceptación de las responsabilidades históricas de los católicos iniciada por Wojtyla? ¿O acaso las presencias de Waldheim, Haider o incluso la rehabilitación apresurada de Pío XII revelan la existencia de sectores eclesiásticos contrarios al proceso de introspección iniciado en 1978? A pesar del progreso alcanzado, la brecha existente entre cristianos y judíos sigue siendo muy grande. Será necesario que el sucesor del "Papa viajero" acepte (conjuntamente con la responsabilidad de conducir la Iglesia) la de surcar con firmeza las aguas del histórico desacuerdo entre católicos y judíos.

101 años de Panamá América

 
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