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Sobre el remedio constitucional


El deporte del panameño no es ni el fútbol, ni la hípica ni el baseball, es el cuestionamiento generacional que busca una respuesta acallada por el silencio divino y pérdida entre casi 100 años de politiquería republicana. Es una pregunta sencilla emparentada a un debate permanente: ¿Cuál es la gran carga que nos impide avanzar hacia el progreso? ¿Qué elixir de alquimia o fórmula científica curará nuestro subdesarrollo?
Una de las respuestas que más acogida tiene entre nuestras fronteras es una nueva constitución. La gran mayoría sostiene que la actual sólo es una reliquia jurídica de tiempos pasados, cuando el kepis y el camuflaje estaban de moda. Pero, si bien es cierto que muchos de sus preceptos están obsoletos, creo que antes de hacer un nuevo documento sería prudente empezar a fiscalizar el actual (y digo esto con tono de reproche), para así prevenir la apatía ejecutiva en la Carta Magna que se vislumbra en el horizonte.
Mucho se habla de convocar una asamblea constituyente, sea esta paralela o plenipotenciaria. El legislador arnulfista Alberto Cigarruista se mostró a favor de la primera para reformar la Constitución Nacional, porque a su criterio, debe haber modificaciones en el nombramiento de los magistrados y de los jueces de la Corte Suprema de Justicia, en la elección de los legisladores (nacionales o circuitales) y en el régimen municipal. (El Panamá América, 19 de febrero de 2000.)
Por otra parte, el ex-magistrado Molino Mola señala que debería introducirse la segunda vuelta electoral porque, a su modo de pensar, ayudaría a combatir el bipartidismo y también debería cambiarse el sistema presidencialista panameño, pues opina que "el presidente en este país es prácticamente un rey; es la persona que manda, que hace y deshace. A mí no me parece, porque no creo que el presidente

101 años de Panamá América

 
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