Sobre el tema agropecuario
En anterior editorial, opinábamos sobre la conveniencia de equilibrar el interés del consumidor con el del productor agropecuario. El primero, procurando tener los mejores bienes y servicios al menor precio y el segundo, tratando de ganarse el sustento con los más altos precios.
En teoría, un mercado abierto y globalizado, regido por leyes de competencia equitativas debería ser un paraíso para los consumidores y permitiría que cada país se dedicara a producir lo que mejor sabe y puede producir. Pero los subsidios y las barreras arancelarias y no arancelarias continúan siendo un serio obstáculo para un comercio libre, el cual se procura levantar con tratados de libre comercio.
En ese escenario, al productor nacional no le queda más alternativa que ir identificando qué bienes puede producir mejor en condiciones de competitividad. Y al Gobierno le toca protegerlo frente a la competencia desleal, como serían los subsidios agrícolas europeos y norteamericanos.
En la práctica, nuestros productores están aprendiendo rápidamente a exportar y le están cogiendo el gusto al mercado extranjero, infinitamente complejo, pero también infinitamente rico y vasto. Rubros tales como la piña, el melón y ciertos tubérculos, están arrojando generosos réditos a los audaces que se están abriendo paso en el extranjero.
Otros están aprendiendo los beneficios del valor agregado, como aquellos cafetaleros que exportan a altos precios gracias a la plusvalía de la agricultura orgánica. Esas son las lecciones que aspiramos aprendan nuestros productores.
En teoría, un mercado abierto y globalizado, regido por leyes de competencia equitativas debería ser un paraíso para los consumidores y permitiría que cada país se dedicara a producir lo que mejor sabe y puede producir. Pero los subsidios y las barreras arancelarias y no arancelarias continúan siendo un serio obstáculo para un comercio libre, el cual se procura levantar con tratados de libre comercio.
En ese escenario, al productor nacional no le queda más alternativa que ir identificando qué bienes puede producir mejor en condiciones de competitividad. Y al Gobierno le toca protegerlo frente a la competencia desleal, como serían los subsidios agrícolas europeos y norteamericanos.
En la práctica, nuestros productores están aprendiendo rápidamente a exportar y le están cogiendo el gusto al mercado extranjero, infinitamente complejo, pero también infinitamente rico y vasto. Rubros tales como la piña, el melón y ciertos tubérculos, están arrojando generosos réditos a los audaces que se están abriendo paso en el extranjero.
Otros están aprendiendo los beneficios del valor agregado, como aquellos cafetaleros que exportan a altos precios gracias a la plusvalía de la agricultura orgánica. Esas son las lecciones que aspiramos aprendan nuestros productores.